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Las lavanderas de Marialabaja

Mientras Johana Meza concentra toda su fuerza en el brazo izquierdo y la desfoga en el manduco* con el que estrega un jean, que en algún momento fue azul oscuro, aparece su ma-rido en una moto de bajo cilindraje.

En el hombro trae una camisa blanca con botones, mangas cortas, curtida luego de resistir toda la tierra que se puede levantar en un pueblo donde ninguna calle tiene concreto.

Fija la mirada en el grupo de mujeres que lava en el declive donde corre el agua de la Cié-naga hasta encontrar el rostro de su mujer, quien lo mira sin sobresaltos. Él le lanza una son-risa pícara, como quien tiene la certeza de estar diciendo algo sin hablar.

Toma la prenda de su hombro con las dos manos, y la envuelve cual balón de baloncesto. Enseguida procede a encestar sobre la cabeza de su compañera. Toma impulso y lanza.

“Ahí te dejo pa’ que te entretengas. Apenas recoja unos pesos te traigo pa’ que compres más jabón. Dile a mi mamá que te preste del de ella mientras tanto”, le dice.

Acelera la moto y se desaparece de la vista de su mujer en unos segundos.

El sol de las diez de la mañana ya ha penetrado la piel azabache de Johana, morenita como decimos en esta región, y satinada por el sol y el exceso de agua.

Algunas horas antes, Johana había llegado a uno de los canales que se desprenden de la Ciénaga de Marialabaja, en la Calle del Puerto, junto a tres vecinas y a Gilma, con quien comparte una casa a media obra.

Gilma Rosa Rodríguez es la suegra de Johana. Tiene una blusa blanca de tiras, algo des-gastada, que deja ver sus senos escurridos y sus grandes pezones, que amamantaron a trece hijos, y una falda gris, que deja entrever su ropa interior al sentarse a lavar, por lo que aco-moda una de las prendas sucias entre las piernas para poder acomodarse con libertad a la ta-bla en la que estará las próximas seis horas.

En su ponchera hay mucha más ropa que en la de su nuera y sus compañeras de lavado.

Debe lavar su ropa y la de su esposo, un pescador artesanal de la región, que en los tiem-pos malos se dedica a cortar monte en las fincas cercanas. También se encarga de la ropa de uno de sus hijos, el único que no ha querido conseguir mujer, porque admite que la única que le sabe lavar bien sus camisas, sin arrancarles un botón o partirlas, es su mamá.

Entre cinco y seis días a la semana este grupo de mujeres, al igual que otras 55 en este pueblo, ubicado a 72 kilómetros de Cartagena de Indias, la capital del departamento, hacen lo mismo desde que supieron que eran niñas.

Y precisamente fue ese oficio, el de lavar ropa, el que las distinguió ante sus hermanos va-rones, pues eran ellas quienes debían empezar a ayudar a sus mamás a lavar, cuando apenas tenían siete u ocho años.

*****

“Marialabaja es un pueblo de tradiciones africanas. Hacemos el ritual del lumbalú y bailamos bullerengue; las mujeres lavan en la ciénaga mientras cantan canciones de sus abuelas o algunas otras más nuevas”, dice Arnulfo Caraballo Antivar, director de la Casa Cultural Eulalia Gonzá-lez Bello, de Marialabaja.

Marialabaja no se ha reconocido como un pueblo afrodescendiente.

Ese ha sido el destino de esta tierra. Tener un espacio de 547 kilómetros cuadrados en el mapa del Departamento de Bolívar, y suplir a Cartagena de muchos productos agrícolas co-mo maíz, plátano, yuca, palma africana y, hasta hace poco, arroz.

Los marialabajenses son una raza fuerte, con el aguante del negro africano que arribó a los puertos de Cartagena en el siglo XVI, y con la astucia para arrebatarle la fertilidad a la tierra que poseían los indios Tuya y los Abibe, nativos de esas tierras antes de la masacre disfrazada de descubrimiento realizada por los españoles.

Los indígenas de la región fueron desapareciendo, poco a poco, al no contar con la protección que en un futuro próximo crearían los palenqueros.

El palenque San Basilio fue el primer pueblo libre de América, en 1713. Hace poco más de quince años, cuando entró un repentino auge por el reconocimiento de nuestra identidad afrodescendiente, el pequeño palenque empezó a ser asediado por periodistas, cronistas y rea-lizadores audiovisuales, que querían mostrarle al mundo una comunidad que aún conservaba sus tradiciones africanas.

Pero de Marialabaja nadie hablaba. Curiosamente, para ir al palenque se necesita pasar por la carretera de entrada a Marialabaja.

En ese 1535, cuando Alonso de Heredia fue encomendado por su primo Pedro de Heredia al reconocimiento de estas tierras, él y sus acompañantes españoles se abrieron camino a través de la ciénaga que tiene una extensión de 22 hectáreas, para conocer todo lo que hoy comprende el Departamento de Bolívar, y que en ese entonces bautizaron como Las Marías, en honor de María Egipciaca, uno de los tantos santos que nos trajeron de la que hoy todavía algunos consideran su madre patria.

Quizás estas tierras fértiles también sirvieron de cómplice para que Benkos Biohó, el pri-mer africano que decidió proclamarse hombre libre, encontrara las tierras donde resguardarse.

Posiblemente tuvo que atravesar la misma ciénaga donde empezaron a lavar Johana y todas las mujeres que la acompañan casi a diario a hacer lo mismo.

*****

Hasta hace un par de años la única razón por la que alguna de estas lavanderas no salía a cumplir con su oficio era alguna gripa, un día lluvioso o la falta de plata para comprar el ja-bón, pero con la llegada de los paramilitares, a finales de la década de los noventa, y de las to-rrenciales lluvias, este grupo de vecinas, comadres y lavanderas tuvieron que aplazar varias ve-ces su cita con el jabón.

