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Confesión de McGwire pone a Sosa contra la pared

Como si fuese un reflejo, unas de las primeras reacciones tras conocerse la confesión de Mark McGwire de que usó esteroides durante una década fue acordarse de Sammy Sosa.

Después de todo, el dominicano fue quien en la campaña de 1998 protagonizó la electrizante batalla de jonrones que cautivó a las Grandes Ligas y sirvió para revitalizar el béisbol tras la huelga de jugadores que cuatro años antes dio al traste con una Serie Mundial.
Pero Sosa no ha dicho ni siquiera si esta boca es mía luego que McGwire salió a decir el lunes que “me llegó la hora de hablar sobre el pasado y confirmar lo que la gente sospechaba”.
Sosa dirá que no tiene vela en ese entierro, que no hay pruebas en su contra y que sus extraordinarios logros en las mayores _apenas uno de los seis peloteros en la historia con por lo menos 600 jonrones, y el único con tres campañas de al menos 60_ son pulcros.
CALLAR NO ES RECOMENDABLE
La cosa no es tan sencilla: quedarse callado no es lo más recomendable para el dominicano, si es que aún guarda ilusiones de ingresar al Salón de la Fama.
Quiéralo o no, Sosa está cubierto bajo el mismo manto de sospechas que hizo trizas la reputación de McGwire, quien lleva tres años sucesivos sin alzar vuelo en la votación para el templo de Cooperstown, con un porcentaje que oscila en un ínfimo 25%.
Dentro de muy poco llegará el turno de Sosa para afrontar el juicio de los votantes de la Asociación de Cronistas de Béisbol.
Será en diciembre de 2012 cuando se reparta la papeleta con los candidatos para 2013 y en la misma aparecerán los nombres de Barry Bonds, Roger Clemens y Sosa.
No es la mejor compañía para Sosa al tratarse ni más ni menos que los villanos de la película de los esteroides.
Su experiencia ante la luz pública sobre el tema fue desastrosa en cuanto a imagen, ya que lució como un personaje acorralado y abrumado por las circunstancias al verse obligado a comparecer en una audiencia ante el Congreso el 17 de marzo de 2005.

INOCENCIA
Sosa siempre ha proclamado su inocencia, negando haber consumido sustancias para mejorar el rendimiento frente a los cuestionamientos sobre la impresionante evolución de su físico en la década de los 90, del delgado jugador que debutó con Texas en 1989 al fornido toletero que hizo vibrar a todos con su peculiar brinco al pegar un jonrón con los Cachorros de Chicago.
Si la cuestión pasara por sus números, sin factores ajenos al béisbol, Sosa no tendría ningún problema para entrar el Salón de la Fama. Sólo ocho veces alguien ha conectado 60 jonrones en una campaña y Sosa lo hizo tres veces, además de ostentar el récord de la Liga Nacional con seis temporadas seguidas con por lo menos 40 cuadrangulaes.
Cuando el año pasado le preguntaron sobre sus posibilidades de atraer la mágica cifra del 75% en la votación, es decir tres de cada cuatro periodistas, Sosa fue enfático al decir que “no tiene miedo” a los cuestionamientos y que los “números están ahí”.
“Estoy consciente del trabajo que he hecho en el béisbol y creo ser merecedor de estar ahí”, aseguró.

SOSPECHAS
Nadie sabe si Sosa está verdaderamente consciente del impacto en su contra por las meras sospechas de que sus estadísticas fueron infladas “artificialmente”. Esas sospechas quizás sean injustas, pero las mismas influyen al momento de votar.
Paradójicamente, McGwire le ha vuelto a superar en una pulseada. Lo hizo en 1998 cuando disparó 70 jonrones contra los 66 de Sosa y ahora en 2010 con una confesión muy bien orquestada por expertos de comunicación pública tras cinco años de silencio.
Otro problema para Sosa es que McGwire simplemente esquivó las preguntas de los legisladores al limitarse a decir que no iba a hablar sobre el pasado. Esa ambigüedad es su mejor aliado en este momento.
La diferencia está en que Sosa sí expresó entonces que nunca había consumido sustancias para mejorar el rendimiento. Si ahora da un giro radical de 180 grados sobre su previa declaración, pues se expone a cargos por perjurio ante el Congreso.
Sólo Sosa y su conciencia tendrán la última palabra.

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