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La Virgen del Carmen sigue haciendo milagros

Ana Carmela Florez Puello, una mujer desprendida, que se la pasa rezando, pidiéndole a Dios y a los santos por los demás y por ella, ríe poco. Pero su rostro se ilumina cuando le mencionan a la Virgen del Carmen.

En Turbaco todo el mundo la conoce porque siempre ha sido una mujer entregada por completo a la religión. A la imagen de la Virgen del Carmen le reza desde que se levanta hasta que se acuesta y asegura que solo así puede vivir con un poco de sosiego.
A sus 70 años, a Ana Carmela, le ha tocado enterrar a tres de sus hijos, uno de ellos de crianza, y a su marido, de quien asegura murió de dolor. Con la seriedad que la caracteriza dice que ha sido testigo de varios milagros que la virgen le ha concedido. “Yo le pido y ella me ayuda”, dice una de las mujeres bondadosas que tiene Turbaco.

Un milagro
El calvario en la vida de Ana Carmela comenzó un día de junio de 1997 cuando un carro fantasma atropelló a Alberto Elías Torres, uno de los tres hijos que Dios le puso en la puerta de su casa una mañana de abril, con una nota que decía: “sé que eres buena, ayúdame no puedo tenerlos”.
Ese día sintió que le clavaron una daga en el corazón porque el joven Alberto Elías, quien apenas llegaba a los 20 años, era quien le ayudaba en los quehaceres de la casa y quien la acompañaba a arreglar sus santos. Había llegado a los dos años a la vida de Ana Carmela, y desde entonces le robó el corazón.
No había terminado de rezarle a su amado Alberto, cuando en el pueblo se regó la bola que a Rafael Merlano Florez, un hijo de sus entrañas que dejó de ser un hombre aplomado después que probó la droga y el alcohol, un grupo armado se lo había llevado. Rafael trabajaba en un taller cuando unos hombres armados lo subieron a una camioneta a plena luz del día y se lo llevaron con rumbo desconocido.
Ana Carmela lo esperaba con la comida servida en la mesa cuando un muchachito llegó corriendo a decirle que a su hijo se lo habían llevado por la fuerza unos hombres armados. Media hora después, cuenta, sintió su muerte. Salió corriendo a la calle, gritando como poseída, pidiéndole a la Virgen del Carmen una explicación.
Los días pasaron y en el hogar de Ana Carmela solo había lugar para la tristeza. Todo el mundo lloraba y nadie tenía idea del porqué se habían lle-vado a Rafael.
Las visitas de Ana Carmela a la imagen de la Virgen del Carmen que está a la subida de Turbaco se hicieron frecuentes. Comenzó yendo todas las mañanas y terminó visitándola también en las tardes. Cuentan en Turbaco que el día en que aparecieron los restos de su hijo Rafael, Ana Carmela se arrodilló frente a la efigie y le dijo: “Tú que eres madre y también perdiste a un hijo, sabes el dolor que siento. Entrégame los restos de Rafael para darle cristiana sepultura”. Ese día se la pasó llorando y revolcándose en el suelo frente a la imagen de la virgen. Todos sus familiares y amigos pensa-ron que había perdido el juicio.
A las dos horas, sentada en una mecedora en la sala de su casa, después de tomar un calmante, le avisaron que habían hallado el cuerpo de su hijo, a quien ella le decía “Ñoño” al interior de un pozo profundo en una finca. “!Milagro!, ¡milagro!, gracias virgencita. Ahora podré visitarlo en el cemente-rio”, gritó Ana Carmela.
Dos años después, un sicario asesinó a Ramón Merlano Florez, otro de sus hijos, de quien dice era un hombre inteligente y entregado a la lectura. Tampoco supo nunca cuál fue la razón del crimen del docente respetado y apreciado en la comunidad. “Ese día, con el dolor más grande del mundo, le agradecí a la virgen porque no permitió que se lo llevaran y pude enterrarlo”.

Otros milagros
Es tanta la devoción por la Virgen del Carmen que Ana Carmela le reza por encargo de otras personas. A su casa en el barrio El Papayal llegan amigos y conocidos a pedirle que rece por la salud del enfermo, por los cultivos, para que les ayude a conseguir empleo, en fin por cualquier cosa.
“Yo hago mis oraciones por todo el mundo. Le pido que acabe las guerras y que no permita que la maldad prospere. A veces me llaman y me dicen Ana reza para que mi hija encuentre trabajo y entonces yo lo hago. A veces me demoró pidiéndole por varias semanas, hasta que me concede la ayu-da”, precisa.
Ana Carmela asegura que son muchos los milagros que le ha hecho la virgen y cree que en algunas ocasiones la ha usado. Recuerda un día que es-taba concentrada rezándole a la imagen de la Virgen del Carmen cuando una camioneta lujosa se detuvo de repente. Se abrió una puerta y un hombre mayor salió corriendo hasta donde estaba. La abrazó y le dio las gracias porque sus oraciones le salvaron la vida.
“El hombre me dijo que estaba secuestrado en los Montes de María y que le pidió a la Virgen del Carmen lo guiara porque estaba decidido a esca-par. Dijo el señor que un día antes de su huida tuvo un sueño y me vio rezándole a la virgen en el mismo sitio donde me encontró ese día”, dijo.
“Dijo que aferrado a un escapulario que le regaló un amigo salió caminando una madrugada cuando los captores dormían. Demoró varias horas ca-minando, hasta que encontró una carretera y pudo volver con los suyos”, dijo.
Cuenta que en otra ocasión, sintió la presencia de la virgen en plena oración por la salud de un hermano suyo, enfermo de cáncer en la garganta.
“Yo le pedí con mucha devoción porque mi hermano no hablaba y cada vez estaba peor. Yo le dije, ahí virgencita tú como que quieres que me mu-de para el cementerio porque mi pobre hermano está grave de muerte. Pasaron los días y sin medicina de ninguna clase, mi hermano comenzó a hablar y yo creo que el está sano porque los médicos no le daban mucho tiempo de vida”, dice la mujer, cuya tristeza en su mirar.
En la puerta de su casa hay una imagen de la virgen. Por eso a cualquier hora del día sale y le habla, la acaricia y hasta le pone música para que se alegre. Dice que su hizo devota de la Virgen desde pequeña porque su tía Julia Puello la enseñó a rezar y a respetar a la mamá de Jesús.
Ana Carmela a simple vista puede parecer una mujer enigmática, quizá por la tristeza que refleja, pero cuando habla su bondad se revela. Siempre viste de negro porque dice que con ese color refleja el dolor de haber perdido a sus hijos y a su amado esposo. Aunque las dificultades de la edad le impiden caminar como antes, en el mes de julio visita la imagen de la virgen todos los días. La arregla, le coloca flores y se extasía viéndola y hablán-dole.
“Un día de estos estoy segura, la Virgen bajará de su altar y entonces ayudará a todos los fieles de Turbaco que le rezan y no la olvidan”, sentencia.

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