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Cien años sin Rafael Pombo, más de un siglo con su obra

La letra de Pombo no puede describirse sin diminutivos: era pequeñísima, apretadísima, difícil de leer casi siempre. Y en esa letra cursiva escribió todo lo que escribió.
Porque si bien en la memoria colectiva cada vez que se nombra a Pombo aparece el “Rin rin renacuajo salió esta mañana muy tieso y muy majo”, fue un escritor pródigo: poesía, teatro, ensayo, fábula, cuento. También fue traductor, gestor cultural, diplomático, periodista y hasta crítico de arte.
“Rafael Pombo es uno de los escritores más completos que produjo Colombia en el siglo XIX. Con excepción de la novela, género que nunca le sedujo, la obra del bogotano incluye en su extraordinaria variedad los principales géneros literarios”, escribió Héctor H. Orjuela en su libro La obra poética de Rafael Pombo, en 1975.
Como prosista es muy poco conocido y con ella, su obra se dimensiona. Pese a que, expresan los críticos, entre ellos Orjuela, era bueno, pero no tan brillante como lo fue como poeta. Sin embargo, sin lugar a dudas, “un hombre intelectual muy completo y muy comprometido con todo lo que hacía. Era muy auténtico en mi concepto y defendía las cosas en las que creía”, dice Beatriz Helena Robledo, experta en Pombo.
El hombre y el poeta
Las traducciones fueron una actividad de su interés. Orjuela cuenta en su libro que solo tenía 12 años cuando hizo sus primeras traducciones.
Muchos lo han tildado de plagio, porque varias de sus fábulas son traducciones de versiones orales inglesas. “Es injusto decir que él plagio -explica Beatriz Helena-. Porque como traductor siempre le dio el crédito a la obra original cuando era de autor. Cuando era una versión que partía de la tradición oral, a eso nunca se le da crédito”.
Él era un traductor creativo y muchos de sus trabajos, añade ella, terminan siendo versiones. “Él ponía mucho de él, de su ingenio, de su musicalidad”.
Incluso la tradición oral es uno de los elementos que ha ayudado a que Pombo se quede en la memoria.
En vida publicó muy poco. Los que lo conocieron contaron en su época, y él mismo lo escribió en una carta: sus amigos le decían que publicara, pero no era de su interés, ni tenía tiempo. “Era un hombre que se comprometió -comenta la pombóloga- con la construcción de país”.
Por eso es que las fábulas son tan importantes. Y a pesar de que antes de su muerte se le coronó en Bogotá como poeta nacional, si no fuera por ellas, quizá ni siquiera se recordaría su nombre. Lo que pasa, y aunque se han hecho intentos y se están haciendo, incluso este año está dedicado a él, es que falta reconocerle su valor en la totalidad de su obra.
“Él casi no se vuelve a reeditar -comenta Beatriz Helena-. Entonces crecen generaciones y generaciones sin leerlo”.
Pombo quiso pintar. Era romántico. Sensible. Puntilloso. También quiso ser músico. Y para eso solo hay que leerlo: la música está en su poesía. En sus versos. En esa viejecita o en ese poema olvidado.
PROTAGONISTA ESE POMBO DE GAFAS PEQUEÑAS Y BARBA EN PUNTA Rafael Pombo Poeta
Era bogotano. Nació el 7 de noviembre de 1833 y desde muy pequeño mostró su interés por los estudios de humanidades. Sin embargo, muy probablemente por decisión familiar, ingresó al Colegio Militar.
Su padre era un ingeniero de profesión: Don Lino ya había señalado su poca simpatía con la poesía. Tanto que Pombo, en 1855, escribió (lo retoma Héctor H. Orjuela ): “Cuatro años perdí estudiando matemáticas”.
La vocación de Pombo se acentuó mientras crecía. Él era un hombre de las artes. Beatriz Helena Robledo se lo imagina así: “Era un hombre muy sensible. Muy angustiado en sus primeros años. Un romántico, aunque era católico y conservador. Me lo imagino con unos cambios de estado anímico fuertes.
Desde el punto de visto de lo cotidiano, un espíritu libre, culto”. Nunca se casó y sobre su vida amorosa hay diferentes versiones. Germán Espinosa escribió en el prólogo del libro Antología poética que “sea como fuere, hubo en Pombo una vena erótica inagotable”.
Y además, se interesó por el nivel cultural, político y académico de Colombia.

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