He vuelto a releer este bellísimo y extraordinario libro “Gabo periodista”, para llegar a la conclusión de que el genio de Macondo ya estaba en el espíritu del periodista.
Cuarenta y tres notas publicadas por Gabriel García Márquez en el diario El Universal, entre el 21 de mayo de 1948 y diciembre de 1949. Sus centenares de Jirafas publicas en El Heraldo, de Barranquilla, entre enero de 1950 a diciembre de 1952. Sus crónicas de El Espectador entre enero de 1954 a julio de 1955, sus catorce entregas del reportaje al náufrago Luis Alejandro Velasco que culminó en su clásico Relato de un Náufrago, que partió en dos la manera de narrar la realidad en Colombia, convirtieron a Gabo en uno de los mejores periodistas del mundo a sus 28 años.
Desde sus primeras columnas escritas a sus 21 años en El Universal se presagiaba ya el genio de Macondo. Cartagena y Barranquilla, fueron dos ciudades decisivas en su formación, no hay que seguir mirando esa experiencia como hitos aislados y por separado, ni intentar privilegiar con visión regionalista qué ambientes humanos y culturales fueron favorables a la creación del universo de Macondo. Gabo se nutrió de toda su experiencia caribe y universal y de las vivencias de Aracataca, Sincé, Sucre-Sucre, La Guajira y los cuatros años vividos en Zipaquirá.
La edición de lujo de Gabo periodista (2012), fue publicada por la Fundación Gabriel García Márquez para un Nuevo Periodismo Iberoamericano, que dirige Jaime Abello Banfi, con el auspicio de la Organización Ardila Lülle, y la cuidadosa edición del periodista Héctor Feliciano. Es de veras un tesoro editorial que recoge en sus 507 páginas una excelente selección de sus columnas, crónicas y reportajes, enriquecida con la visión de otros periodistas y escritores cercanos a García Márquez, como amigos, colegas y talleristas de su fundación periodística. Y una sorpresa adicional, una entrevista a Mercedes Barcha, la mítica y abnegada esposa del escritor, a quien le debemos su protección en los momentos más difíciles y productivos en la gestación de su obra inmortal: Cien años de soledad. No sabemos cómo se la ingenió Héctor Feliciano para que Mercedes pudiera concederle esta entrevista, la más completa que se conoce hasta ahora.
Uno de los artículos críticos del libro lo escribe el periodista mexicano Juan Villoro en su magistral “Cuando la madrugada era verdad”. Y se refiere de manera general y particular a la genialidad de aquella primera columna de El Universal en la que Gabo alude a la madrugada como las seis horas más raras del día. Pero ese es el preludio de quien se arriesga “a inventar el agua tibia”. Es decir, a encontrar lo inusual en lo común, “inventando asombros”.
Esos textos costeños, dice Villoro, son “el laboratorio de lo diario, la zona donde lo común se vuelve sorprendente”, pero además prefiguran atmósferas temáticas y delinean el alma de algunos de los personajes de sus cuentos y sus novelas. Villoro se deleita escogiendo la columna “No era una vaca cualquiera”, publicada en El Heraldo, en 1951. Una pieza formidable de imaginación desmesurada en donde la vaca que paraliza el tráfico en un martes paraliza a la vez la realidad hasta que la policía se lleva la vaca a la cárcel. Disparate hermoso de la realidad y la ficción.
Es increíble como los amigos de Gabo escogen según sus preferencias al Gabo de toda su rica y compleja trayectoria periodística. El reportero maestro que nos contó la tragedia de la catástrofe de Antioquia en agosto de 1954. El cronista viajero que cubre las negociaciones en Ginebra entre los Cuatro Grandes en Roma, Europa Oriental y Londres en 1955; el cronista en Venezuela y Cuba entre 1958 y 1961; el periodista y escritor en México entre 1961 a 1967, el periodista militante de la revista Alternativa entre 1974 a 1980; el columnista del mundo en El Espectador entre 1980 a 1984. El periodista de Noticias de un secuestro, y el autor de sus primeros treinta años de memorias en Vivir para contarla. Y el pedagogo a su manera y el impulsador de nuevos cronistas en el mundo a través de su fundación periodística.
La vida intensa, el amor y la soledad pero también el desatino y la muerte están presentes en esta obra periodística de Gabo, que junto a su obra literaria fue merecedora del Premio Nobel en 1982.
Él parece realmente un predestinado de nuestra historia para contar las hazañas y las tragedias de la nación. Desde la Masacre de las Bananeras (1928), la muerte de su abuelo el Coronel Nicolás Márquez Mejía (1937), la Muerte de Jorge Eliécer Gaitán (1948), el asesinato de su amigo Cayetano Gentile (1951), la caída del dictador Pérez Jiménez en Caracas en 1957, ser testigo del fusilamiento de Sosa Blanco, uno de los funcionarios de Batista en La Habana, y haber conversado largamente con Hugo Chávez para escribir ese retrato visionario que es El enigma de los dos Chávez. Entre tantas maravillas., pero también para entregarnos hechos gloriosos: "Cien años de soledad" (1967), el Premio Nobel de Literatura (1982), la aparición de sus memorias (2006), la celebración de sus 80 años (2007).
Jaime Abello privilegia la vocación poco valorada del educador en Gabo y su legado en la fundación en cuatro principios iluminadores: La narración periodística, la ética periodística y sostenibilidad en los medios, la investigación y opinión, y la innovación en medios digitales.
Jamás olvidaré el brillo de sus ojos-dice Abello- cuando me dijo con una sonrisa de complicidad: “Y pensar que todo esto estaba en nuestra imaginación”.
Escriben y seleccionan
En este libro Gabo periodista, se destacan los comentarios de Héctor Abad Faciolince, María Teresa Ronderos, Juan Villoro, José Salgar, Jon Lee Anderson, Teodoro Petkoff, Sergio Ramírez, Enrique Santos Calderón, María Jimena Duzán, Alex Grijelmo, Martín Caparrós, Antonio Muñoz Molina, Juan Cruz, Jean-Francois Fogel, Joaquín Estefanía, María Elvira Samper, Alma Guillermoprieto.

