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El legado de Joe Arroyo

A las 2 de la tarde del 1 de noviembre de 1955, nacía Álvaro José Arroyo González en el viejo Hospital de Santa Clara, frente a la Plaza de San Diego.

Casi 56 años después, también en un hospital, pero más moderno y tecnificado, en Barranquilla, murió Álvaro José (Joe) Arroyo González, luego de una carrera musical fructífera que se consolidó en una obra renovadora, original y extendida no sólo en Colombia, sino en todo el ámbito del Caribe y en muchas otras regiones del mundo.

Las circunstancias difíciles del nacimiento del Joe Arroyo, la odisea de su madre a punto de dar a luz, atravesando las calles del barrio de Nariño con su esposo hasta conseguir un bus destartalado lleno de músicos borrachos, que la propia Ángela González le narró al periodista Manuel Lozano hace más de 15 años, eran casi el vaticinio de las dificultades de la vida del cantante y compositor, pero también eran el pronóstico de su grandeza.

Sus más de 40 años en la música se caracterizaron por la fidelidad obstinada a la propuesta que empezó a desarrollar muy temprano, nutrida en el folclor tradicional del Caribe colombiano, pero enriquecida con los ritmos antillanos y africanos.

Esa constancia, que en otros artistas puede volverse repetición incesante, en el Joe Arroyo se convirtió en la motivación para reinventarse, experimentar, deleitarse con las variaciones tonales y rítmicas que poco a poco fueron construyendo ese legado del que hoy disfrutamos con orgullo los colombianos.

Joe Arroyo no fue un cantante o un compositor más de música tropical, sino un creador de caminos sonoros inexplorados que sentía cada nota y cada palabra, como elementos que debían acoplarse perfectamente para formar obras maestras inolvidables.

A la par de sus logros musicales, también se fue construyendo un camino de errores y sinsabores en su vida, esas equivocaciones tan propias de los seres humanos, que no deberían perpetuarse en rumores y maledicencias como las que lo persiguieron hasta los minutos finales de su existencia, porque es mucho más importante su obra monumental.

Joe pasó por orquestas ya legendarias en la música caribeña, como “La Protesta”, “Fruko y sus Tesos”, “The Latin Brothers”, “Los Líderes”, “Los Bestiales”, “Uganda Kenya”, “Galileo y su grupo”, “Pacho Galán y su Orquesta”, “Los Titanes” y “La Sonora Guantanamera”. Con ellas fue construyendo su visión universal del ritmo y la creatividad.

Luego decidió crear su propia base sonora, con la orquesta “La Verdad” y con otros grupos, desde donde propuso una mezcla de tradición y modernidad, cimentada en su voz portentosa, llena de picardía tropical, que se alimentó de la riqueza antillana inagotable, variada y siempre original.

Se fue un genio de la música. Joe Arroyo murió demasiado joven y seguramente con muchas otras propuestas renovadoras en su cabeza, aunque ya nos legó un conjunto de obras maestras –esas sí inmortales- que vuelven a sonar en las emisoras y en los equipos de sonido de las tiendas y bares, como tributo máximo a su genio.

 

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