La situación se agravó en el 2000, fecha en que ocurrió la masacre a Mampuján, corregi-miento perteneciente a Marialabaja, que infundió el terror en la zona.

“Los paramilitares nos tuvieron azotados mucho tiempo, no fue fácil. A veces venía con mi ponchera llena de ropa y simplemente me decían que me devolviera a mi casa”, relata Gilma, quien rememora aquellas terribles épocas de violencia que sufrió su municipio.

Por ser la despensa agrícola de casi todo el Departamento, Marialabaja era fuertemente custodiada por los grupos al margen de la ley. Y Bolívar, el departamento cuna de las gestas independentistas, fue uno de los territorios que más desplazados tuvieron en todo el país.

Entre el 2006 y el 2007, con los procesos de desmovilización de los grupos paramilitares y con el retorno de la tranquilidad en estos pueblos caribeños, fue precisamente el clima lo que empezó a causar estragos en la vida de los marialabajenses.

El canal de agua de la Calle del Puerto muchas veces se ha desbordado por las lluvias, que además de impedir la reunión de las lavanderas, ha dejado casas destruidas, animales muertos y muchas enfermedades respiratorias.

“En las noticias salía Gambote, Mompox, San Juan, pero nadie hablaba de que en Maria-labaja estábamos con el agua hasta la cintura. A nosotros, incluso, nos tocó mudarnos a una piecita mientras bajaban las aguas”, se queja Rosiris Daza, una guajira que hace más de diez años vive en el pueblo. Es de contextura gruesa, cabello liso y rollizas piernas, que mojadas muestran más brillo.

Ella tal vez no lo sabe, pero en sus palabras se reafirma la condición de olvido en que se encuentra Marialabaja.

*****

Luego de enjuagar la primera tanda de ropa, Gilma toma las piezas húmedas y las mete en un balde, que logra alzar haciendo un esfuerzo, y enseguida lo acomoda entre sus caderas como si fuera un bebé.

Camina lento, pero de forma cadenciosa. Reconoce que cada día le da más trabajo ir a la-var, pues a raíz de un accidente que tuvo hace cinco años en la cocina de su casa, y en el que se dislocó el hueso de la cadera, su cuerpo no tiene la misma resistencia.

Luego de andar por cinco cuadras, llega a su casa, ubicada en el barrio La Esperanza del Cambio, nombrado así por pura ilusión de sus habitantes, pero que tal vez cuando lleguen esos cambios no perderá su nombre.

El frente está hecho de bahareque, al igual que la mayoría de las casas que se ven en la ca-lle. La puerta, hecha en madera, quedó clausurada desde hace varios años. La entrada es por un callejón angosto en la parte izquierda de la vivienda.

Adentro, el trabajo de toda la vida de la familia Soto Rodríguez se materializa en dos ha-bitaciones reconstruidas en concreto, sin ningún tipo de acabado. Tan sólo la cocina se ve adornada con los calderos colgados en la pared. Ningún electrodoméstico hace presencia.

En la única habitación que tiene Gilma hay una cama que comparte con su esposo y otra cama pequeña, que tiene por colchón unos cartones, donde duermen su hijo, el que está sol-tero todavía, y su hija menor, ‘La Bordona’, como ella la llama.

La ropa se ve por todas partes: en el escaparate, en la cama grande, en una repisa armada en la pared, en una cuerda que atraviesa el cuarto oscuro por la falta de ventanas, en una silla roja acomodada en una de las esquinas del cuarto, en el piso. Hay ropa guardada en una bol-sa ‘mencha’ colgada en una de las paredes. Claro está, toda la ropa está limpia.

En la otra habitación que hay en la casa, y en la que viven Johana con su marido, hay una nevera y un televisor con la imagen dañada, pero en el que se pueden escuchar las novelas.

Allí, los hijos de Johana almuerzan una sopa que ella les compró para no tener que inte-rrumpir la jornada de lavado. Ellos están desnudos, apoyando las nalgas en un piso de tierra compactada, y asediados por una perra flaca que espera pacientemente a que dejen caer un hueso o un pedazo de plátano.

Entre el esposo de Gilma y el marido de Johana trajeron a la casa unos peces llamados ‘barbudos’, que podrían servir para la comida de la tarde, pero que serán guardados para una visita que recibirán al día siguiente y que tiene a Gilma con gran expectativa: uno de sus trece hijos, quien se fue para Sincelejo siendo un adolescente, regresa al pueblo a visitar a su mamá. Hace más de quince años no lo ve. Por eso, dice: “Así termine a las seis de la tarde tengo que lavar toda la ropa, para que mi hijo y su familia vean todo limpio y bonito”.

Tras regresar al Canal, Gilma se dedica, como si fuera lo último que tuviera que hacer en la vida, a lavar la ropa que le falta.

Casi cuatro horas después, al caer la tarde, Gilma, Johana y las demás lavanderas inician el camino de regreso a casa. Fue un día duro, había mucha ropa que dejar limpia.

Sin embargo, no parecen cansadas, un baño antes de emprender el regreso a sus casas las reconfortó, les devolvió la vida, el ánimo para charlar mientras caminan.

Al despedirse planean la hora en que saldrán al día siguiente a lavar.

*Palo de madera utilizado para sacarle el sucio a la ropa. Las mujeres del Caribe lo usan pegándole a la ropa con este palo para lograr un mejor lavado.

**Este contenido es resultado del Taller de Crónica del Bicentenario realizado por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano.

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