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Lo que nos deja Eligio García

La Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano exaltó la memoria del escritor Eligio García Márquez.

Los homenajes póstumos son muy tristes. En la tarde del lunes, seis voces evocaron al inolvidable Eligio García Márquez (1947-2001). Un gran periodista y escritor que creó su propio universo, independientemente y distante del de su hermano mayor Gabriel García Márquez.

Intervinieron sus dos hermanos: Ayda y Jaime García Márquez, el periodista Jon Lee Anderson, el escritor Roberto Burgos Cantor, la investigadora Margarita Sorock y Jaime Abello, Director General de la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI)

El nombre de Eligio García, quien a lo largo de sus 53 años de vida, trabajó con rigor y excelencia en las dos vertientes del periodismo y literatura, se perpetuará en el nombre de los talleres que impulsa la FNPI.

Así se reafirmó en el acto cumplido en la Casa de Bolívar. Honores póstumos en las bellas palabras de un amigo cercano como Roberto Burgos Cantor que tuvo a su cargo la edición final de la investigación “Tras las claves de Melquíades”, publicado en 2001 por Editorial Norma. Altos honores en las palabras del gran periodista Jon Lee Anderson (Yiyo se hubiera puesto colorado de pudor al escuchar lo que se creía y se sentía de él, y de la trascendencia de su obra, porque además de gran ser humano y gran escritor, era de una nobleza infinita y una humildad conmovedora). Con mucho humor su hermano Jaime decía que su hermano Yiyo era como un hijo suyo. Su hermano mayor le aventajaba en veinte años. El mismo Gabriel García Márquez, con un humor arrasador, le decía al mismo Yiyo delante de Gustavo García Márquez: “Mira Yiyo, si tú tuvieras la creatividad de Gustavo y tú Gustavo, tuvieras la disciplina de Yiyo, allí saldría un Nobel”.

Su padre Gabriel Eligio, también con mucho humor, decía que como Gabito emprendió vuelo desde temprano, él quería tener otro Gabito en casa y este fue Gabriel Eligio, Yiyo. Siempre confió en la grandeza literaria de su hijo menor. Hasta el extremo de hacer comparaciones que ya no vienen al caso y decir que era mejor que el mismo Gabo. Ese no es el asunto de discusión hoy, once años después de su muerte. Un escritor solo compite consigo mismo. Ese es el tamaño de su soledad. Allí está su obra periodística y literaria, inmensa, impecable, perdurable, bella. La influencia cultural de Yiyo en su infancia y primera juventud fue Sucre (Sucre) y Cartagena, que fue escenario de su novela “Para matar el tiempo” y sus cuentos de barriada,  de boxeadores, personajes populares, que aparecieron en la antología póstuma “Ocaso en el trópico” (2007), en la que aparece un cuento que figura en dos antologías del cuento colombiano: “El campeón de siempre”, que rescata la oralidad que marcó el estilo de otros escritores contemporáneos suyos como Roberto Burgos Cantor, Óscar Collazos y Umberto Valverde.

En la escritura e investigación de su ensayo Tras las claves de Melquíades (630 páginas), Yiyo hizo un acto supremo de honestidad para desembrujarse de su hermano y aceptar que de veras “Cien años de soledad”, fue uno de los libros que le cambió la vida a él como a miles de lectores en el mundo.

“Siempre quise hacer este trabajo porque al ser el hermano menor, y llamarme como se llama él, y dadas las repercusiones universales y personales de la fama de Cien años de soledad he dicho, en público y en privado, que este libro cambió mi vida. No mi personalidad, que por fortuna sigue intacta desde antes de leer Cien años de soledad. Pero ante un libro que le cambió la vida a tanta gente, en el mundo entero, en Latinoamérica, en Colombia, en mi casa, habría sido imposible, y poco sabio, luchar contra su efecto. Pensé que eso era así: que estaba determinado por el prestigio totalizante de Cien años de soledad. Pues fíjese que no. Lo sorprendente, lo que asombra es que uno tiene los destinos marcados desde siempre”, confiesa Yiyo en su libro.

“Yo partí de esa realidad ilusoria más real y poderosa que una catedral, y creo que logré lo que quería. La precisión objetiva del reportaje, y tocar la realidad más profunda de la obra de ficción”.

Roberto Burgos Cantor privilegia en Yiyo ese espíriu investigativo de quien va tras las claves de una obra prodigiosa. Si Cien años de soledad hubiera escrito por otro novelista distinto de García Márquez, “Eligio también se hubiera atrevido a salir en busca de sus claves”.

He vuelto a releer sus bellísimos cuentos, sus entrevistas y perfiles  “Así son” (Nueve escritores latinoamericanos), y su crónica “La tercera muerte de Santiago Nasar”, para reafirmar que Eligio García es un patrimonio ineludible de la buena narrativa colombiana.



 

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