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El general de la pierna de palo

Lo increíble no era que tuviera una pierna de palo. No. Lo increíble fue que cuando se la cortaron, ordenó que le hicieran honores militares y la pierna recibiera cristiana sepultura.

El general Antonio López de Santa Anna, excéntrico dictador mexicano en nueve ocasiones, pasó a la historia por su derrota en la batalla de San Jacinto, cerca de Hous-ton y por entregar todo el territorio de Texas y California, en cercanías con los Estados Unidos.
Pero también por los años en que vivió en Turbaco, dejando un recuerdo de hombre bonachón, entregado a la tierra y a la pelea de gallos y como restaurador de la igle-sia y de algunas casas del centro de Turbaco.
Los honores militares a su pierna es de veras para un cuento fantástico. Apoltronado y sobrecogido por la so-lemnidad de la muerte, el general contempló aquella cere-monia como un preludio de su propia muerte. Era como mirar su propio final. La pierna fue llevada en un ataúd inmaculado y las plañideras soltaron un mar de lágrimas como si el muerto fuera el mismo general. ¿Cuántos se-cretos se llevaba esa pierna del general? ¿Cuántas cami-natas y agobios y retozos amorosos? El general no perdió su ánimo y se mandó a hacer una pierna de palo.
Al general se le recuerda y se le venera entre los turba-queros, no sólo porque allí tiene algunos descendientes, sino porque prácticamente en Turbaco fue un célebre pa-rroquiano con una vida apacible, alejado del espejismo del poder. Había sido desterrado en Jamaica, pero él y su fa-milia no se sintieron cómodos bajo el ritmo de los ingle-ses. Arribaron a Cartagena, como unos viajeros que llegan de incógnito, y se hospedaron en una casa de la Calle del Cuartel, pero en la búsqueda de un clima “más benévolo”, dice Eduardo Lemaitre en su Historia general de Cartagena de Indias. La casa que le fascinó al llegar a Turbaco era la misma que había vivido y comprado el arzobispo y virrey Caballero y Góngora, la encontró en ruinas y la restauró con tejas españolas. Siempre se llamó es casa de manera burlona “La casa de tejas”. Además, compró un terreno que bautizó “La rosita”, en donde se dedicó a sembrar. Restauró la iglesia del pueblo, el camino real entre Carta-gena y Turbaco y mandó a hacer su propio mausoleo en Turbaco. No había cementerio en la población, según su propia memoria, y él impulsó su construcción.
En 1853, cuenta Lemaitre, los mexicanos lo llamaron nuevamente a dirigir los destinos de México. Hasta Turba-co se presentó una delegación integrada por Manuel M. Escobar, Salvador Batres y Adolfo Hegevich y le ofrecie-ron la presidencia de su país. Al general se le arrugó el co-razón cuando el poder volvió a tentarlo. Aceptó y fue difí-cil salir de Turbaco. “Mi salida fue triste y melancólica”, dice en sus memorias. “Las campanas doblaron dolorosa-mente. Los turbaqueros me dijeron adiós con angustiado rostro. La tristeza de la despedida me conmovió al aban-donar aquella casa que yo había reconstruido con tanto ca-riño… Y al partir, me pareció escuchar una voz que me decía: “¿A dónde vas, tú, loco? ¡Ah, el corazón nunca nos engaña!”. Aquella partida fue breve. En dos años ya estaba de vuelta a Turbaco. Le hicieron una tre-menda bienvenida, con banda de viento y la presencia del cura del pueblo.
Su regreso se prolongó dos años y siete meses, porque en febrero de 1858 decidió irse para San Thomas, para en-cabezar la resistencia contra la invasión de los franceses a México. Inició un préstamo en dólares para financiar aquella aventura, y ofreció “mi palacio en Turbaco”. Re-gresó después, atraído por la frescura de Turbaco, la cali-dez de sus habitantes, el deseo de seguir invirtiendo en una región que descubría desprovista de industrias y promovió los trapiches de azúcar, el cultivo del tabaco, la cría de ga-nado y la pelea de gallos. El general murió plácidamente en su cama de México, el 21 de junio de 1876. En Turbaco viven aún algunos de sus descendientes que se enorgulle-cen de aquel dictador extrafalario y singular. Y se conser-va un memorial de agradecimientos por parte de los mis-mos turbaqueros que reconocen su efímera pero inolvida-ble presencia entre ellos.
Todo aquello parece detenerse en el tiempo, al evocar algunos secretos de la partipación directa o indirecta de la población en las gestas de la Independencia. Todavía en la plaza alguien recuerda como si lo hubiera vivido la última visita de Simón Bolívar a Turbaco. Uno de los tertuliantes, el profesor Rafael Gustavo Buendía, asevera que “Bolívar se hubiera muerto en Turbaco si se entera allí de la muerte de Sucre. Él no se hubiera movido de allí si se entera de esa muerte que lo impactó y lo desconsoló camino a su se-pulcro”. Algunos de los parientes del general Santa Anna, desmienten que él haya dejado hijos regados por el pueblo.
“Nosotros somos descendientes de Ángel López, hijo del general”. Los descendientes se miran con un fulgor de serena y profunda dignidad, ante la aureola del ausente que parece habitar los rincones solitarios de Turbaco. El alcal-de, Miguel Arnedo Lozano, dice que no hay fecha que ce-lebrar en la región porque ésta no fue fundada, pero em-piezan a surgir iniciativas para inventar una fecha en la que todos puedan mirarse y reencontrarse. Más allá del símbolo que entraña una fecha, se propone entre los actos celebratorios del Bicentenario de la Independencia, crear una ruta para hacer visible a todos los hombres que hicie-ron posible la hazaña de intentar ser libres. Alguien dice que debe estar en esa ruta, lo que antecedió a la Indepen-dencia: la presencia de Alexander Von Humboldt, José Celestino Mutis, Bolívar y Manuelita Sáenz, pero sobre todo, como un hecho insólito de la historia regional, no ol-vidar a aquel general con su pierna de palo que solía co-mer guayabas al atardecer viendo la pureza con que los ca-racolíes soplaban sus hojas sobre el brillo ardiente de la colina. Y conversaba con sus gallos antes de la pelea.

