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La anestesia del verano

La mayoría de los medios del país mostramos y publicamos imágenes de la sequía de este verano, especialmente del río Magdalena, cuyos bajos caudales preocupan. Contrastan estas imágenes con las de las inundaciones descomunales durante las lluvias de 2010 y 2011.

En ese par de inviernos tan duros, los colombianos añoraban la sequía, entre otras cosas, para poder hacer las obras de infraestructura que impedirían la repetición de las penurias.

A pesar de las tragedias casi diarias durante los inviernos de 2010 y 2011, poco ha pasado en cuanto a la construcción de la infraestructura que faltaba de manera notoria cuando el agua arrodillaba al país desde los Andes hasta sus costas.

Los recuerdos del Canal del Dique crecido y cientos de casas inundadas hasta media pared y más en muchos casos siguen frescos en la memoria de mucha gente, excepto en la de quienes deberían estar trabajando como hormigas para que los contratistas hagan lo suyo. La burocracia tiene que despertar de su letargo.

En la Costa Caribe hay otros lugares muy sufridos, como La Mojana sucreña y bolivarense, de la cual no se oye decir nada a pesar de que el presidente Santos le nombró gerente para gestionar la solución a sus problemas. Un área vasta y rica sigue arruinada, sus gentes empobrecidas, y aún está a expensas de cualquier creciente futura.

Varios de los famosos chorros que se abrieron y que inundaron pueblos y tierras de labor siguen sin tapar, incluido el más célebre de Bolivar, el de La Victoria, que según publicamos el 8 de marzo pasado, estaría tapado 30 días después.

Ese día citamos al gobernador Juan Carlos Gossaín, quien dijo: “Hoy damos inicio a la obra más deseada en los dos últimos años por cerca de 100 mil habitantes, que resultaron afectados durante la emergencia invernal de los años 2010 y 2011”.

Pero la obra sigue inconclusa porque el Gobierno nacional aún no ha mandado la plata necesaria, que en ese entonces sumaba 9.600 millones de pesos.

Quizá la única obra similar que se concluyó fue el chorro de Santa Lucía, en el Atlántico, acometida con ahínco por el entonces gobernador Eduardo Verano y apoyada por el presidente Santos, pero tampoco llegó el dinero para otras obras urgentes para que el Atlántico no se volviera a inundar.

Es el momento para que la ministra de Transporte, Cecilia Álvarez Correa, quien ha sido diligente con el proceso que desembocará en las obras que impidan nuevos daños del Canal del Dique contra la gente en su área de influencia, contra los parques naturales coralinos y contra la bahía de Cartagena, haga un inventario público de los logros y de las obras pendientes, al menos en el Caribe colombiano, para saber a qué atenernos y en qué puede ayudarla la comunidad, incluidos los medios. 

El país no puede seguir anestesiado por la modorra del verano y tiene que acometer con bríos todas las obras necesarias para que las próximas inundaciones, que vendrán tarde o temprano, no hagan daño.

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