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Los amores de la gaita

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El sonido armonioso y musical que salía de un pito de palo, raro, largo y cabezón, rompió el silencio que reinaba en el Cerro de Maco una mañana cualquiera de 1940 y enamoró para siempre a “Toño García”.

Manuel Antonio García Caro, un niño de 10 años, que ya conocía los secretos de la agricultura, quedó lelo, como ensimismado, observando la des-treza del gaitero Manuel Mendoza, quien había llegado a Las Mercedes, un cacerío de San Jacinto, empotrado en el cerro de Maco, con una cuadrilla de hombres a desmontar un extenso terreno.
“Mañe Mendoza”, con su música, alegró las mañanas y las noches del pueblito por unos 15 días, sin saber que su gaita había embrujado a un pe-queño que comenzó a soñar despierto con el instrumento. No había pasado una semana, cuando “Toño García” salió del monte sacándole sonidos a una gaita rústica hecha por él mismo. Aprendió solo y años después, cuando su padre se mudó a San Jacinto, recibió unas clases de Manuel Mendoza, el gaitero solitario que llegó a su pueblo a cambiarle la vida. Como no pudo estudiar perfeccionó un estilo, que muchos de los gaiteros modernos hoy si-guen.
Sentado en una mecedora en el patio de su casa, “Toño García”, advierte que siempre le ha sido fiel a la gaita porque ese instrumento tiene una pe-ga, pega. “Vea yo traté de dejarla, pero no podía. Me internaba a trabajar la agricultura y llegaba un momento, sobretodo por las noches, en que me entraba un desespero, que sólo se me quitaba cuando agarraba la gaita y tocaba algo”.
Este hombre, que cumplió 80 años el pasado 16 de enero, rodeado de sus cinco hijos y 25 nietos, sigue fabricando y tocando gaita con “Los Autén-ticos Gaiteros de San Jacinto”, los mismos que se ganaron el Grammy latino con la canción “Un Fuego de Sangre Pura”.
Llegó a hacer parte de ese grupo en 1984, semanas después de la muerte de su maestro “Mañe Mendoza”. Acudió al llamado del legendario “Toño Fernández” con quien recorrió la zona y el país, tocando y enseñando la música de gaita.
“La gaita me ha dado todas las satisfacciones en la vida. Por ejemplo, yo nunca pensé conocer Nueva York y gracias a la gaita allá estuve. Por eso digo que seguiré tocando hasta que Dios quiera”, sentencia. Al terminar de hablar agarra su gaita y comienza a interpretar, como poseído, una hermosa melodía, mientras por las mejillas de su esposa Candelaria se resbalan dos lágrimas.

II
Una noche de julio de 1950, los míticos “Gaiteros de San Jacinto”, comandados por “Toño Fernández”, Nolasco Mejía y los hermanos Juan y José Lara animaban una rueda de gaita, cuando otro hombre cayó rendido a los pies del instrumento mágico.
Mientras hombres y mujeres bailaban al son de los tambores, Juan Nicolás Hernández, no le quitaba la vista a la gaita que tocaba “Toño Fernán-dez”. La emoción se apoderó del entonces joven Juan Nicolás, quien para esa fecha tenía 17 años, y se quedó allí en la plaza del pueblo hasta las 7 de la mañana del día siguiente, cuando por falta de ron, “Los Gaiteros de San Jacinto” suspendieron la parranda. Su osadía le costó varios latigazos, pero se tranquilizó cuando alguien dejó olvidada una gaita en la puerta de su casa. Al poco tiempo aprendió a tocar el instrumento indígena que lo ha man-tenido contento durante toda su vida.
No se le olvida la noche en que “Toño Fernández” lo invitó a tocar en una rueda de gaita por medio de un verso. “Ese hombre era un prodigio, un repentista nato, quizá el músico más talentoso que ha tenido San Jacinto. Todo lo que hablaba le salía en verso y, a pesar, de su poca educación, era agradable, de buenas maneras. Aunque también, era delicadito”, reconoce.
“Desde allí empecé a tocar con los Gaiteros de San Jacinto. Salíamos a tocar con gente de Soplaviento, Mahates, El Carmen y San Juan. Años des-pués salimos del país, claro a finales de 1962, luego de que el mundo conociera esta música gracias a Manuel y Delia Zapata, quienes gestionaron el primer viaje de este grupo”.
“La gaita me dejó los buenos ratos, lo que conocí y la enseñanza que le dimos a los jóvenes por varias regiones del país. En Cartagena, Medellín, Cali y Bogotá hay profesionales gaiteros. Eso es un orgullo. Lo que me gané con la música, me lo gaste. No tengo una pensión del Estado. Ni siquiera con el Grammy, quienes participamos en la grabación, hemos visto dinero. Pero aquí estoy, vivo gracias al amor que le tengo a esta música y al ins-trumento”, dice.
“La gaita es un instrumento que agarra a la persona y la envuelve. Es mágica y si uno le pone cariño, se vuelve loco. Imagínese, la semana pasada fui a San Juan con un grupo de la tercera edad y se me dio por tocar la gaita otra vez, algo que no hacía después de una trombosis que me afectó. No lo hice también, pero me aplaudieron. ¿Sabe?, me sentí feliz, volví a vivir”.
Son las 8 de la noche del viernes 13 de agosto de 2010 y Juan Nicolás Hernández, de 77 años, se reposa, abanicándose, en la sala de su casa de San Jacinto. Lo dejo sumido en sus recuerdos, vestido como gaitero, con una maraca en su mano, después de hacerle varias fotografías.

