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Astrónomo y sacerdote argentino estudia las estrellas para acercarse a Dios

“Me hice astrónomo para acercarme a Dios, que ha creado el universo”, confiesa el sacerdote jesuita argentino José Gabriel Funes, quien dirige desde 2006 el Observatorio Astronómico del Vaticano, localizado en el inmenso parque de la residencia papal de Castelgandolfo.

Las instalaciones del Observatorio se encuentran en un antiguo monasterio al borde de la finca papal, una suerte de frontera física entre fe y ciencia, donde trabajan seis religiosos.

Al observar que uno de ellos va vestido con pantalón y simple camiseta, se siente uno más en un campo universitario de Estados Unidos que en un lugar clave para la fe católica.

“Nosotros nos interrogamos sobre los mismos asuntos que se cuestionan los laicos: queremos entender cómo funciona el Universo, cuál fue su origen, saber si hay planetas similares a la Tierra...”, afirma Funes, de 47 años.
“Pero nosotros somos el Observatorio del Papa. Estamos aquí para servir al Papa, la Iglesia y nuestros colegas”, sostiene.

El padre Funes inició sus estudios de astronomía antes de entrar a formar parte de la Iglesia, así como su colega Guy Consolmagno, especializado en meteoritos.
“Antes que todo soy un científico”, comenta Consolmagno, profesor universitario en Estados Unidos antes de abrazar la religión.
“Pero es la fe en Dios la que me da la fuerza de investigar, porque hay que tener la fe enclavada en el cuerpo para creer que hay respuestas, buscar leyes y sostener que el Universo no es sólo caos”, dice.
“Desde siempre la Iglesia se ocupa de astronomía”, rememora Funes.
Inclusive cuando combatió teorías que consideraba peligrosas y que persiguió, como en el caso de Galileo.
Pero todo ello parece algo muy lejano, sobre todo cuando se exhibe con orgullo la segunda edición del “Diálogo sobre los dos sistemas del mundo”, del célebre padre de la astronomía moderna, condenado en 1633 por la Santa Inquisición.

El sobrio edificio de un piso es sobre todo un lugar de estudio y de enseñanza, ya que desde 1981 utiliza los preciosos datos recabados por el telescopio instalado --a raíz de la limpieza del cielo-- en Tucson, Arizona (Estados Unidos), donde trabajan otros ocho religiosos.
Otro telescopio, algo más antiguo, se encuentra en el palacio apostólico y sirve sólo para la observación de los planetas más cercanos.

Algunos estudios del Observatorio han obtenido el reconocimiento de la comunidad científica.
Es el caso del Rayo Verde, un fenómeno real y no una ilusión óptica, demostrado científicamente y cuya rara luz fugaz análoga a la de un faro suele aparecer inmediatamente después de la puesta de Sol con una duración de hasta dos segundos.
“Demostramos que no es algo subjetivo, que es algo que se puede observar y fotografiar”, contó Funes.
Como hombre de ciencia no está preocupado frente a la posible existencia de “extraterrestres”, un tema delicado sobre el cual la Iglesia no tiene posiciones específicas.

“Hasta ahora no hay pruebas de la existencia de una vida extraterrestre, pero en un universo tan grande, con cientos de millones de galaxias que a su vez tienen millones y millones de estrellas, puede haber entre ellas algunas con características similares a la Tierra...”, dice.
En su oficina-laboratorio, el hermano Consolmagno estudia un meteorito que presenta mezclas de metales y minerales.

“El vestigio de un astro desaparecido hace casi 5.000 millones de años”, explica.
La pieza más preciosa es nada menos que un pedazo de Marte, grande como un puño, negra al exterior y verdusca por dentro.
“No hay ninguna tan grande. íPensar que los coleccionistas pagan gasta 1.000 euros al gramo!” comenta el religioso, al levantar con cuidado y protegido con guantes de caucho el valioso objeto.

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