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Un encuentro con Larry Harlow, El Judío Maravilloso

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Larry Harlow, de 73 años, legendario pianista de la Fania Alls-Star, vino invitado al Cartagena de Indias Jazz Fest 2012. Larry Harlow escribe sus memorias Abran paso, en la que contará secretos luminosos y amargos de la Fania.

Es de veras un judío maravilloso. El pianista Larry Harlow,  nacido en Brooklyn hace 73 años, me dice que lo espere quince minutos mientras baja de su habitación en una casa boutique de la Calle Tripita y Media, del barrio Getsemaní, en Cartagena. Es curioso pero él no espera a nadie a esta hora y mucho menos a un periodista dispuesto a escudriñarle su deslumbrante trayectoria musical.  Espera en este atardecer a  dos jóvenes músicos cartageneros, luego del concierto de la noche del domingo, como invitado del Cartagena de Indias Jazz Fest 2012. Le digo que hace muchos años lo vi tocar en el III Festival de Música del Caribe en Cartagena, en marzo de 1984. De eso queda una foto  espléndida captada desde los reflejos de los metales y la sombra del teclado.

Larry Harlow (Su verdadero nombre es Lawrence Ira Kahn), es una leyenda viviente de la música. Su piano ha acompañado a varias generaciones de músicos en el mundo, junto a otros grandes como Richie Ray, Eddie Palmieri y Papo Lucca.

Larry produjo 260 álbumes para la Fania All-Stars, más de un centenar de álbumes para distintos artistas y medio centenar en solitario. Dos de sus álbumes memorables son: Abran Paso y Tributo a Arsenio Rodríguez.

Larry luce fresco en este atardecer de Cartagena de Indias, y su aura es la de un hombre vital, intenso, memorioso, apasionado y sobre todo, feliz.

El 20 de marzo cumplirá 73 años. Pero él se burla del paso del tiempo y cuenta con picardía que se ha casado siete veces, escribe sus memorias y no para de viajar por el mundo dando conciertos.

Su vida es novelesca y cinematográfica: Rosa, su madre, era una cantante de ópera en Nueva York. Kahn Buddy, su padre,  bajista profesional, era el director de orquesta en el Barrio Latino. El piano es para Larry como su segunda alma, lo ha acompañado desde sus cinco años. Desde temprano fue fascinado por la música cubana que escuchó en los barrios latinos de Nueva York.





¿Quién lo bautizó El Judío Maravilloso?

—La historia es sencilla. Todo empezó cuando yo me aficioné y apasioné por la música de Arsenio Rodríguez (1911-1970), “El ciego maravilloso”, que para mí es una especie de Duke Ellington, pero nacido en Cuba. Cuando lo escuché por primera vez me volví fanático de él. Yo grabé de Arsenio, una canción que se volvió famosa: La cartera.

Un día íbamos a ensayar esa canción ante el maestro Arsenio Rodríguez, cuando de pronto llegué y escuché el grito de Ismael Miranda: ¡Llegó el maravilloso! Arsenio Rodríguez preguntó: ¿Quién? Y ¡Ahora viene el maravilloso! ¡Larry Harlow, el Judío Maravilloso! Y desde ese momento me siguieron llamando así. Es un honor para mí, llevar ese nombre que me recuerda  a mi maestro Arsenio Rodríguez, El Ciego maravilloso.





¿Qué le impactó de Arsenio Rodríguez?

—Arsenio renovó  los formatos de los sextetos cubanos al introducir dos y tres trompetas. Tocaba el tres, el bajo, las congas, cantaba, arreglaba y componía. Hizo más de doscientas canciones: Bruca Maniguá,  Yo no engaño a las nenas,  Lo dicen todos: La vida es un sueño, son algunas de ellas. Todas sus canciones tienen un sutil y contagioso doble sentido. Cuando habla de que viene el tiburón es que se acerca la esposa: ¡Cuidado que viene el tiburón! Y cuando habla de telaraña se refiere, tú sabes, a la crica, a  la vagina. Era un genio. Sus sones montunos sembraron las bases de lo que más tarde se llamaría Salsa.

¿Qué fue lo mejor de la edad de oro que usted vivió cuando estaba en la Fania?

