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Mario Vargas Llosa: "Siempre he querido ser un gran escritor"

Llegué temprano con la ilusión de conversar con el escritor Mario Vargas Llosa en el hotel Santa Clara. Luego de dos entrevistas televisivas, el escritor estaba dispuesto a seguir conversando de manera individual con los periodistas.

No perdió el sentido del humor, y se mantuvo hasta el final, sonriente, radiante, cordial, firmando autógrafos. La conversación de aquella mañana es el testimonio prodigioso de uno de los más grandes narradores y ensayistas de América Latina y una de las conciencias lúcidas y controvertidas de la contemporaneidad.
Pensaba en las paradojas de la existencia humana y de aquel niño criado por sus abuelos, que supo a sus diez años que su padre existía y estableció con él una relación conflictiva, tensa y rebelde, contra toda los límites entre la autoridad y el autoritarismo, la misma relación que siguió teniendo cuando fue estudiante del Colegio Militar Leoncio Prado y más tarde en su vida de adulto ante la presencia de los dictadores militares en el continente.
Contó que su vida empezó a cambiar desde que a sus cinco años, su madre lo llevó a la escuela de Cochabamba, y aprendió a leer. Allí en los libros encontró “un mundo mundo más rico, más lleno de aventuras, más coherente y milagroso”. Un placer que lo llevó a destinos deslumbrantes en el espacio y el tiempo. Sin los libros y sin la ayuda de los grandes creadores como Flaubert, Faulkner, Joyce, “hubiera tenido una infancia mediocre, triste, limitada”. Reconoce que no se puede medir el influjo de la lectura en la vida de cada ser humano, “no podríamos medir el impacto de La comedia humana de Balzac en la sociedad francesa”, pero sin duda, la lectura ejerce un influjo en los lectores, contamina el cuerpo y el espíritu, permite una visión crítica, un mejor conocimiento de las relaciones humanas, del amor y del placer sexual. Cada buen escritor aporta al progreso y la civilización. Si hay gente apoyando a los caudillos es porque lee poco. Un buen lector es una persona difícil de manipular. Hoy América Latina es un continente con más lectores y escritores que en el pasado”.
Vargas Llosa ha sido a lo largo de su vida, un ser librepensador, que en algún momento creyó en el socialismo como proyecto político de redención social y se desencantó cuando vio limitadas las libertades individuales.
Le dije de entrada que no le haría preguntas de política porque ya había escuchado sus opiniones sobre la suerte del continente, y me interesaba escuchar sus opiniones sobre algunos aspectos de la creación de sus novelas. Pero él es enfático en precisar que no es un político pero siempre “opinaré de política hasta que muera”.
Acababa de confesar que veía “con más optimismo que pesimismo el destino de América Latina no sólo a nivel político y cultural, pero creo que entre los autoritarismos de izquierda y derecha, el camino que le queda al continente es la democracia”. El escritor exaltó la izquierda democrática de Uruguay y la calificó de “novedosa”.
Precisó que hay un auge inusitado de la cultura latinoamericana en el mundo, hay más autores circulando en el planeta y un movimiento de creación formidable, pero las condiciones de vida “aún siguen siendo del Tercer Mundo”.
Vargas Llosa que desde hace tres años escribe una novela que ha titulado “El sueño del celta”, subrayó algo que ha dicho de diversas maneras: uno tiene una sola vida y las ficciones nos permiten vivir a plenitud muchas vidas y de conjugar lo imposible a lo posible. La imaginación no sólo amplía, complementa y documenta a la realidad sino que también la corrige.
Escucharlo allí, muy cerca de la tumba de la abadesa en el antiguo convento de las Clarisas, me confirma el prodigio narrativo de Vargas Llosa y la certidumbre de que la imaginación fue siempre la visionaria y no la loca de la casa.
“La literatura latinoamericana contemporánea goza de buena salud. Han surgido nuevos escritores en todo el continente. En México, Brasil, lo que veo en Cartagena de Indias es una prueba de ese futuro”.
Me contó que de todos los personajes que ha trabajado en sus libros, hay uno que perfiló en uno de sus primeros cuentos y se le aparece como un fantasma, misteriosamente, como si reclamara un destino distinto al que concibió su creador. Cree que la novela histórica no sólo recrea episodios de la vida del continente, sino que desentraña vacíos y lunares de las vidas vividas y reconstruye el espíritu de una época. Para él sus novelas más complejas son “Conversación en la catedral”, “La guerra del fin del mundo”, “La fiesta del chivo”, que son una síntesis de largas y profundas investigaciones. Pero el novelista que apela a la historia se toma licencias imaginativas para descifrar las más absurdas y terribles realidades.

