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Misterio en el Río Magdalena

El día que Deivid Sebastián Ochoa Cruzate se perdió en las profundidades del Río Grande de La Magdalena, mostró una sonrisa rara, imperturbable, mientras clavaba su mirada en las aguas turbias que lo atraían como un imán.

A las 5 de la tarde del 20 de enero del año 2000, Deivid, el mismo que soñaba con ser futbolista profesional, el más amoroso y querendón de su familia, dejó a un lado el partido de fútbol que jugaba con sus amigos de siempre y corrió hacia el río, como si alguien lo hubiera llamado. Allí metió sus pies para lavarlos, sin razón aparente.
Deivid no escuchó los gritos de sus compañeros, quienes trataron de evitar que se metiera al agua, pues se encontraba agitado y sudado. Nadie sabe en qué momento desapareció porque las aguas no le llegaban a las rodillas. Todos lo vieron desaparecer frente al puerto de Zambrano.
Se fue concentrado, atónito, después de agacharse para echarse agua en su cabeza, para espantar el calor, creerían sus amigos, pero no salió jamás.
En vano, nadadores reconocidos y pescadores curtidos en el oficio lo buscaron por horas cerca de donde fue visto por última vez, a la orilla del río. Todo parecía en calma, pero sus familiares y amigos, quienes aún no salían del asombro, sabían que algo raro había ocurrido.
Los más optimistas esperaban que regresara con vida, y pensaron que se había ido para algún sitio de Zambrano, que les jugaba una pesada broma, pero Deivid no era hombre de chanzas.
Ocho días después de búsqueda incesante, se cumplió la sentencia de un pescador que dijo que a Deivid se lo había llevado una mujer de pelo largo brillante que salió de las profundidades del Río.
“No lo busquen, se lo llevó el ‘Encanto del Peñón’”, diría el hombre cuando sus familiares lloraban horas después de su desaparición.
El cuerpo de Deivid fue hallado lejos de Zambrano, cerca de Ponedera, en el Atlántico, flotando entre unos matorrales, con sus ojos expresivos abiertos, su pantaloneta puesta, sin camisa: fresco, como si hubiera acabado de morir y sin un solo rasguño.
No tenía la rigidez cadavérica propia de un cuerpo inerte de 8 días, ni siquiera estaba putrefacto.
Aunque los médicos se negaron a hacerle la autopsia, en Zambrano todo el mundo dice que el caso de Deivid prueba que el joven vivió una aventura antes de morir con ese ser que habita bajo las aguas y que se conoce como el ‘Encanto del Peñón’.
No dan otra explicación. Sus familiares dicen que el rostro de Deivid tenía una sonrisa marcada. Se fue feliz.

La Leyenda
La belleza de la princesa Rayo de Luz impactaba a todo aquel que la miraba.
Era hija del cacique Yucatán, quien gobernó la tribu Malibú, en los albores de 1700.
Los malibués, povenientes de la Depresión Momposina, se establecieron en el territorio que se conoce hoy como Zambrano (Bolívar), y allí vivieron solitarios adorando al sol y a la luna, hasta que un extraño hombre blanco, que algunos dicen que era un explorador español perdido en la manigua de los Montes de María, se apareció una tarde en el poblado indígena.
Los hospitalarios malibués, le brindaron comida y ofrecieron rituales en honor del recién llegado, quizá porque creyeron que venía del más allá, a juzgar por su apariencia, sus vestidos raros, los espejos de dos caras, pañoletas de colores, baratijas brillantes, collares y perfumes que sacaba de una pequeña maleta que siempre mantenía a su lado.
Los indios le brindaron chicha de maíz fermentada y el cacique Yucatán ordenó a la princesa Rayo de Luz que lo atendiera personalmente, más por temor que por mostrar su hospitalidad.
El hombre blanco se encantó con la mujer hermosa y joven, de piel blanca, pelo largo brillante y fino, que andaba semidesnuda mostrando sus senos enhiestos, su cintura pequeña y sus redondas nalgas, como provocándolo sexualmente.
Se maravilló tanto con la amable indígena que urdió una trampa. Por la noche, la atrajo a su dormitorio por señas, con collares brillantes en sus manos, y la hizo suya por la fuerza, aprovechando que todos dormían bajo los efectos de la chicha.
Una hora después, se la llevó en su huida, pero a las dos horas, la princesa Rayo de Luna, avergonzada y humillada, se safó de sus manos y, caminando, volvió a su tribu.
El cacique Yucatán, al enterarse de lo ocurrido, castigó a la princesa por deshonrar a su raza y ordenó que la ataran a un árbol, alrededor del cual quemaron una fogata.
Al cabo de tres días y tres noches, la princesa Rayo de Luz murió de sed.
El cacique Yucatán la maldijo y condenó su alma por siempre: “Aparecerás en forma de encanto a la orilla del Río Grande de La Magdalena y capturaras a los jóvenes hombres para saciar tu sed sexual”.
Esta leyenda identifica a Zambrano y según Johny Vergara Chamorro, cuentero y gestor cultural nacido en ese municipio, todos los años de enero a abril, ese encanto, que muchos relacionan con una luz que sale desde el fondo del río, se lleva a aquel que ose bañarse en las aguas del Río Magdalena.
Después del resplandor aparece la princesa Rayo de Luz, desnuda, despampanante con su erotismo a flor de piel y se lleva a los hombres, preferiblemente jóvenes, para saciar su sed sexual. Según Johny, en Zambrano todos le temen al río en época de carnaval, porque cualquier cosa puede suceder.

