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Jaime Díaz Quintero: En el teatro de la vida

No podía ser mejor el sitio para hablar con Jaime Díaz Quintero que la Escuela de Bellas Artes.

Allí, en medio de disímiles sonidos de trompetas, de malabares de los estudiantes de artes escénicas, de un joven con nariz de payaso y hasta con los sonidos estridentes de los estudiantes de las Escuelas Profesionales Salesianas, vecina de esa institución, lo encontramos dictando un seminario. Después nos enteraríamos del nombre: Seminario de Arte Caribe, área de teatro.

“El artista que no sabe historia del arte es un tinterillo del arte. (...) Las musas, como dicen los hermanos Grimm, no visitan al perezoso. Los que no somos genio tenemos que trabajar”, se le escuchó que le decía a una veintena de estudiantes que, atentos, seguían su charla, algunos sentados en el piso, y otros en sillas.

Las ocurrencias del maestro a veces generaban risas entre los estudiantes. Al poco rato tuvo que suspender un poco antes de la hora porque, según dijo, se estaba quedando sin voz por la algarabía que había en el ambiente a esa hora (10 de la mañana) en la Escuela de Bellas Artes. Hizo la aclaración, antes de terminar, que para la próxima clase había que buscar un salón distinto.

Jaime Díaz Quintero respira teatro. Es más, casi podría decirse que personas como él nacieron fue para el teatro. Por eso es comprensible  cuando dice que si bien estudió derecho en la Universidad de Cartagena, nunca ejerció su profesión. El teatro no lo dejó.

Su amor por este arte nació, dice, desde muy pequeño porque tuvo la fortuna de vivir en la calle del Curato, en San Diego, cerca del Teatro Heredia, en aquella gloriosa época en que ese escenario se llenaba con las mejores compañías de Colombia y Latinoamérica.

Además de eso, al lado de su casa vivía la actriz Yolanda Velázquez, quien, al verle sus inquietudes teatrales, le daba pases de cortesía. Además, cada vez que en el teatro se presentaban obras, el portero de este, Joselillo Garcerant, lo dejaba entrar a él y otros compañeros por la puerta por donde entraban los elementos de los escenarios y demás.

Así tuvo la oportunidad de conocer muchas compañías de zarzuelas y de teatro, como la Campitos, la más importante de Colombia. En todo esto era alcahuetado por su mamá, Olga Quintero de Díaz. Sin embargo, y pese al amor que sentía por ese arte, fue en el Liceo de Bolívar, donde terminó bachillerato, que le picó el gusanillo del teatro. En esa institución había un grupo muy bueno dirigido por Carlos Alíes. Todavía recuerda la obra “Con la espalda al sol”.

Egresado del Liceo en 1963, al año siguiente se presentó en la Universidad de Cartagena a estudiar derecho, motivado porque esa profesión tenía afinidad con algunas cosas que a él le gustaban, como la filosofía y la literatura.

Ya dentro del alma mater tuvo la fortuna que ese mismo año se reactivó el llamado Grupo de Teatro de la Universidad, bajo la dirección de Luis Enrique Pachón, pionero del teatro latinoamericano y la persona más culta que ha conocido en la vida, según dice.

La primera obra en la que participó fue “La ruleta rusa” de Régulo Ahumada, y en la que, inicialmente, le dieron el papel más chico. Sólo se limitaba a salir una sola vez y a decir un parlamento. La sorpresa, sin embargo, vendría después. El personaje principal se llamaba Proteno, el que le hizo agarrar más de una rabia al maestro Pachón porque los actores escogidos para protagonizarlo no se aprendían bien el parlamento. Él, en voz baja, se aprendió el parlamento y un día en que el maestro no sabía qué hacer con los otros actores, él le dijo que lo probara. Asombrado por su desempeño, éste le dio la oportunidad y lo hizo tan bien que se quedó con dicho papel. Hoy, de ese grupo, sólo él sigue en la actividad. 

Otro personaje que recuerda y del cual le aprendió mucho fue el maestro español Juan de Peñalver, el que llegó a esta ciudad invitado por Eduardo Lemaitre para trabajar en Bellas Artes.

Dice que entre los años 60 y 70 fue una época gloriosa para el teatro por el surgimiento de muchos grupos, como el del Salón de Extensión Cultural de Bolívar, que dirigía Judith Porto de González, cuyo grupo de planta era La Baranda; La Banca, que funcionaba en el Claustro de San Francisco: el Teca –Teatro Experimental- que dirigía Alberto Sierra y que funcionaba en los altos del almacén Mundo Infantil, en la calle del Porvenir con Coliseo.

Además, para esa época, el Teuc –Teatro Estudio de la Universidad de Cartagena- tomó vuelo, se profesionalizó y se constituyó en uno de los mejores grupos del país, lo que le valió, en 1971, para representar a Colombia en el Festival de Teatro de Manizales. Como director del Teuc estuvo de 1972 a 1984.

Recuerda que fue en 1971 cuando el Teatro Heredia cerró sus puertas y lo hizo con la obra del Teuc “Los Funerales de la Mamá Grande”. El lleno fue total. Precisa, además, que fue en la década del 90 cuando el teatro sufrió un bajón porque a partir de ese año tomó cuerpo el estudio académico del teatro, por lo que los actores empíricos se quedaron sin trabajo.

Con Jaime Díaz Quintero se podría hablar días enteros de teatro, actividad para la que siempre ha encontrado alcahuetas: primero fue su mamá y después su esposa, Vida Rocío Sabbagh de Díaz, quien no sólo lo ha apoyado sino que está pendiente de comprarles los abonos para las temporadas de teatro que se realizan en el país, como la de Bogotá.

Cuando se le pregunta si el teatro le ha dado para vivir dice con una amplia sonrisa: “Esa es una pregunta bien jodida. Uno del teatro no vive, esto se hace casi por amor al arte”. La única vez que dice que se ganó unos pesos fue cuando actuó en la serie “Revivamos nuestra historia”, de Eduardo Lemaitre, donde hizo varios papeles, entre ellos el secretario de Núñez. Pero eso no le impide decir que “es un hombre pletórico de felicidad”.

Es pensionado de la Universidad de Cartagena, donde fue catedrático en la facultad de derecho y como buen teatrero se declara un amante del vino. No hace nada por ocultar que le gusta la vida bohemia, que nunca ha hecho el intento de escribir en computador y mucho menos andar con celular. “Yo no domino esa vaina. Tampoco el computador. Ahora mismo ni a máquina escribo porque una vieja que tenía del siglo pasado se dañó. Ahora lo hago a mano, y sentado en el piso. Después mi hija Tania y una señora a la que le pago me ayudan a transcribir”, dice con suma tranquilidad. Hoy lo tiene loco su nieto Ernesto Carlos Botero Díaz, hijo de Tania, otra cómplice de sus andanzas. Sus otros hijos –Iván y Salim- aunque lo apoyan, lo hacen de más lejitos.

No duda en decir que mientras tenga vida seguirá hablando, haciendo y escribiendo teatro. De hecho para eso fue que nació. 

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Con la muerte de Jaime los

Con la muerte de Jaime los cartageneros hemos experiementado una pérdida importante. Ha fallecido un miembro de una excelente familia, un hombre de cultura, un intelectual; con la falta que nos hacen en este momento de barbarie.