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Lance Armstrong: más preguntas que respuestas

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El ciclista estadounidense, siete veces campeón del Tour de Francia, confirmó el martes su segunda retirada del ciclismo profesional -y ésta parece ser definitiva-, “para dedicar más tiempo a su familia, a la lucha contra el cáncer y a su fundación”. 

Armstrong, de 39 años, dice adiós al deporte que le convirtió en celebridad en América, persona controvertida en Europa, e ícono de esperanza para millones de personas en todo el mundo. 

La pregunta más importante que permanece en el aire con su partida, es si de veras consiguió sus impresionantes triunfos al amparo de un sofisticado plan de dopaje. 

Ninguna de las numerosas acusaciones de medios de prensa, principalmente europeos, han podido ser sostenidas convincentementes. Por una causa u otra -mal manejo de las pruebas de laboratorio y declaraciones de personas de su entorno- todos los señalamientos se han desestimado y Armstrong se acoge al retiro libre de polvo y paja, por el momento. 

Hasta la poderosa Agencia Mundial Antidopaje (AMA) hizo lo posible por inculparle, llegando incluso a filtrarle informaciones confidenciales al diario deportivo francés L'Equipe. 

En junio de 2006, la Unión Ciclista Internacional (UCI) dio por bueno las investigaciones del “informe Vrijman”, una comisión creada para estudiar las acusaciones contra Lance Armstrong, y exculpó de todo tipo de sospechas al ciclista. 

La comisión Vrijman concluyó que las muestras de orina tomadas a Armstrong durante una competencia “fueron llevados a cabo de manera incorrecta y muy alejada de los criterios científicos, y que era totalmente irresponsable sostener que constituyen una prueba de algo”.  

En ese entonces, Lance miraba los toros desde la barrera, pues en el 2005 se había acogido a un primer retiro, precisamente cuando comenzaba a aumentar el fuego graneado en torno a las acusaciones de dopaje. 

En septiembre de 2008 anunció su regreso y otras preguntas salieron al aire: ¿Por qué regresa en medio de una fuerte campaña en su contra? ¿Qué quiere probar? ¿Lo hace por dinero? ¿Por darle en la cabeza a sus detractores? ¿Por añoranza?. 

Todos esos son motivos que han impulsado a muchos atletas retirados para volver a los escenarios de sus grandes triunfos. Unos con fortuna, otros haciendo el ridículo. En el caso de Armstrong no hubo ni lo uno ni lo otro. 

En su regreso fue apenas la sombra del ciclista que dominó por siete años las carreteras del mundo. Pero dejó sentada su leyenda con un tercer lugar individual en el Tour de Francia 2009 y un primer lugar por equipos (Astaná), y un 23º puesto en el giro galo de 2010. 

Se puede decir que en la vida de Lance Armstrong hay un antes y un después. Era un ciclista de regulares resultados internacionales hasta que en octubre de 1996 le detectaron un cáncer de testículo con metástasis pulmonares y cerebrales. 

Dos años después, tras sortear con éxito varias operaciones y ser sometido a un novedoso proceso de quimioterapia en el centro médico de la Universidad de Indiana, Armstrong volvio a montar su bici, y dio los primeros pedalazos camino a la leyenda y a los 7 Tours de Francia. 

El tratamiento ulterior para recuperarse de la quimioterapia es el punto de partida en las posteriores acusaciones de dopaje que le persiguieron tras su milagroso regreso a las competencias. 

El propio Armstrong reconoció hace mucho que dicho método de recuperación incluyó el uso médico y controlado de hormonas del crecimiento, cortisona, esteroides y testosterona. 

Cabe preguntarse entonces: ¿Si no fuera por el uso de estas drogas de nuevo tipo Armstrong hubiera podido regresar a la alta competición? ¿Son estas drogas usadas en su recuperación las causantes de sus grandes éxitos? ¿Es válido o no usarlas en esas circunstancias? ¿Entrará al Olimpo de los inmortales o al Purgatorio de los tramposos?

Lo cierto es que la estrella de Lance Armstrong seguirá brillando mientras haya personas que lo vean como un sobreviviente a los golpes de la vida, y de la prensa. 

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