III
Un gaitero blanco, delgado, de ojos claros, con pelo largo, compactado al estilo “rasta”, ejecuta magistralmente “Candelaria”. Llama la atención de varias personas que se arremolinan en torno al hombre raro que toca espléndidamente, pero concentrado la canción de la autoría de “Toño Fernández”.
A la gaita se le suma una voz femenina afinada y luego un tambor, maracas y la gaita macho. El asombro recorrió los rostros de quienes observá-bamos a los jóvenes con aspecto de hippie´s que tocaban en el parque de San Jacinto. La voz aflautada de un hombre mayor, con gestos femeninos, aumentó el encanto de muchos cuando dijo que eran de Argentina.
Entonces, Josue Cumar, el gaitero, lo reconoció, asintiendo con la cabeza y comenzó, con total desparpajo, a contar su historia: “Nosotros escu-chamos el estilo sanjacintero cuando Jacobo Puertas, un bogotano llegó a nuestro pueblo a tocar con su grupo. Investigamos y comenzamos a practicar algunas canciones de “Los Gaiteros de San Jacinto”, pero decidimos venir. Salimos en agosto del año pasado de Capilla del Monte, un pueblo de la región de Córdoba (Argentina) en el carro de un andariego llamado ‘Tato’, quien aceptó traernos a cambio de que le arregláramos el vehículo y consi-guiéramos para el combustible. Viajamos durante 7 meses, para llegar el pasado 5 de marzo hasta la tierra de la gaita, con la intención de aprender a ejecutarla con estilo sanjacintero”.
Los argentinos viven en una casa del barrio Buenavista de San Jacinto que alquilaron por $50.000 mensuales. Ellos se ganan la vida cantando en los buses que pasan por la Troncal de Occidente. Lo cierto es que en los últimos cinco meses han recibido clases de los maestros “Toño” García, Eliécer Meléndez y Eliécer Mejía. Llegaron 11, pero en la actualidad hay 7, quienes conforman el grupo “Los Gaiteros de Buenavista”. Ellos son: Josue Cu-mar, Shanty Cohen, María Cecilia Ochoa, Nube Cumar, Bernardita Giauedoni, Cristal Cumar, Shio, un pequeñó de 7 años y el perro Happy.
Josue Cumar, habla con los integrantes del grupo, quienes se retiran a descansar para prepararse para su presentación en el Festival Autóctono de Gaitas que hasta hoy se desarrolla en San Jacinto.
A la 1 de la madrugada de ayer, “Los Gaiteros de Buenavista” subieron a la tarima. Su actuación fue magistral, impecable, tanto que el publico los aplaudió a rabiar porque son los favoritos. Josue, sereno y con la mirada fría, dijo al bajar de la tarima: “es que yo también me enamoré de la gaita”.

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Comentarios

Cuando carajos le van a dar

Cuando carajos le van a dar la pension a nicolas , cuando se muera que ?