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Editorial

El paradigma de la basura

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A pesar del trabajo diario de los consorcios de aseo, es muy perceptible un deterioro de Cartagena en limpieza, no totalmente atribuible a estas empresas, que produce una multiplicación preocupante de montones de basuras en cruces viales o esquinas importantes de la ciudad.
Es difícil comprender por qué las autoridades siguen siendo tolerantes con los ciudadanos que arrojan basuras al sitio que le quede más cerca, si existe una herramienta llamada comparendo ambiental, que se estableció precisamente para sancionar comportamientos como este.
Más incomprensible aún es que un sector de la ciudadanía contribuya de manera reprochable al desaseo general, o sea testigo de estas conductas con una indiferencia pasmosa.
Muchas veces se endilga toda la responsabilidad a los consorcios de aseo, sin tener en cuenta que una parte importante del problema radica en la propia ciudadanía, o en parte de ella, y no siempre la que vive en barrios de estratos bajos, pues también se han visto basuras o escombros acumulados en Manga, El Cabrero, Pie de la Popa y Bocagrande.
Este periódico ha publicado decenas de fotos de basuras acumuladas debajo de los costados del puente Román, en la bajada hacia la Calle Larga, en tal cantidad y frecuencia que hace sospechar que la depositan algunos vecinos.
También sigue siendo habitual en mucha gente la mala costumbre de arrojar papeles, envoltorios o envases plásticos a la calle, muchos con la cínica excusa de que “para eso están los barrenderos de los consorcios”.
El panorama de Cartagena es patético en gran parte de su territorio, pues nada hay más desolador que calles y avenidas enmarcadas por pilas de desechos, que demuestran una indolencia intolerable y sobre todo, ausencia de autoridad, pues la única forma de erradicar esta falta de civismo de los ciudadanos es sancionarlos con rigor.
La comunidad debe convencerse de que no es legítimo ni adecuado actuar en contra de la buena apariencia y de la limpieza de la ciudad, y que convertir las calles en basureros es una infracción que tiene su consecuencia, como lo es también orinar o defecar en zonas verdes, paredes o rincones públicos.
Ya es hora de que las autoridades distritales, pronto con jefe en propiedad, se decidan a impedir que los vándalos y desadaptados sigan depredando la ciudad con sus comportamientos inaceptables y los obliguen a entender que la buena apariencia urbana y la comodidad son la suma de la preocupación diaria y colaboración de cada uno de los habitantes de Cartagena.
No es aceptable que siga tolerándose ese hábito de la informalidad y desinterés por el bienestar colectivo, y para lograrlo sólo se requiere que los funcionarios públicos hagan el trabajo que les corresponde. No es viable el paradigma que tolera el desorden y desaseo en la ciudad.

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