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Cartagena en una memoria brillante

Uno podría conocer la historia secreta de Cartagena de Indias, leyendo las cartas guardadas y las fotos que duermen en innumerables álbumes en los estudios silenciosos de los  historiadores muertos. En los archivos de la biblioteca de Eduardo Lemaitre Román (1914-1994), hay muchos secretos de la ciudad en más de dos siglos. El tiempo es siempre una sorpresa y un misterio. Antes de sentarme a conversar con Myriam Vélez de Lemaitre, la esposa del historiador Eduardo Lemaitre, y de mirar el ámbito de su biblioteca personal, veo una serie de imágenes que ha atesorado su hijo Juan Carlos Lemaitre.

“Sin que me diera cuenta, yo fui uno de sus incontables alumnos”, me dice, al recordarlo sentado en su escritorio desde las siete de la mañana y hasta las dos de la tarde. No puede olvidar el día en que reunió a sus hijos en la mesa para decirles que abandonaría la política y los negocios, para dedicarse a lo que siempre había soñado en la vida: escribir libros, especialmente, consagrarse a la divulgación de la historia de Cartagena de Indias. Nadie en la ciudad asumió esa responsabilidad de compendiar de manera panorámica la historia de cuatrocientos cincuenta años de historia cartagenera, como lo hizo él al publicar en 1983, Historia general de Cartagena, en cuatro tomos. Nadie puede ignorar esa hazaña editorial, aunque no comparta de manera conceptual algunos aspectos interpretativos de la historia. 

Él logró contar de manera didáctica, amena y anecdótica la historia local, y su trabajo permitió que otros pudieran traducir e interpretar causas sociopolíticas en la génesis y devenir de nuestra historia. Tres de sus libros más celebrados son Panamá y su separación de Colombia, la biografía de Rafael Reyes, y El general Juan José Nieto y su época.

UNA MEMORIA BRILLANTE

Detrás de ese ser memorioso, activo, polifacético que era el historiador Eduardo Lemaitre, estaba siempre su esposa Myriam Vélez de Lemaitre, una mujer delgada, recia, elegante, de una lucidez y una memoria brillante y un dinamismo ejemplar, que a sus 91 años, maneja computadores, conoce los secretos de la tecnología contemporánea, y espera los mediodías, frente a su televisor, para ver lo que ocurre en las corridas de toros en el mundo. Y sobre todo, está al tanto de lo que le ocurre a Cartagena de Indias.

Cuando le pregunto de dónde surge su fascinación por los toros, me explica que su afición tiene que ver con su propia infancia, cuando su abuelo Fernando Vélez Daníes, el empresario de Aguas Vivas, asumió entre sus aventuras maravillosas como visionario, la construcción de La Serrezuela y trajo de España, en un barco fletado, un viaje de vacas y toros de lidia, mulos, caballos y gallos de pelea. “Crecí en ese ambiente”, confiesa. En uno de sus videos de su larga trayectoria de aficionada a la tauromaquia, aparece ella toreando. “Hay gente que no gusta de los toros, así como en mi caso, no me llama la atención el boxeo. No encuentro ninguna gracia que dos seres humanos se den golpes. En el caso de los toros de lidia, creo que son toros exclusivos que nacieron para la lidia.

Los que no mueren en la corrida, van a morir en el matadero. Puede parecer duro, pero es la realidad”. Y ella se emociona cuando ve la plaza de Madrid colmada de público. Señala en este instante la plaza al mediodía. Y sigue el movimiento del torero con la muleta en ese límite improbable en que ocurre la vida y la muerte. Se siente feliz porque el torero francés Sebastián Castella la llamó a su casa, a su paso por Cartagena. Me habla con propiedad de los diestros españoles Daniel Luque, David Fandila Marín “El Fandi”, Alejandro Talavante y del colombiano César Rincón. Pero por su memoria privilegiada viaja con el abuelo al Mediterráneo. Con los cuatro toros importados de España en 1929, inauguró La Serrezuela que ahora se convertirá en Centro Comercial. Aquellos cuatro toros: Bilbaíno, Indiano, Polluelo y Querencioso, forjaron una tradición taurina en la ciudad desde aquel lejano 1930. Ella guarda todo lo que se escribe sobre toros.

CARTAGENA MARAVILLOSA

“Aquí todo es viejo”,  dice sonriente, viendo el retrato de su abuelo Vélez Daníes pintado al óleo y el retrato del bisabuelo, el general Juan Antonio Gutiérrez de Piñeres, en cuyo semblante meditabundo late un áura de obstinación e impaciencia. De la inmensa biblioteca de su esposo que colmaba el ámbito de un apartamento, cinco mil libros fueron donados por Eduardo Lemaitre a la Universidad de Cartagena y hoy reposan en la Casa Núñez.

Pero hay muchos libros aún en su estudio. Documentos sobre su paso por la Gobernación de Bolívar en 1958, y originales de sus libretos televisivos de su serie Revivamos nuestra historia. Y cartas y documentos empastados y recortes de sus columnas de prensa. Cartagena es para ella una maravilla incomparable. “Luego de viajar por muchos lugares del mundo, puedo decirle que no encontrará usted en ningún lugar de Europa, la belleza de las murallas que tiene Cartagena”. En una mesita tiene un libro de fotografías de Giovanni Mangini, a quien recuerda “delgado, narizón, un italiano que hizo las mejores fotos de la Cartagena de los años cuarenta. Es un libro que todo cartagenero debe tener”.

Al entrar al estudio del historiador, siento el olor dormido de la madera que cruje, con la nostalgia de unas manos.

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