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Atabaques recrea el ritual del Lumbalú

Su danza es una poesía en movimiento que va tras el esplendor de los ancestros afroamericanos.

Wilfran Barrios nos sorprende ahora con una puesta en escena de gran belleza visual y artística, en la que integra la danza contemporánea, el canto, la poesía, el teatro, los elementos de la cultura del Caribe.

Wilfran ha logrado recrear el ritual de despedida de los muertos en Palenque (Lumbalú), a través de su obra “Kwandi Aggu Jende sé lungá” (Cuando alguien muere). Los palenqueros son unos artistas en este acto supremo de dar la despedida final a un muerto. No es como la cultura occidental lo ha malinterpretado: se trata de un canto con tambores, un homenaje desgarrado y sensible para el finado. Una tristeza acompañada de danzas y tambores.

Wilfran Barrios siempre estuvo interesado en los rituales de la cultura afroamericana. Fue al África y quedó extasiado viendo los colores con que los pescadores embellecen sus canoas y el color que usan los niños al vender en el mercado y los colores que acompañan la vida y la muerte de los africanos.

Es un privilegio conversar con él y descubrir que detrás del director de Atabaques, hay un ser con gran sentido de la poesía. Él se ríe porque cree que lo estoy elogiando pero es verdad.



¿Cómo fue el proceso de investigación y creación de la obra?

—La hemos concebido en tres momentos o procesos, a partir de la tradición ceremonial del Lumbalú (Lu: colectivo y Mbalu: duelo, tristeza), en Palenque, pero no se trata de una representación de ese ritual trascendental, sino de una recreación. Tardamos 8 meses en la investigación y 4 meses en el montaje. Hemos sido respetuosos con esa tradición y hemos consultado a la misma comunidad para recrear este ritual en la danza, en los tres procesos del antes, durante y después. Esos tres momentos los hemos llamado: Susurrando el tiempo, La quimera del ausente y El paño de la memoria.

Cuéntame, cómo es Susurrando el tiempo?

—En este primer momento que antecede a la muerte, lo hemos escenificado con una mujer en una mecedora susurrando lamentos y cosiendo y remendando. A un lado, está un bailarín solo representa la soledad y la enfermedad, el deterioro anímico, la angustia. En el centro del escenario va apareciendo un quinteto de bailarines que son la representación de los cuagros (grupos generaciones en la comunidad de Palenque), con relación al dolor colectivo. En este momento, hay una gran combinación de gestos, movimientos, goce, tonos melancólicos de la voz de un “canto a capela” (sin percusión). Hemos incluido dos poemas: Uno de Jorge Artel o tro de Candelario Obeso, musicalizados por Rafael Ramos y cantados por Cecilia Silva.



¿Cómo es La quimera del ausente?

—Es el muerto presente, con su altar sincrético con la imagen de San Basilio o la del Divino Niño, la foto del muerto,  una cama de viento o de lienzo, una tinaja simbolizando el saber de la familia y la espiritualidad guardada y conservada de generación en generación,  un rosario, un vaso de agua con un ramo de albahaca para que el muerto no tenga sed en su viaje a la eternidad, flores de coral o veraneras ambientando la sala fúnebre.

En el Lumbalú, este es el homenaje que le hacen sus amigos, compañeros y familiares. Es un canto de despedida y un homenaje a África, el lugar de origen y un tributo al nombre que nadie puede cambiar. Todo ese ritual se hace con el tambor Pechiche, de un metro y medio de alto, que sólo se toca para despedir a los muertos y es el tambor que anuncia la novedad en el pueblo. Ese tambor jamás se toca en ritmos festivos. A falta de transporte en Palenque, el muerto era movilizado en chinchorro, en hamaca y era paseado por la plaza antes de llevarlo a la iglesia para luego terminar en el cementerio. En este segundo momento, aparece un grupo de bailarines que introducen en el escenario una mesa con dos cuerpos, simbolizando el desprendimiento del espíritu. Los músicos y cantantes se unen en semi círculo en una sola danza. Hay batir de palmas, los murmullos en voz baja dan la sensación de lejanía y hay gritos que reafirman el deseo de la existencia.

Y el tercer momento: El paño de la memoria?

—Es todo lo que ocurre en esas 9 noches de velorio, es la bajada del altar y los juegos de velorios. Este primer momento que antecede a la muerte, lo hemos escenificado en el misterio del rezo final. El escenario queda a oscuras y una luz resplandece en el centro de esa oscuridad, indicando que el muerto se va tranquilo y que su final no es sino un paso trascendental a otra vida. En la obra es un momento alto y significativo, que reafirmamos con el Juego de velorios. Allí aparecen 9 bailarines. 5 de ellos son del grupo de Edwin Valdés, del Grupo Batata.



Bailarín de ancestros

Con esta obra que forjó de manera colectiva en la Corporación Cultural Atabaques, Wilfran Barrios ganó una Beca de Creación del Ministerio de Cultura en 2011.

A las 7 de esta noche en el Teatro Adolfo Mejía se cumplirá el estreno. La entrada es libre.



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