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José Torres Cera, más suave que una majagua

“La Majagua”, un campesino villanuevero que existió por muchos años, de piel cetrina, expuesta al sol por más de sesenta años, delataba a leguas su noble condición de hombre de labranzas.

Este hombre de campo no sólo cultivó la tierra. Tuvo tiempo de sobra para mamarle gallo a la vida y poner a prueba de manera ingeniosa a cuanto ingenuo, niño o adulto, se le atravesó en el camino y le dio motivos. De su naturaleza jocosa, esa que muchos villanueveros calificaron como destinada a fabricar “maldades” sanas, le brotaban de su mente espontáneas y naturales bromas, que arrancaban carcajadas a todo aquel que las presenciaba.

José Torres Cera, “La Majagua”, murió a los ochentiséis años y desde que se asomó al mundo por una ventana, el 26 de febrero de 1900, nació inmortal, pues no hay villanuevero con canas y seis dígitos en la cédula, que no recuerde una anécdota, un comentario gracioso acertado o una historia de picardía del celebre mamagallista.

José se casó con Tomasa Pérez, una dama de buena familia y nacieron de esa unión, como en fila marcial, 10 hijos, entre ellos Rita, Ricardo y Mateo, quien hace un año cogió una muda de ropa, un sombrero, unas abarcas y otras cositas, las empacó en un ataúd y se fue a acompañar a su papá en el cielo, sentándose en una nube, al fondo a la derecha.

Mateo en su dialogo le dijo a “La Majagua” que Villanueva había crecido bastante después de 26 años, que el todopoderoso lo llamó por el teléfono celestial, ese que tiene Dios y que es igualito al que operaba Estela Llamas en el barrio Velamono.

También le contó que en el centro de salud, que lleva el nombre de su sobrino José, no se encuentra ni una jeringa, que la carretera hacia Santa Rosa, la están  haciendo a medias, que la vía hacia Algarrobo todavía no la han arreglado, que aún Villanueva tiene problemas por la falta de agua potable y que San Juan Bautista sigue siendo el patrono del pueblo... Ahh, y que los campesinos, dejaron el burro y el garabato. Ahora van al monte en moto.

Caballo sin dignidad

Entre las anécdotas más recordadas de “La Majagua” se cuenta esta: una buena mañana le compró a su sobrino, el doctor José Villarreal Torres, quien por más de 60 años fue el médico del pueblo, un caballo que en poder del galeno estaba “atropellado del verano”, con una flacura inédita, que con buen ojo campesino, se le veía el recorrido de la poca hierba que comía, de la garganta hasta el estómago. En poder de “La Majagua”, “Tres Esquinas”, nombre que le puso al caballo por lo huesudo del anca, engordó a los pocos meses y se convirtió en un apetecido equino de la región.

Una madrugada y en compañía de una caravana de burros, mulos y caballos de sus compañeros labriegos, “La Majagua” se dirigía hacia su finca “La Nevera” en el corregimiento de Algarrobo. Antes de llegar a su destino, caballo y campesino tenían como paso obligado la finca del doctor Villarreal, antiguo dueño del caballo.

Al pasar por los verdes prados, el animal en su memoria de antiguo rocinante recordó la casa vieja, lo cual le produjo emoción y comenzó a relinchar sin descanso, se paró en dos patas, casi tumbando a “La Majagua”, y con una obstinación ciega de romper la cerca de alambre de púas y entrar a los predios del galeno.    

Al notar esto, “La Majagua” le habló con su voz aflautada al caballo: “Carajo, si tuvieras dignidad, ni para allá voltearas”.

“El Yupi”

  En un año bueno para la agricultura, “Pabuelo”, como también llamaban sus nietos a “La Majagua”, le pidió un pedazo de tierra a su sobrina Ángela Villarreal, a la salida del pueblo, para hacer una roza, con el presentimiento de que iba a hacer mucho dinero.

“Pabuelo” no se equivocó y cosechó buenos frutos ese año. La yuca y el ñame le salieron grandes y harinosos, el maíz le nació con grandes mazorcas y bastante grano, también cultivó gigantescas ahuyamas y patillas, y muchas hortalizas, lo cual a pesar de todo, no le dejó muchos dividendos a Pabuelo.

