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San Jacinto en la memoria de Cheli Salcedo

La imagen de Cheli Salcedo es la de un abuelo bonachón, pechichador de nietos; y así se muestra. Pero también sigue siendo gallero, buen amigo, parrandero, cuentista y ahora escritor.

Llamado así desde niño, José Luis Salcedo Lora, “Cheli”, ha hecho de todo en su vida, después de dejar sus estudios a los 13 años. Fue campesino, coime del billar El Imperial, serenatero, capador de puercos, vendedor de lotería, aprendiz de médico, comerciante y por último cuando ya había cum-plido la mayoría de edad, se hizo parrandero, pero nunca mujeriego, siguiéndole los consejos a su entrañable amigo Adolfo Pacheco Anillo, el compo-sitor insigne de San Jacinto.
No se desespera para contar sus anécdotas. En su memoria, mantiene frescos los recuerdos de la finca “Matambal”, de su tío Abbe, donde también vivía Guido Lentino, cuñado del primero y quien por haber estudiado un año de medicina se convirtió en el médico de la zona. Además, la gente le te-nía mucha fe porque en el rancho donde vivía había montado una farmacia con las muestras médicas que le enviaba Alberto Batti, Pepe Lora y el doctor Nicolás Reyes, quienes para la década del 60 curaban a los sanjacinteros de cualquier mal. Cuenta Cheli que sin quererlo, se hizo ayudante de Guido, quien a igual que los demás adultos que habitaban en esa finca tenía cierta fascinación por el ron y se iban de parranda al Trozo o a Paraíso, caseríos cercanos, y lo dejaban solo por dos y hasta tres días.
Dice Cheli que un sábado le llevaron un niño con el oído lleno de gusanos y con una pluma de pato y creolina lo curó. Cheli ordenó a la madre del menor seguir el tratamiento por tres días. Lo cierto, advierte, fue que logró curar al niño, pero quedó medio sordo de por vida.
Le apodan el Cheli por una denuncia que instaurara en su contra uno de los hijos de su paisano Alfonso Pereira Barraza en Cartagena, por una chanza pesada. Pereira, abogado de profesión, al colocar la denuncia por difamación mencionó a José Luis Salcedo, alias “El Cheli” y eso dio motivos para que perdiera para siempre su nombre.
Sentado en una poltrona en la sala de su casa de Cartagena, Cheli se muestra como un hombre sin pretenciones aparentes. Pero al escucharlo hablar sin quererlo delata su deseo de dar a conocer las historias de San Jacinto, su pueblo chiquito, su villorrio, su universo.
“En eso ando”, dice con su voz casi infantil, mientras recuerda una de sus anécdotas, las mismas que aparecen en el libro “San Jacinto, tierra de per-sonajes”, editado por ediciones Pluma de Mompox, prologado por Germán Bustillo Pereira, el célebre “profesor Bustillo”.
Chely dice que en San Jacinto no nace gente simplemente, nacen personajes. “Cada sanjacintero nace con una chispa y un gracejo que lo convierten en personaje”.
Cheli trabajó en varias empresas y terminó sus días laborales en las Empresas Públicas Municipales de Cartagena, donde se jubiló. Ahora se dedica a malcriar nietos, a contar historias y a escribir.

Las anécdotas de Batti
Si hay alguien a quien Cheli Salcedo recuerde, es a Alberto Batty Barraza, hijo único de la unión de un ciudadano inglés que apareció por el sitio y de la sanjacintera María Barraza.
Según Cheli, Alberto Batty era muy diferente a la gente del pueblo. Era alto, delgado, mono y de ojos verdes.
“Fue educado bajo la tutela de los Barraza y cuando a San Jacinto llegó el médico José Gabriel Bustillo Rodríguez, Alberto Batti aprendió con él a recetar, inyectar, prestar los primeros auxilios y hasta un poco de veterinaria. Pero su forma de ser y su alegría contagiosa le ganaron el aprecio de quienes le conocían y trataban. Era un querido personaje y muy popular. Como buen sanjacintero adoraba la parranda, el trago y las mujeres”, señala Cheli.
“El día que murió Lacidito Solano, ‘Lacho’, en medio de gran consternación, se acercaba la hora de conducirlo a la última morada. Batti, con algu-nos petacazos de ron adentro, se había hecho presente y se ubicó cerca del féretro. La esposa del difunto, hijas y familiares, se aferraban a su ser queri-do y clamaban: ¡No se lo lleven, no se lo lleven! Batti en un instante se acercó, le metió el hombro al ataúd y pronunció una frase que se sigue repi-tiendo cada vez que hay un muerto en el pueblo: ‘De que va, va: ¡no joda!’, y efectivamente así fue Lacidito al camposanto”.
Cheli no termina de contar la anécdota cuando recuerda otra de las ocurrencias famoso Alberto Batty.
“Salía de la plaza del pueblo con mi amigo Julio Soleimán y hallamos a Batti en la puerta de su casa, quién nos saludó cordialmente y nos hizo pa-sar hasta un gran patio en donde tenía el sembrado de yuca más hermoso del mundo. Nos pidió que volviéramos en quince días, cuando estuviera la yuca lista para hacer un sancocho de gallina criolla, también de su patio. Nos despedimos contentos y efectivamente regresamos como al mes, pero Batti estaba triste y abatido. Al preguntarle el motivo de su estado, nos condujo nuevamente al patio y pudimos advertir que las matas de yuca habían sido arrancadas y toda la tierra estaba escarbada. Casi al unísono dijimos Julio y yo: ‘Lo siento Batti, será otro día’.
Pero Batti respondió: Se me metieron los puercos de donde Víctor Vicente y no me dejaron una sola mata de yuca. Lo consolamos diciéndole “Oh, lo sentimos Batti”. Pero él remataría triunfalmente cambiando la expresión de su rostro, diciendo: ‘Pero Dios es muy grande, vino una peste y no quedó ni un puerco’”.
“En unos carnavales se había programado un baile social de disfraces en la casa de don Pablo Lora Villa en la plaza principal, pero como Batti lle-vaba varios días parrandeando, no lo invitaron y entonces siguió bebiendo resentido. Cuando sonó la primera pieza, que normalmente era un pasodo-ble, salió a la plaza, se quitó la camisa y se la puso como un turbante, cargó a Firpo, un perro, se llevó una burra vieja que estaba allí cerca y se metió en la fiesta exclamando: ‘Esta es la huída de Egipto’”.
Según Cheli, Alberto Batti Barraza se tomó grandes cantidades de trago y se comió miles de sancochos, compartiendo con sus amigos y allegados sus chanzas, cuentos, anécdotas e imprudencias.