—La gran diferencia de esa edad de oro es que en el solo Nueva York de  aquellos años habían doscientos clubes nocturnos, en el que podían tocar cien orquestas pequeñas, medianas y grandes, y donde podía hacer tres conciertos de la noche a la madrugada. Piense usted que ahora hay dos clubes nocturnos y la posibilidad de hacer un solo concierto. Tocábamos a las nueve hasta las once de la noche y de  doce de la noche a dos de la mañana.  Y después de dos de la madrugada. Yo me ganaba en una sola noche 150 dólares en aquellos años setenta. No era rico pero vivía contento. Hoy las cosas han cambiado y la economía también. Y yo que voy a cumplir 73 años sigo tocando sin parar, como si el tiempo no hubiera pasado.

Enloquecieron ustedes  a toda una generación con la Fania, fueron una revolución musical, eran virtuosos y parecían felices de estar juntos...

—Fue una época inolvidable y todo lo bueno que se creó allí fue gracias a que nadie al principio tenía envidia ni egoísmos. Donde íbamos la gente se enloquecía con nosotros y las mujeres hacían fila para tocarnos como si fuéramos dioses. Era como si  hubieran llegado los Rolling Stone.  Fueron años locos, de sexo, droga y desmesura. Pero gradualmente, aquella grandeza empezó a resquebrajarse con la batalla de los egos de las estrellas. Y cuando se impuso la vanidad de la estrella que querían movilizarse en limosina y en avión de primera clase, y querían llevar a sus mujeres, y se discutía quién era el más popular.  Y sobre todo, querían más dinero.

¿Cómo fue la relación con Johnny Pacheco y Masucci?

—Bueno, en música todo fue muy bien, pero en 35 años de estar juntos, nunca Pacheco ni Masucci me invitaron a su casa a tomarme un café con ellos.



(El gesto de Larry se amarga cuando le pregunto por este par de personajes míticos de la salsa, y me cuenta que también el conflicto del manejo del dinero en La Fania condujo al final de la célebre orquesta. De todos aquellos amigos de aquella época quedan pocos, entre ellos, Ismael Miranda).



¿Qué recuerda de Héctor Lavoe?

—Era un gran cantante, pero muy contradictorio y difícil, muy querido por la gente, pero complicado. No todo lo bueno le gusta a la gente. También lo malo fascina.



¿Qué anécdotas tiene con Tito Puente?

—Era un tremendo percusionista, tremendo compositor. Un día lanzó sus timbales al cielo y uno de ellos se le reventó al caer tropezándome de paso. Tito me  puso la mano en la cabeza y me dijo: ¡Tú estás bien, tú estás bien! ¡Qué cabrón de músico! Se burlaba de la palabra Salsa y cuando le  preguntaban por ella decía: Sí, la que le echo a mis espaguettis.

¿Qué piensa del jazz y de las fusiones que se hace con la música latina?

—El jazz es música para la cabeza, es un sonido muy exigente e intelectual. A mí siempre me impresionó el jazz desde que estaba en el colegio. Mi vida cambió cuando asistí a una escuela de música  en Harlem, y escuché el mambo de Tito Puente, el piano de Noro Morales y Pérez Prado. Cuando yo estaba joven había dos formatos musicales identificables: la charanga que es una evocación de las cortes españolas y la música afrocubana que hacía Arsenio Rodríguez.  Usted me habla ahora de Chano Pozo, fíjese que era un genial músico natural que llegó a dictarle una obra musical extraordinaria a Dizzi Gillespie, como Manteca, un clásico.



¿Qué espera contar en sus memorias?

—Mi libro de memorias se llamará Abran paso, y espero publicarlas en diciembre de 2013. Con la escritora Aurora Flórez estamos haciendo ese libro de 400 páginas, en donde contaré algunos secretos de mi vida musical, los años de la Fania, y algo más.







(No deja de reírse de sí mismo cuando dice: “Tengo 200 placas y condecoraciones metidas en el closet”).





Señales del pianista



Larry Harlow se fue muy joven a estudiar la música afrocubana en Universidad de La Habana, pero  tuvo que abandonar la isla antes de la Revolución Cubana. Innovó y fusionó estilos afro-cubanos y el jazz de piano.

A él le debemos la iniciativa de crear el premio Grammy Latino. En 1977 hizo el disco La Raza Latina, sobre la historia de la música latina creado con  Rubén Blades, y fue nominado para un premio Grammy.

En 2008, Larry Harlow se presentó con un premio Grammy Latino a la Trayectoria.








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