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Un novelista que venció a la historia

Un hombre capaz de inventar la historia de su país, que a su vez, era su historia personal que jamás será desmentida.

Así lo definió el escritor Sergio Ramírez al evocarlo en una semblanza íntima, exquisita y profunda del narrador de ficción y del periodista que desafió los límites entre los géneros e hizo del arte de narrar la mejor manera de conocer la historia de América Latina.
Ramírez explicó la maravillosa paradoja de un periodista como Tomás Eloy Martínez que perseguía con rigor la verdad de manera implacable en sus crónicas y negaba la verdad a la hora de escribir como novelista. Pero Ramírez aclaró: al negarla afirmaba y encontraba una verdad aún más riesgosa, profunda, deslumbrante. Probaba con su arte narrativo que no hay una sola verdad para los hechos. Doblemente implacable con el esplendor de la ficción convertida en verdad narrativa.
“Como novelista desafió la historia y la venció”, reafirmó Ramírez, quien insistió que las ficciones de “Santa Evita” y “La novela de Perón”, perviven como verdades de la historia y son más creíbles que la realidad misma. Esas novelas sobrevivirán porque a “Tomás jamás la historia lo dejó en paz”. Precisó que sus obras no pueden considerarse novelas históricas “porque no están en el molde rígido de la historia, por el contrario, lo primero que hizo fue dinamitar la historia, tal como lo hizo con Santa Evita: su cadáver repetido como una galería de espejos”, construye con la estructura de su entramado narrativo una verdad histórica aún más clara y verdadera. Ramírez dijo además que su amigo, “un clásico de nuestras letras”, fue fiel hasta el final “a su deber de caballero antiguo: contestaba los mensajes, y mantenía su alto sentido del humor y del entusiasmo vital”.
Cercado por la enfermedad, no perdió hasta poco antes de morir, su necesidad de comunicarse con sus amigos, de saber la suerte ajena y de celebrar la energía y la constancia con que Carlos Fuentes se desplazaba de un país a otro sin que le pesaran los años. “Pronto lo veremos caminando sobre las aguas”, anotaba Tomás Eloy en mensaje ocurrente. El escritor le dijo a los médicos que lo único que le interesaba era la calidad y no la cantidad de vida.
Sergio Dahbar, por su parte, dijo que “Tomás Eloy Martínez nos enseñó el periodismo como un acto de redención”. Además de la estructura narrativa de sus textos periodísticos, enseñaba también la economía literaria en el periodismo, el saber titular utilizando verbos, el sentido crítico, en suma, una elegancia y una subjetividad, una nueva ética y una estética, para asumir el reto de contar la realidad. Dahbar dijo que “Lugar común la muerte”, es un libro que dejó una huella ineludible en los periodistas y escritores de América Latina.
El novelista y cronista Martín Caparrós evocó a Tomás Eloy como “el inventor de historias verdaderas” y definió la conjunción del periodista con el novelista como el feliz encuentro entre “Borges y García Márquez”, logró al romper estos límites entre la ficción y la realidad convertir al lector en un cómplice activo. Lo evocó como un raro y exquisito conversador, de sonrisa pícara, atento, culto, querible”.
Gonzalo Martínez, uno de sus hijos, dijo extrañar los momentos plenos de cada domingo viendo juntos películas en blanco y negro. A pesar de todo lo terrible que entraña lo inexorable de la muerte, el escritor tuvo la oportunidad de estar junto a sus siete hijos antes de morir.
Confesó en una carta que “he podido esperar la muerte con los ojos abiertos”, mientras la escritura había sido a lo largo de toda su vida “mi salvación”.
“Extrañamos sus besos y abrazos. Era un defensor de utopías. Un gran padre”.
Ezequiel Martínez, hijo del escritor y albacea de la Fundación Tomás Eloy Martínez, lloró al recordarlo y leer una dedicatoria de 1985 en la que le decía que era su compinche. “Es el escritor y periodista a quien extraño”, dijo Ezequiel, en este cálido y afectuoso homenaje de amigos promovido por la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano y el apoyo del Centro de Formación de la Cooperación Española.

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