Me propusieron que dirija este periódico por un solo día. Expresé mi agradecimiento sincero por un honor tan significativo y en seguida les sugerí a mis compañeros que la edición fuese dedicada al Caribe colombiano, no solo como una unidad geográfica y cultural, sino, especialmente, humana.Siempre que me encuentro ante una tarea como la que he asumido hoy, vuelvo a pensar, como si fuera una recurrencia inevitable del destino, que los caribes nos creemos mejores que todo el mundo: mejores para cantar, mejores para bailar, mejores para escribir, mejores amantes, mejores deportistas, mejores compositores, mejores pintores.
El Caribe se formó como un crisol de razas, caldero de gentes, sancocho de personas. Aquí estaban los indígenas nativos y llegaron los conquistadores españoles, los negros esclavizados de África, los piratas ingleses, los colonos holandeses, los trabajadores alemanes, los aventureros franceses, los obreros baratos importados de China para la construcción del Canal de Panamá y que se quedaron para fundar lavanderías y restaurantes. Después, como si no fuera suficiente con este territorio ya se hubiera convertido en una Torre de Babel, aparecieron los emigrantes de la India, vendiendo manteles tejidos, y los árabes cargados de telas y cachivaches.
Como era de esperarse, aquella aglomeración de pueblos y de razas, y la mezcla que se produjo en consecuencia, provocaron el nacimiento de un nuevo ser humano: el hombre caribe. Entonces fue el Génesis. Era como si se hubiera convertido en realidad la utopía del hombre universal, el hijo de todos los hombres, con el que soñaban los filósofos griegos.
Después de tantos años, ahí vamos, con nuestras alegrías y tristezas, nuestras ilusiones y desencantos, nuestros orgullos y nuestras vergüenzas. No somos ni mejores ni peores que nadie. Pero tenemos, en cambio, un enemigo común que nos amenaza a todos, desde la cabeza venteada de la Guajira hasta el Golfo de Urabá, pasando por pueblos y ciudades, por calles y caminos, por ranchos y palacios.
El único enemigo es la pobreza. Nuestro peor enemigo es la miseria que campea en las áreas rurales y urbanas. La desnutrición y el niño sin escuela, el padre que no tiene trabajo, el campesino sin acceso al crédito, el abuelo sin un hospital que lo reciba.
Tomemos un ejemplo emblemático: el caso de Cartagena de Indias, “bien nacida y bien nombrada”, como escribió la gran Meira del Mar. Cartagena atraviesa en este momento la crisis más grave desde los tiempos de su Independencia. Mal gobernada, saqueada, ultrajada, la ciudad invicta, la que nunca se humilló ante nadie, hoy parece vencida por su propia desidia. La carroña política se abate sobre sus ruinas gloriosas.
El día en que este pueblo aprenda a elegir bien a sus voceros y gobernantes, y ejerza el derecho sagrado de escoger soberanamente su propio destino, sin cambiarlo por unas monedas de infamia, ese día habremos derrotado la pobreza. Entonces tendremos más futuro que pasado. Ojalá sea pronto.
Mientras tanto, solo espero que esta edición dominical pueda demostrar lo que nos propusimos desde el comienzo: que, al fin y al cabo, los caribes no somos ni mejores ni peores que nadie. Somos distintos, que es más importante.
JUAN GOSSAÍN