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Saga de mineros chilenos destacada en libros

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La saga de los 33 chilenos que permanecieron 69 días enterrados en una mina es una historia universal de supervivencia capaz de unir a todo el mundo, según el escritor Jonathan Franklin. 

Franklin hace esa evaluación en “33 Hombres” (33 Men), que ahora está por salir en español en Chile. Es el más publicado de una media docena de libros sobre el extraordinario rescate de los mineros, un espectáculo que atrajo una enorme cantidad de periodistas a la cima de una colina árida en el remoto desierto de Atacama, y que demostró que el mundo tiene mucho que aprender de los chilenos. 

“33 Hombres”, de la editorial G.P. Putnam's Sons, salió a la venta en ingles casi simultáneamente con “Vivos bajo tierra” (Buried Alive), del escritor chileno Manuel Pino Toro, publicado por Palgrave Macmillan. 

Más de mil millones de telespectadores siguieron la cobertura noticiosa del drama, el cual ofreció elementos cautivantes para todos los gustos, desde el aprovechamiento de una ingeniería que rivaliza con el rescate del Apolo 13 a las emociones crudas de la reality TV. 

Y, no obstante, resultó claro para aquellos que cubrimos la historia que se requerirían libros bien escritos basados en las remembranzas de los mineros para proporcionar detalles sobre cómo sobrevivieron; particularmente durante los primeros 17 días, cuando pocos creían que podrían ser encontrados a tiempo. 

“¨Cómo es que un grupo de mineros desesperados y sus familias se convirtieron en un escaparate de ternura e inteligencia emocional?”, pregunta Franklin. “Eran hombres curtidos, sobrevivientes que trabajaban en rincones anónimos de una caverna oscura donde pocos humanos podrían durar un simple turno. ... Sin embargo, se convirtieron en ejemplo para el mundo, un símbolo de supervivencia. Un breve recordatorio de que al igual que la maldad, existen cosas buenas. Y un recordatorio de que en un mundo cada vez más conectado, un solo acontecimiento tiene el poder de unirnos”, agregó. 

Su libro recrea escenas ocultas de esos primeros días, incluidas las conversaciones privadas y los pensamientos de los mineros. 

“Es aterrador, como si las rocas estuvieran gritando de dolor”, cita al minero José Ojeda, en un pasaje que describe cómo batallaron entre polvo y oscuridad en un intento frustrado por escapar. “Intentamos avanzar, pero no pudimos; un muro de roca nos bloqueó”. 

Franklin dice que siempre basó las conversaciones citadas en la remembranza de al menos uno de los participantes. Algunos podrían estar reñidos con esta técnica, pero proporciona una lectura absorbente. Y ofrece muchos detalles que sirven para justificar su credibilidad. 

Algunas de sus aseveraciones han sido negadas por mineros y funcionarios chilenos, como referencias a familiares que habrían enviado de manera oculta marihuana y otro tipo de contrabando. También se explaya innecesariamente en preguntas sensacionalistas sobre los impulsos sexuales de los mineros, y algunos lectores chilenos podrían sentirse ofendidos por su afirmación de que muchos de los hombres que emergieron como héroes habían sufrido de alcoholismo y consumo de droga, y venían de familias deshechas. 

El libro también incluye algunas sorpresas agradables, como la manera en que algunos mineros bajaron hasta el fondo de la mina, donde se había acumulado el agua utilizada en la perforación, y gozaron de lo que se había convertido en una piscina bajo tierra. 

Franklin escribe que el gobierno del presidente Sebastián Piñera realizó un asombroso trabajo para mantener a los hombres a salvo, llevando a los mejores expertos del mundo y la mejor tecnología a una operación de rescate que costó aproximadamente 600.000 dólares por hombre. 

Un capítulo crucial describe cómo Pedro Gallo, un especialista local en dispositivos electrónicos que se integró poco a poco a la operación de rescate después de diseñar un teléfono pequeño que proporcionó el primer vínculo de audio con los hombres atrapados, evitó que el mundo se enterara sobre un desplazamiento de roca potencialmente devastador que cortó la transmisión de televisión en vivo desde el fondo de la columna de escape a la mitad del rescate. 

La descripción de Franklin sobre cómo Gallo hizo el cambio a una imagen grabada previamente mientras el minero Pedro Cortés reemplazaba un cable fue negada por Reinaldo Sepúlveda, quien manejó la transmisión en vivo. 

Con otros siete ángulos de cámara para escoger, dijo a la AP que no había necesidad de mostrar una imagen grabada mientras Gallo arreglaba su conexión. Pero reporteros que miraban el desarrollo del drama recuerdan un período en que el espacio donde habían estado esperando los mineros para subir a la cápsula que los sacaría pareció estar vacío de manera inexplicable. 

Cuando las perforadoras finalmente abrieron la columna de escape, escribió Franklin, el aire frío ocasionó que se contrajeran las paredes de roca, desestabilizando toda la mina.

“Pensé que estábamos condenados”, dijo Samuel Avalos. “Toda la montaña estaba muy inestable. Podía suceder cualquier cosa. No paró. -Pum! -Pum! -Pum! Seguía sonando”, señaló. 

Franklin dice que el equipo de Piñera trató de censurar las noticias del colapso de la mina “mientras se afanaba por acelerar un plan de rescate diseñado con la precisión de una operación al corazón y las incógnitas derivadas del hecho de que nunca antes se había realizado una tarea de este tipo. Los mineros estaban a punto de recuperar la libertad, pero los constantes crujidos en la mina eran un recordatorio aterrador de que se acababa el tiempo”. 

Piñera personalmente descartó los planes de impedir que se filmase lo que sucedía en tierra y sus asistentes negaron haber querido aplicar censura. El mandatario, no obstante, declaró a la AP en marzo que, por toda la planificación que hubiese, al final los ingenieros tuvieron que adaptarse a la naturaleza. 

“No hubo ninguna improvisación. Hubo elementos que no controlábamos, por supuesto que sí, pero ninguna improvisación” declaró Piñera. “Como los mineros decían, 'la mina estaba viva', es decir, no estaba estable, estaba con permanentes movimientos. Hubo derrumbes posteriores al derrumbe inicial”. 

“Vivos bajo tierra” no logra proporcionar su prometida perspectiva dramática chilena. Pino Toro, su autor, entrevistó a dos de los mineros, pero añade comentarios reveladores como un apéndice de lo que se lee como una compilación de cobertura de prensa ligeramente editada. 

Incluye algunos detalles no conocidos por ejemplo sobre cómo Piñera atoró la puerta de la cabina de rescate justo antes de que iniciara éste y para la gente que no siguió cada momento, proporciona un útil registro histórico sobre lo que dijo la gente en el exterior durante el largo rescate. 

El libro de Franklin es mejor, pero muchos lectores querrán saber más. Toda la historia, la cual sólo puede ser compartida en narración en primera persona por parte de los mineros mismos, aún está por contarse.

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