Ya van 15
En enero de 1973, un sábado de carnaval para más señas, el entonces joven atleta Manuel Díaz, de sólo 15 años, se perdió en la orilla del río.
Algunos amigos que lo acompañaban dicen que se tiró y no salió más. Por segundos, pensaron que era una broma porque solía hundirse en el agua hasta por minuto y medio ante la perplejidad de sus compañeritos, para demostrar sus cualidades de eximio nadador, pero ‘Mañe’, como le decían todos, no volvió a salir y por más que lo buscaron no apareció.
Al día siguiente, un pescador dijo: “No lo busquen: lo tiene el ‘Encanto del Peñón’ y no lo soltará hasta que se lo goce”.
Sin embargo, sus familiares no se fueron de ese sitio y dos días después apareció el cuerpo sin un solo rasguño, blandito, como si aún corriera sangre por sus venas. Manuel Díaz tenía una sonrisa dibujada en su rostro. A ‘Mañe’ lo enterraron bajo un fuerte aguacero, con los ojos abiertos. “Se fue alegre”, dijeron.
A finales de los años 80, cuenta Johny Vergara Chamorro, el joven Pedro Cumplido, de 18 años, gran nadador, se perdió en las aguas del río, cerca de donde dicen habita la princesa ‘Rayo de Luz’, debajo de las cuevas del Peñón.
El joven Cumplido tenía fama en Zambrano y los pueblos vecinos, porque se cruzaba el río sin descansar.
Cumplido se perdió en las mismas circunstancias y 24 horas después lo hallaron en la orilla, con la misma sonrisa en su cara y los ojos abiertos. Sus carnes estaban intactas.
Otro de las acontecimientos trágicos que se recuerdan en Zambrano ocurrió el 8 de febrero de 1990. Misteriosamente, cuando se bañaban en el río desaparecieron los jóvenes Henry Fernando y Reynaldo Enrique Romero Torres, y sus dos amiguitos, los hermanos Barreto Mardach, entre los 12 y 14 años, respectivamente.
Nazira Torres, una mujer marcada por el dolor y quien siente un gran temor por el Río Magdalena, asegura que a sus hijos se los llevó el ‘Encanto del Peñón’.
Ellos jugaban fútbol en un playón y salieron, con sus amiguitos, a buscar el balón que fue a tener en la orilla del río; pero una vez tocaron el agua, algo los haló y desaparecieron para siempre. Tres horas después los hallaron con los ojos abiertos, flotando en la orilla.
“Fue un viernes de carnaval, no se me olvida. habíamos llegado de Cartagena y ellos quisieron meterse al río. Me pidieron permiso, pero pese a mi negativa se metieron y allí quedaron sus almas”, dice Nazira Torres, un poco resignada.
Desde entonces, según Johny Vergara, nadie se baña en el Río Magdalena en los meses de enero a abril, porque en cualquier momento aparece la princesa ‘Rayo de Luz’ y escoge a quien llevarse.
“Quien admire su belleza, se encanta y si entra al río, no vuelve”.

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Enorme la riqueza oral de los

Enorme la riqueza oral de los montes de maria.