Descendientes
Rafael de Jesús Baena Espinosa, un artista del diseño con reconocimiento mundial, uno de los descendientes del general Antonio de Padua María Severiano López de Santa Anna, asegura que fue su nieta María de los Angeles Ló-pez de Santa Anna, la que dejó su estirpe en Turbaco.
“Lopez de Santa Anna tuvo un hijo de nombre Angel López de Santa Anna, quien le dio dos nietas. Una de ellas, María de Los Angeles, quien nació en 1851, la pro-creó con la señora Carmen Quintero; y la otra de nombre María de Las Mercedes, nació en 1952, del vientre de Pe-trona Puello.
“María de los Ángeles contrajo nupcias con el comer-ciante turbaquero Juan María Espinosa Escorcia, de cuya unión nacieron: Manuel, Juan María, Carmela, Carolina, Purificación y Rosalina. Todos ellos vivieron en Turbaco donde se les reconoció como los descendientes directos del general Lopez de Santa Anna”, dice Baena Espinosa.
El general Santa Anna fue un hombre muy bueno, que ayudó a que Turbaco progresara. “Ayudó a construir el cementerio, la iglesia e hizo muchas obras. Aquí demostró ser un hombre progresista. Por eso nos sentimos orgullo-sos de que haya escogido esta tierra para vivir un tiempo, pues gracias a López de Santa Anna nuestro pueblo tiene cierto reconocimiento en la historia”, advierte Baena Espi-nosa.

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Comentarios

Excelente artículo, siempre

Excelente artículo, siempre recuerdo la emoción que embargó a nuestro amigo Mejicano Joaquín Bretton, al contemplar por primera vez esa casa del General SantaAna y tratar de entender como llegó a Turbaco tan importante personaje. Escrito con el agradable y acostumbrado estilo de éste a veces extrañado señor Periodista.
Saludos