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Murió Jorge Semprún, memoria de un agitado siglo XX

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El escritor Jorge Semprún, fallecido en París donde escribió en francés casi toda su obra, fue un testigo privilegiado del siglo XX: exiliado del franquismo siendo niño, deportado a Buchenwald, resistente y “rojo español” que llegó a ministro de Cultura de su España natal. 

“Muy apaciblemente” y rodeado por sus familiares, Jorge Semprún falleció el martes en su casa de París a los 87 años, según su nieto Thomas Landman. Nació el 10 de diciembre de 1923 en Madrid, en una familia burguesa profundamente republicana cuyos valores lo marcarían para siempre. 

Hijo de un abogado y embajador de la República española, Jorge Semprún, marcharía al exilio apenas empezada la Guerra Civil española (1936-39). 

Tras unos años en Holanda, se instaló con sus hermanos y su padre en París, donde el francés se convertiría en su impecable lengua adoptiva y base de su obra literaria que arrancó en 1963 con “El largo viaje”, aunque tuvo que esperar hasta 1968 para recibir el reconocimiento en Francia con el premio Femina por “La segunda muerte de Ramón Mercader”. 

La trágica caída de Madrid en manos del franquismo en 1939 y el inicio de una dictadura que duraría 40 años imprimieron en Semprún la convicción de ser un “rojo español” que no dudaría en involucrarse en otras luchas mientras estudiaba filosofía en la Sorbona. 

Militante comunista, Semprún ingresó en la resistencia francesa durante la Segunda Guerra Mundial, decisión que marcó su destino: en septiembre de 1943, a los 19 años, era detenido por la Gestapo y deportado al campo de concentración nazi de Buchenwald donde tuvo el número 44.904. 

Liberado el 26 de abril de 1945 por las tropas estadounidenses, Semprún necesitó casi 20 años de “amnesia deliberada” para sobrevivir, mientras trabajaba como traductor en la UNESCO. 

En su prolífica obra literaria, y también como guionista llevado al cine, entre otros por su amigo el cineasta franco-griego Costa Gavras (“Z” y “La confesión”), Semprún plasmó sus experiencias de vida y militancia. 

“Adiós, luz de veranos”, “Viviré con su nombre, morirá con el mío”, “Aquel domingo”, “La escritura o la vida”, pero también uno de sus libros en castellano, “Autobiografía de Federico Sánchez” (su nombre de guerra en los 60 cuando era agente clandestino del Partido Comunista Español (PCE) del que sería expulsado en 1964 por no estar de acuerdo con la línea que defendían Santiago Carrillo y Dolores Ibárruri) son algunos ejemplos. 

Entrados los 90 y tras su experiencia como ministro de Cultura (1988-1991) en el gobierno del socialista Felipe González, Semprún publicaría “Federico Sánchez se despide de ustedes” que le valió el premio Planeta. 

Su muerte provocó una fuerte emoción en España, donde el presidente del gobierno español, el socialista José Luis Rodríguez Zapatero, lo recordó este miércoles como “un militante de las libertades, un militante de la cultura, del pensamiento” que quedará en “la historia de los mejores demócratas de Europa y de España”. 

Y sobre todo en Francia, donde pasó casi toda su vida. 

El presidente francés Nicolas Sarkozy le rindió homenaje como una “figura tutelar entre los escritores comprometidos del siglo XX” al que comparó con el húngaro Arthur Koestler y el ucraniano Boris Souvarin por sus aportes “en la comprensión de los totalitarismos”. 

La ministra española de Cultura, Angeles González Sinde, lo recordó como “un referente (...) de la memoria histórica” y su homólogo francés, Frederic Mitterrand, como un “pensador al servicio del ideal europeo”. 

La dirigente socialista francesa Martine Auybry lo definió como un “combatiente infatigable de la libertad”. 

Amante de las corridas de toros, Jorge Semprún, europeo visceral que la primera vez que leyó “Don Quijote de la Mancha” fue en alemán, reconocía hace unos meses a una radio francesa que no sabía qué responder si le preguntaban si se sentía más español o francés, y que dependía de las circunstancias. 

“Me siento más que nada español en París y francés en Madrid”, contestaba Semprún, que probablemente será enterrado en su país de adopción.

 

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