Don Benjita
De los personajes que aparecen en el libro de Cheli Salcedo, don Benjamín Barraza Lora, conocido como “Benjita”, es otro de los que encarna la gracia de los sanjacinteros.
“Don Benjita era odontólogo y tenía su consultorio en un local de su propia vivienda por los lados del callejón. Nunca ejerció la profesión con jui-cio, pero a veces lo hacía como cosa excepcional. Una de esas escasas veces fue, a petición expresa de una de las más respetables lenguas del pueblo, la de Matías Ferrer, mecánico avezado en todas las artes relacionadas con tuercas, tornillos, motores grandes y pequeños, en el escaso mercado de San Jacinto. Pues bien, Matías, liberal de tiempo completo le rogó a Benja, conservdor consumado, que le hiciera una chapa superior. Efectivamente le fue hecho el encargo con una resultante inmediata: cada vez que Matías trataba de hablar se le saltaba la chapa y se lo impedía. Benja comentaba que era el único tal vez, que había callado a Matías Ferrer”.
“Doña Hortensia Lora, la esposa de don Benja, en una ocasión viajó de compras a Barranquilla. Coincidió que en tales días habían derrumbado la iglesia para construir una nueva y las imágenes las habían repartido en varias casas respetables del pueblo, tocándole a Benja el Beato Claret, que era una imagen gorda, de tamaño natural y con la bolita del mundo en una mano. Don Benja la mandó colocar en el consultorio, el cual tenía un portón grande que daba al callejón. Aprovechando la ausencia de Horte, don Benja había coordinado con Pifia, vieja machorra, alcahueta del pueblo, la lleva y trae razones oficial, para que previo pago de dos pesos y cuatro tabacos le mandara al consultorio en la mañana siguiente, a las nueve, a una mucha-cha de vida alegre, recamado vicio y posición horizontal. A las ocho del día señalado, estaba Benja en bata de baño, nervioso y perfumado, pendiente de la llegada de la moza. Doce cigarrilos fumados marcaban la ansiedad. Como a las nueve observó que la muchacha pasaba por delante del portón del consultorio, miraba hacia adentro y seguía de largo. Como a la cuarta pasada, Benjita sonriendo le dijo: Entra de una vez, que ese gordo que ves, no es mi hijo Adolfo, es el Beato Claret”.
Cheli hace una pausa Una pausa para contar otra anécdota, pide un tinto cerrero. Se lo traen. Lo toma de un solo sorbo y suelta otra vez la lengua:
“Sufría el viejo Benjita de enfisema pulmonar, quizá por el cigarrillo y con frecuencia pasaba noches difíciles a punta de Vick Vaporub, remedio generalizado en la región. Sucedió que doña Hortensia llamó a su hija Leonor por teléfono a Cartagena, dándole manivela al aparato que tenía en su casa, una de las pocas casas con tal servicio en esa época. Le contó a su hija que tenía algunos malestares e iría a La Heroica a consulta con un espe-cialista, ante lo cual Leo le recomendó que con el chofer del bus le mandara en la madrugada una muestra de materias fecales para ir adelantando te-rreno. Así lo hizo Horte, para lo cual lavó y esterilizó una cajita del famoso mentol y en ella depositó lo que mandaría a Cartagena.
Como a las once de la noche, Don Benja, afectado de su mal, tanteó en la oscuridad en las mesitas de noche pues la luz se había ido, como era fre-cuente, hasta que pudo encontrar una cajita. La abrió y se embadurnó ambas fosas nasales. No bien pudo respirar profundamente cuando sintió la feti-dez y dándole una nalgada a su durmiente esposa la regañó diciéndole: ‘Te piaste, mija’
Horte le respondió indignada: ‘No mijo, yo no tengo esa mala costumbre’
Bueno, dijo Benja, ‘me sigue pegando el mal olor, debe ser que los perros de Adolfo se hicieron del cuerpo bajo la cama’. El hombre procedió a mi-rar debajo del mueble usando un foco de mano, pero no vio nada irregular. Desesperado e incómodo por el mal olor que lo seguía, se fue hasta la ven-tana que daba a la calle, la abrió y aspiró hondamente para ver si mejoraba su respiración y ahuyentaba el mal olor. Nada mejoró, ante lo cual dijo a to-do pulmón: “Se han cagado a San Jacinto”.

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Comentarios

Sencillamente

Sencillamente espectacular,parodiando un programa esas son la vainas de mi pueblo.

Felicitaciones al cronista

Felicitaciones al cronista que nos transporta a un mundo magico donde cualquier cosa puede pasar. Excelente periodista siga demostrando que hay madera para segur contandonos lo bueno de nuestros pueblos