Alguna vez quiso escribir junto a García Márquez una novela sobre la guerra entre Colombia y Perú. “Ese es un proyecto que quedó allí y no volví a retomar”.
Para él no siempre las buenas novelas tienen afortunadas versiones cinematográficas, pero en el caso específico, se ha sorprendido por las versiones escénicas y cinematográficas de algunas de sus novelas como “Pantaleón y las visitadoras”.

Él dice que no ha perdido su fascinación por encontrar una palabra precisa, exacta, capaz de embrujar a él mismo y sostener con su ritmo un universo pleno de vitalidad.
Escribe en tinta negra la primera versión de su obra, luego la pasa al computador. La imprime en azul para la primera corrección, más tarde en rojo y finalmente, en verde, la versión definitiva. “Esos tres colores me traen suerte”, dice Vargas Llosa con la convicción de un hombre que ha librado una fecunda batalla con las palabras.
Lleva más de medio siglo escribiendo con la misma devoción diaria, porque lo que ha perseguido en su iluminada y encarnizada batalla “es ser un gran escritor”. Lo dice con una dignidad y una humildad, él que es uno de los grandes de este mundo.
Su único apetito es el poder de la imaginación. “No tengo apetitos políticos. La literatura interviene de muchas maneras en la realidad, pero esos efectos no pueden medirse. La novela “Los miserables”, de Víctor Hugo, por ejemplo, abrió los ojos a los franceses de aquella época para desnudar las injusticias y cuestionar el sistema penal. La literatura influye sobre los lectores, sobre las personas y la sociedad. Cuando uno escribe tiene la responsabilidad de que el lector no salga del hechizo y se mantenga en expectativa de lo que sucederá”.

Escritura

Uno aprende a escribir leyendo a los monstruos. Recuerdo cuando leí a William Faulkner en la universidad. Fue un estado de verdadero trance que me llevó a buscar papel y lápiz para descifrar estructuras, el manejo del tiempo, la técnica, la historia, sus atmósferas y sus ambigüedades, la manera como los narradores se pasaban la palabra. Aprendí a través de estas lecturas. La escritura es un aprendizaje de lecturas bien aprovechadas. Ese tipo de lecturas expresan profundamente tu vocación y el deseo de por qué quieres ser un creador. Y enseñan además lo que no debía hacerse para emularlos.

Memoria

La memoria es la fuente primaria y principal de la invención. En mi caso, lo que invento tiene siempre una semilla en imágenes de la memoria. A veces soy consciente que la fantasía utiliza ese embrión. La memoria es fundamental para escribir. Todas las ficciones que he escrito aluden un recuerdo, un hecho vivido, no es un solo fruto de la imaginación.

El más difícil

El libro que más trabajo me costó escribir fue la novela “Conversación en la catedral”, porque enfrentó más dificultades, fue escrito con más ambición, con más pasión.
Con estos encuentros literarios en español, se han roto las fronteras en el continente. Creo que el Hay Festival de Cartagena, como la Feria del Libro de Guadalajara y la Feria del Libro de Buenos Aires, avivan el cruce de fronteras entre latinoamericanos, hispanoamericanos y españoles, permite la circulación mayor de libros, es un progreso que nos enriquece a todos y abre nuevas perspectivas. En décadas de silencio, vivíamos incomunicados en América Latina, paradójicamente aislados en países con una historia y una lengua común. En Perú no sabíamos lo que hacían los chilenos y los colombianos. En materia literaria sabíamos más de Argentina y México, gracias a sus editoriales. Hoy un escritor de Medellín conoce lo que hace un escritor japonés.

París

A París le debo el saberme latinoamericano y el de reconocer y comprobar que la literatura es un trabajo. Un escritor no es alguien que se sienta a esperar que la caigan las musas. Nada de eso es posible si no hay disciplina.

Clásicos

Sugiere Vargas Llosa releer dos obras perfectas: “La comedia humana”, de Balzac y “Guerra y paz”, de Tolstoi.

Ficciones

Las ficciones lo deslumbran y le transforman su manera de ver y sentir la vida. No sólo ha tenido el placer de crear realidades paralelas como refugio a la realidad cotidiana, sino que ha disfrutado leyendo libros que lo han deslumbrado, descifrando tonos, ritmos, estructuras.
Me habla de la experiencia maravillosa de volver a leer el cuento “Un suceso en el puente del riachuelo del Búho”, de Ambrose Bierce. La soga del condenado empieza a ceder, se rompe, el hombre cae al río, huye, busca a su mujer. Cuando la abraza y sale a besarla, se cierra la soga.

Felicidad

Busco la felicidad y la plenitud que la ficción me entrega y la vida no puede darnos. Esa absoluta belleza y perfección sólo existe en la música, en la literatura, en las artes.

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