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Caracol de pala, SOS

Hace algunas décadas, los caracoles de pala tapizaban las arenas blancas de las Islas del Rosario y San Bernardo, pero ahora son especie en extinción, por no decir que extinguida, al menos en el Rosario.

Los caracoles de pala han sido diezmados desde hace décadas para vendérselos al turismo, y más recientemente por vendedores de artesanías para el mismo propósito. Antes no se hacía nada con ellos distinto de usarlos como topes para puertas. Su color interno atractivo y superficie pulida por sus inquilinos los hacen apetecibles para cualquiera que no conozca de su importancia en la cadena de vida de los mares tropicales.

En los años sesenta y setenta, los caracoles de pala, que solían estar en las aguas llanas, eran buceados a pulmón hasta por los niños. Para no arruinar sus conchas y por la fuerza del inquilino no se intentaba sacarlo de allí por la fuerza, sino que se colgaban por su parte superior de árboles bajitos. Al cabo de varios días, el sol los hacía salir de sus conchas hasta caer, o eran jalados con un solo tirón que los sacaba de su “casa”.

Eran las épocas en que la naturaleza se creía eterna y nada se acabaría. La carne de estos gigantes se botaba, ya que las familias de los pescadores no solo no alcanzaban a comer la cantidad capturada, sino que abundaban todos los peces codiciados de los arrecifes, que hoy escasean: los distintos pargos, meros, salmonetes y mojarras, entre otras especies, incluidas langostas y cangrejas.

La carne de caracol, dura y con poco sabor, era la última en la lista de las preferencias de los nativos. Se aprovechaba más como carnada, ya que por dura no era quitada de los anzuelos con facilidad por la rapacidad de los pececillos de las orillas. Pero la gran mayoría era botada al mar.

Esta destrucción ignorante, de la cual el caracol de pala es apenas una de las víctimas y quizá el símbolo máximo de la indefensión, se entiende que sucediera hace décadas, cuando no había conciencia ecológica y por eso se repetía con las tortugas, antes abundantes; con los corales, especialmente el coral negro, por su rareza para hacer “joyas”; con las piedras coralinas, para hacer construcciones; y se repetía de muchas otras maneras.

La ignorancia, sin embargo, dejó de ser hace al menos 20 años, pero las autoridades han hecho poco –hasta ahora- para reeducar a quienes depredan en el mar y lo saquean, desde los vendedores de mini langostas, un crimen ecológico, hasta los pescadores con dinamita, que están funcionando de nuevo, por no hablar de los palangreros.

Ayer publicamos en El Universal que Parques Naturales acaba de lanzar una campaña para que los caracoles, aún muertos, vuelvan al mar para uso de nuevos inquilinos y para convertirse en arena para alimentar las playas.

Su intención es meritoria, pero nos preocupa que la campaña se vuelva otro saludo a la bandera y las medidas resulten tan inocuas como tantas otras. Aun así, El Universal está a las órdenes de Parques para ayudar en este esfuerzo, que ojalá acompañen también las autoridades que sí tienen “dientes”.

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