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El invierno que se repite

Las imágenes de la Sabana de Bogotá, inundada por tercer año consecutivo y tan temprano en esta temporada de lluvias, ya no asombran. Pero sí dan soberbia, como se lo dijeron algunos campesinos a RCN Radio. La ira de los afectados, ricos y pobres, pero más los últimos, la comparten los televidentes.

Y al ver las aguas del Río Bogotá convertirse en lagos sobre la tierra arable de la Sabana, en el propio corazón del centralismo todopoderoso, crea un desamparo enorme. Si sucede allá, donde está el curubito del poder, ¿qué se puede esperar para esta y otras regiones del país?

En el Caribe hay muchas tierras que llevan tres años bajo agua y el desastre ya no solo es humano y económico, sino ecológico, lo que termina multiplicando exponencialmente el daño, que le da mayor potencia al círculo vicioso creado, que a su vez empeora la tragedia humana y económica. Es como si el perro se mordiera su propia cola.

La consecuencia de estas inundaciones, además de las pérdidas económicas y del hábitat de personas humildes, sin ahorros, que vivían del día a día en sus tierras, es que se han muerto cientos de miles de árboles que demoraron décadas para crecer. Si algún día logran tapar los chorros de la indolencia en casi todo el país y desecar los terrenos inundados, el daño de todos modos tardará décadas en ser subsanado. 

Las tierras bajas típicas de la Costa Caribe, por ejemplo, son –o eran- ricas en robles y campanos. El primero es un maderable importante, y el segundo es un árbol casi perfecto: de día da sombra al ganado y de noche pliega sus hojas y deja pasar la luz de la luna hasta su pie, permitiendo que el pasto no muera.

En verano, el campano da su cosecha rica de vainas dulces y altas en proteína, con las que se alimenta el ganado con avidez, reemplazando al pasto que ya no hay y sobreviviendo bien hasta que las próximas lluvias reverdezcan los campos.

En sitios como La Mojana bolivarense y sucreña, y suponemos que en El Guájaro (Atlántico) también, hay miles de árboles de campano y de otras especies ahogados sin que se hayan tomado en la mayoría de los lugares los correctivos para que no se repita la tragedia de la inundación. También se ahogaron los pastos, que tardaron años para establecerse en las praderas.

No le alcanzarán al Gobierno las regalías tan cacareadas ni la “mermelada” del ministro de Hacienda para resarcir este desastre, cuyos efectos durarán años. ¿Hay alguna CAR del país pensando en cómo remediar esta devastación a la naturaleza?

Según le dijo el gobernador Gossaín a El Universal, los trabajos en los tres boquetes del Chorro de la Victoria, en Bolívar, que el mandatario vigila de cerca, no han rendido como prometió el contratista y ya los aguaceros comienzan a ser generales.

Los mandatarios locales y el Gobierno central tienen que entender que la paciencia de la gente llegó a su límite. De seguir igual, la ineficiencia oficial causará una conflagración popular.

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