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El tabú del orden urbano

En los últimos 30 años, el concepto de lo políticamente correcto ha cimentado en nuestras sociedades un tabú, cuya ruptura se asocia con la discriminación y la intolerancia.

Su paulatina consolidación se aprovecha de conceptos democráticos y humanistas como la equidad social y la convivencia, y en Cartagena se ha escondido en actitudes legítimas y virtuosas, como la condena al racismo cotidiano y el rechazo a la exclusión de los cartageneros pobres de los espacios tradicionales de la historia y el turismo.
Tabú, según el diccionario de la Real Academia Española, es la “condición de las personas, instituciones y cosas a las que no es lícito censurar o mencionar”. Y el tabú derivado de entender de manera extremista los principios de la inclusión y la equidad se manifiesta aquí como la prohibición ética de referirse a otros principios igualmente sagrados, como el orden social y el derecho colectivo.
El Centro Histórico y los imponentes monumentos de Cartagena se han convertido en un escenario habitual para esgrimir el tabú al que nos referimos.
Es evidente que su conservación y ornato son imprescindibles, no sólo para evitar que se destruya tan valioso patrimonio, sino para garantizar la supervivencia de una industria que mueve la economía local: el turismo.
En el caso del Centro, un paso obligado para su conservación es la convivencia ordenada y racional de todos los usos urbanos de esta zona de la ciudad.
Mientras en el Centro confluya demasiada gente, en una corriente caótica y descuidada de personas de todos los estratos, será imposible garantizar el cuidado de sus edificios o construcciones históricas. Depredan por igual cartageneros o turistas que se desplacen en carros, cuya vibración, sumada a la de los pitos estridentes y agresivos, terminará por debilitar los cimientos de las murallas y las viajas casonas coloniales.
No se trata de prohibir la entrada de personas al Centro y destinarlo sólo a turistas, se trata de organizar el flujo caótico y racionalizar sus usos urbanos, descentralizando muchas de las oficinas públicas y privadas que convocan gente.
La identidad del Centro Histórico no la da esa multitud sudorosa que se hacina en ciertas zonas como la esquina del antiguo almacén Tía, repleta de negocios callejeros informales que ocupan las aceras y parte de la calle, donde se ejercen incluso actividades ilegales, como la venta de música y videos piratas. Ese estrépito creciente y demoledor no es la entraña de nuestra ciudad y de nuestra cultura.
En su lugar, hay que soñar con cartageneros y turistas recorriendo el Centro, conscientes de su valor histórico y dispuestos a defenderlo y conservarlo, porque es suyo y hace parte de su verdadera identidad.
También con personas de los estratos bajos que puedan ganarse la vida en este sector, sin ocupar el espacio público, sin agredir a los demás y realizando su trabajo en orden y con atractivo.
A menos que inclusión signifique el derecho de todos por igual a convertir el Centro en zona ruinosa, insegura, sucia y repelente.

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Comentarios

el domingo, hasta alta horas

el domingo, hasta alta horas de la noche suena un pico en las faldas de la popa. Alcaldesa haga algo ademas de beber!

Es muy reduccionista este

Es muy reduccionista este editorial y el problema es múy complicado. Cartagena no ofrece oportunidades de subsistencia a sus habitantes y toca recurrir a los espacios de mayor afluencia de gente para buscar la oportunidad del "rebusque". Acciones policivas para controlar la invasión del espacio público despejan las calles, pero agravan otro problema más humano. Por otro lado, lo ideal es que al centro no entraran vehículos, salvo los realmente necesarios.

Maria Consuelo, porque mejor

Maria Consuelo, porque mejor no denuncias el hecho ante las autoridades y haces lo que esté entre tus manos para resolver un problema que es comunitario. ¿De donde sacas que la señora Alcaldesa no hace nada y repites como lora lo que gente interesada quiere que se diga de la mariamulata? Ten cuidado.
Cada vez que lea estos comentarios volveré con el san benito. Voté por la mariamulata, entre muchas otras cosas, por ser mujer; aposté por mi género, y no puede ser que nosotras mismas caigamos en el juego sexista de tildar de bebedora a una mujer, porque un sector huérfano de poder quiera exaltar un defecto sin tener el menor asomo de objetividad.
Piénsalo bien. Esos que le dicen borracha a la mariamulata, cuántas arduas jornadas de guiski no habrán tenido en privado planeando o concretando sus robos, en compañía, por supuesto, del ex Alcalde que todos los días le sale una nueva cuenta con la justicia. Piénsalo mujer.