El causante del descalabro económico no fue ni la zorra que se come las cosechas, ni el ratón que saca las semillas de la tierra, ni ninguna plaga, sino “El Chito”, un hijo de su sobrina Ángela, que tiene la fregada costumbre de tomar las cosas ajenas prestadas, sin carácter devolutivo. “El Chito” dejó a “Pabuelo” nada más con el bastimento para comer y con pocos pesos en el bolsillo.

Ángela, al ver que La Majagua  estaba recogiendo lo poquito que le había dejado “El Chito” en la roza, le preguntó con una inocencia a flor de piel, pues “La Majagua” no le contó nada a su sobrina de los hurtos de su hijo:

- Ajá, Tío José ¿Y va a volver a hacer roza el otro año?

  Carajo, Ángela (en su memoria, La Majagua relacionó el apodo de “El Chito” con un producto alimenticio, pero se equivocó y mencionó la competencia), yo vuelvo a hacer roza el otro año, si me amarras a “El Yupi” ese.

Reloj y mulo, parados

 “La Majagua”, como buen campesino trabajador y parrandero, tuvo varias mujeres, una de ellas Justina Ruiz, en el municipio de Clemencia.

Un día cualquiera, José se perdió de Villanueva varias semanas y se fue para donde Justina.

Al volver, los reclamos por parte de “Tomasita”, su esposa, no se hicieron esperar...

- Caramba, José, tú ese poco de días perdido donde la vagabunda esa y yo con la burra agarrada por la cola (refiriéndose a la mala situación económica).

José, como siempre con la picardía a flor de piel, le contestó: ¡Carajo Tomasa, la hubieras soltado para que se hubiera ido de boca!

La Majagua andaba en un mulo que en sus años mozos, fue un excelente carguero, pero las canas en la crín lo habían vuelto perezoso y plantón, pues a cada rato se paraba y no quería proseguir la marcha ordenada por el “Tío José”.

Una mañana, bien temprano, La Majagua cargó el mulo con dos cajas de panela negra de paquete y los fue a vender a Repelón (Atlántico), municipio con el cual comerciaban los productores de panela de Algarrobo en Villanueva, la cual posteriormente era vendida en la ciudad de Barranquilla.

Al volver de su viaje, La Majagua llegó con los bolsillos llenos de la plata de la panela, a pie, rascándose el pecho, con la manga de la camisa encogida y con el brazo estirado exhibiendo el primer reloj de su vida.

Su esposa Tomasa al verle el reloj y sin mulo, le preguntó:

- José, ¿Y el mulo?

“La Majagua” sacó el pecho y le mostró más cerca a Tomasa el reloj y le dijo:

- Lo cambié por este reloj.

Tomasa casi se va de espaldas cuando vio al reloj con las manecillas paradas...

- Pero José, ese reloj está parado.

- Carajo, Tomasa, el mulo también debe estar parado allá en Repelón.

Bueyyyyy

Cierto día, “Pabuelo” se llevó a sus nietos, los hijos mayores de su hija Rita, con quienes vivió los últimos años, para su finca “La Nevera”, donde tenía un trapiche movido por bueyes arrieros, que a mediados del siglo pasado eran el “motor” de la artesanal fábrica de productos de caña, que producía la panela que se comercializaba en la región y la melaza con que fabricaba el ron Tres Esquinas, en la Industria Licorera de Bolívar.

Como había que quedarse varios días en la finca para las labores de cortar la caña, arrear la leña, arrear los bueyes para la molienda, entre otras, al carecer de buenas camas o hamacas para tanto niño, los muchachos envueltos en sacos se acomodaban para dormir en los canales circulares hechos en la tierra por el paso de la yunta de bueyes dando vueltas.

“Pabuelo” en la madrugada, llamó a sus nietos para que lo ayudaran en la molienda. Al no querer levantarse, les soltó los bueyes y le gritó a los oídos a los niños: “Bueyyyyyyyy”.

Acto seguido los bueyes pisotearon a los infantes, haciéndolos levantar bruscamente y golpeados en distintas partes del cuerpo.

Al día siguiente, al llamar a los niños, “Pabuelo” sin pensarlo había inventado el mejor despertador del mundo con sólo cuatro letras y la pronunciación de la “y” alargada, pues sólo le volvió a repetir en los oídos a los niños, sin soltar los bueyes:

“Bueyyyyyyyyyyyyy”.

