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Lázaro Diz Rodríguez, 30 años dentro de un museo de arte

Un 15 de marzo de 1982 entró a trabajar Lázaro Diz Rodríguez, en el Museo de Arte Moderno de Cartagen. Recuerdos del más antiguo de los empleados de esta institución cultural de Cartagena.

Lázaro Diz Rodríguez no sabe en qué momento entró allí en la antigua bodega de sal de la colonia que se convirtió en un museo de arte, y de repente al preguntárselo me ha dicho sorprendido que un 15 de marzo de 1982 empezó a trabajar allí, luego de venir de su pueblo San Antero (Córdoba).

A lo largo de estos treinta años es algo más que un  guardián de puertas y ventanas, ha tenido el privilegio de conocer de cerca a esas criaturas nada normales e impredecibles que son los artistas de Colombia y del mundo y ha aprendido a lidiarlos como auxiliar de bodega y montaje de exposiciones. Por la puerta del museo ha visto entrar a artistas, escritores, reinas de belleza, presidentes.  Me dice que el más excéntrico de los artistas que han pasado por allí es Norman Mejía, un reconocido artista de barbas blancas que días después de la clausura de su exposición detuvo un camión en la puerta del museo y pegó un grito inesperado: ¡Entré por la puerta grande y salgo por la puerta pequeña! Todo al parecer porque consumió más de la cuenta de la neverita del hotel. La otra locura que me tocó presenciar fue cuando la galerista Elida Lara, emocionada en la inauguración, se sacó uno de sus senos y se lo enseñó al pintor Ángel Loochkartt, diciéndole: ¿Quieres? ¡Toma!

A mí me tocó estar cerca al Maestro Alejandro Obregón en el montaje de su exposición Desastre en la ciénaga: eran veinticinco cuadros medianos pintados con colores fuertes sobre triplex. El más grande era de un tamaño de 150x 150.  Obregón era una persona muy descomplicada, sencilla, siempre con una sonrisa en los labios. Me decía: Ey, muchacho, para lo que necesitaba. El curador era Eduardo Hernández. Nunca hubo ninguna dificultad con los Maestros Alejandro Obregón y Enrique Grau.

Cuando me desesperaba por la situación personal, yo siempre he ganado el mínimo, el Maestro Grau me decía: ¡Lázaro, no te desesperes, las cosas van a cambiar! He asistido en estos treinta años a la desaparición de personas muy inolvidables como Obregón y Grau. Un día llegó Darío Morales, lo recuerdo vestido de blanco, alto, con barbas, y con una mochila al hombro. Fue poco tiempo antes de morir. También se murió Darío Morales y junto a él, se fueron amigos cercanos al museo o miembros de la junta directiva: Héctor Díaz, Betsy Angel, Fulgencio Lequerica, el más reciente es Willy Caballero que no alcanzó a ver la exposición de su amiga Cecilia Delgado.

El museo tiene más de quinientas obras  de artistas de Colombia y del mundo. Cuando yo llegué aquí, las pareces lloraban sal todo el tiempo. A veces, cuando hay días puentes festivos en pleno invierno, encuentro gotas de sal en las paredes. Y sal que sale del piso. Fue en uno de esos inviernos cuando vi aparecer un cangrejo azul que se ha quedado a vivir debajo de unas de las columnas. Mi hija la bautizó Felicita. Muchas veces, en el silencio del museo yo la llamo y sale a flote a comer algo. Una sola vez cometió la imprudencia de salir de su escondite en una exposición. A veces se pierde y vuelve a aparecer.

Algo de esos pintores y artistas se le tiene que pegar a uno sin darse cuenta. Mi primo Miguel Ángel Rodríguez–que trabaja aquí, empezó a tallar troncos de árboles caídos, y se volvió sin proponérselo, un escultor.

Jamás pensé que aprendería a enmarcar obras de arte y a hacer bastidores. Muchos artistas me buscan para que yo les haga los bastidores. Y les enmarque una de sus obras. El artista Virgilio Trespalacios, antes de morir, me enseñó algunas técnicas para enmarcar acuarelas, pasteles, acrílicos y óleos. Jamás he tenido quejas con las directivas de este museo que es uno de los más antiguos de Cartagena y del Caribe colombiano. La única suspensión que tuve la recibí porque una vez se me presentó el fotógrafo Óscar Monsalve en una hora no laboral y pretendía que yo le abriera porque haría el registro de todo el museo para un libro. Le dije que yo estaba en el montaje de una exposición en ese momento, con un artista italiano Gabriel Ciampalini. El fotógrafo me increpó y me dijo: Mire, yo vengo de parte del Ministerio de Cultura. Ábrame la puerta del museo. Me negué y eso me costó una suspensión de tres días. Es lo único negativo que me ha pasado en estos treinta años.

No es fácil tener en bodega obras de arte realizadas en papel, cartón u otro material distinto al lienzo, especialmente porque el museo se quedó pequeño”.



Epílogo



Lázaro es uno de los tres empleados del Museo de Arte Moderno de Cartagena, junto a Miguel Ángel Rodríguez y Karen Barrios. Y es el más antiguo. Pero al mirar a Yolanda Pupo de Mogollón, la directora del museo, reconoce que ella ha sido una mujer valiente y admirable al asumir ad honorem, el peso de un museo sin el apoyo que se merece.

Lázaro vive en el barrio 9 de Abril de Cartagena. Es el padre de Lina María, Paola Margarita, Andrea Carolina, Cristina Isabel y Jesús David. Está casado con Norma Isabel Díaz Reyes, de Plato(Magdalena).

Dice que le encanta el arte abstracto. “Es probable que al salir de este museo sorprenda a la gente con algunas de mis pinturas. Uno no sabe. Hasta ahora no me he atrevido. Mi opinión con todo respeto, es que este museo que ha hecho historia en la cultura de Cartagena y Colombia, requiere del apoyo para que siga existiendo. Cada vez que me desespero escucho las palabras del Maestro Grau: ¡Lázaro, no te desesperes! Quisiera no desesperarme. Pero aquí hemos tenido presidentes de la república encabezando este museo. Al ex presidente César Gaviria sólo lo vi cuando se presentó el libro de la historia de este museo. Ojalá él conociera las necesidades de un patrimonio como este”.

Se ríe al recordar ahora a otro artista excéntrico al que lo dejaron prácticamente bajo su cuidado: Antonio Caro, quien vino a exponer su serie: “Cartagena: todo está Caro”.






















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