No hubo niño que quedará despierto y mágicamente los sacos se volvieron resortes que hicieron saltar a los niños ante el temor de una pisoteada a la hora en que canta “el pitirri”.

Arroz de balín

“Pabuelo”, cuando quería que el trabajo en el trapiche le rindiera, además de sus hijos Mateo y Ricardo, contrataba a varios hombres, los cuales sin chistar, tenían que someterse a sus reglas extrañas.

Como había que quedarse en el trapiche una semana, lejos del pueblo, “Pabuelo” compraba arroz suficiente para comer durante la estadía, pues la yuca, el ñame, el plátano y demás, lo conseguían fácilmente en el monte.

Una de las normas que tenía “La Majagua” y que había que respetar era que él cocinaba y que sus trabajadores, gústeles o no, tenían que consumir, sin chistar, lo que les preparara. Al tercer día de estar “quedados” en el monte, “La Majagua” les dijo a sus trabajadores:

-“Hoy van a comer arroz de balín”.

Los trabajadores se miraron los unos a los otros y entre incrédulos y expectantes murmuraron entre sí, pero todos querían que llegara la hora del almuerzo para probar el plato innovador. Siguieron trabajando y se entretuvieron en sus labores.

Al mismo tiempo, “La Majagua” echó en el caldero tiznado de años, seis libras de arroz. Cuando éste estuvo cocinado, “La Majagua” cogió tres puñados de guandul crudo, se lo echó al arroz y revolvió. Acto seguido llamó a sus hambrientos trabajadores, que sin pensarlo cogieron las cucharas de palo.

“Pabuelo”, para que ellos entraran en confianza, comenzó a comer con naturalidad y con sus fuertes dientes masticaba el guandul crudo. Cuando sus trabajadores hicieron lo mismo, no hubo diente que no volara como Ricaurte en San Mateo, ni chapa que se quedara en su puesto.

Los trabajadores rabiosos le preguntaron a “Pabuelo” lo que les había dado a comer.

Él riéndose les dijo:

- Yo les dije que hoy iban a comer arroz de balín. Esto es arroz de balín.

¿El abanderado?

Julio Gutiérrez, un carpintero que vivió en el barrio Pozo Hondo y que trabajó en el trapiche de “La Majagua”, tenía un burro bastante lento y el tiempo entre su casa y “La Nevera”, en Algarrobo, se doblaba debido a los pasos paquidérmicos del asno.

Ante esta situación, “La Majagua” se propuso volverlo más ágil y brioso y salió de su mente, como genio de lámpara, “la brillante” idea de coger varias conchas de coco afiladas y ponerlas bajo el sillón y apretarlas.

Cuentan que el burro casi mata a Julio, y después que lo logró dominar, llegó a su casa en Villanueva, sorprendido y desconcertado por su “velocidad”. Cuando le quitó el sillón, supo la afilada razón del despertar del animal e inmediatamente el autor. Cuenta Ricardo Torres, un hijo de “La Majagua” que mece sus recuerdos en una hamaca en el barrio El Caño, que el burro no podía ver que una mujer estuviera rallando coco y que su velocidad la comparaban con una bicicleta.

Mateo Torres fue uno de los hijos de “La Majagua” más recordados en el pueblo y como su padre, se dedicó a las labores del campo, acompañándolo al trapiche de la familia.

Cuando Silvio Brito, el reconocido cantante vallenato comenzó a ganar fama en este folclor, gracias a su voz pero también por interpretar varias canciones del compositor Mateo Torres, apodado “El abanderado”, que después fueron éxitos y se inmortalizaron como clásicos vallenatos, un amigo de “La Majagua” fue a felicitarlo porque tenía un hijo compositor.

“La Majagua” se echó a reír ante la confusión de su vecino y a renglón seguido le dijo:

-¿Quién, Mateo? ...Si Mateo no compone ni un sillón...

Ese era José Torres Cera, feliz, mamagallista, “malo”. Amigo de todo el mundo, comparándose él mismo, cuando estaba borracho, encima de “Tres Esquinas”, que era más “suave” que una majagua.

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