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Editorial

Un chorro trillizo

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Ayer el gobernador Juan Carlos Gossaín le entregó a la comunidad de las Lobas y de Mompox los trabajos de taponamiento de dos de los famosos chorros de La Victoria, cada uno con el nombre de alguna de sus víctimas. Una de ellas perdió más de dos mil reses y, por poco, su salud mental.
El líder ganadero Gabriel Amarís le dijo ayer a El Universal, medio que estuvo en la zona, que en la isla de Mompox y áreas aledañas murieron más de 25 mil reses, y que los pequeños ganaderos habían desaparecido, los medianos pasaron a pequeños y muchos de los grandes a medianos.
Las tragedias como las ocasionadas por las inundaciones de 2010 y 2011 suelen olvidarse por la mayoría de la gente, y muchos de los daños se convierten en estadísticas frías.
Sin embargo, la pérdida de más de 4.000 puestos de trabajo solo en esta zona no son palabras menores, sino una tragedia que aún continúa viva para sus víctimas. Por eso la respuesta del Estado es indispensable, en este caso representado por el liderazgo de la Gobernación de Bolívar y por entes nacionales como Colombia Humanitaria y Prevención y Atención de Desastres, los dolientes principales de la reparación del chorro trillizo de La Victoria.
El paraje aledaño al nuevo jarillón es sobrecogedor, pues si bien es cierto que el río Magdalena, con sus aguas bajitas a consecuencia del verano, tiene hoy cara de manso y de “yo no fui”, las arboledas antes frondosas ahora son cadáveres con ramas secas en su gran mayoría. Se ahogaron también muchas hectáreas de árboles de naranja, afamados en los alrededores de Mompox y fuente de empleo y de ingresos para miles de campesinos.
Una inundación como la mencionada también arrasa con la fauna, así que el daño total no será subsanado en ningún aspecto con mucha celeridad.
Sin embargo, el tramo de jarillón entregado y el último que falta por completar son el comienzo de la sanación de esta zona fértil pero herida de muerte, que necesita consolidar los síntomas de mejoría que se notan por doquier a la par de la destrucción causada por las crecientes.
En Bolívar este chorro fue el daño más notorio de las aguas, pero como le avisaron algunas personas al gobernador Gossaín, quedan múltiples chorritos aún con el potencial para volverse desastres. Algunos han sido reparados por los propios ganaderos, pero faltan varios que podrían tornarse en monstruos si llegare otro invierno tan fuerte como los pasados.
En Colombia está de moda hablar ahora de la redistribución de ciertas tierras, pero un esfuerzo paralelo indispensable y en algunos sitios más urgentes, sería asegurarse de arreglar los daños de los inviernos anteriores para que las tierras sean aptas para que las trabajen y habiten los seres humanos. También es el caso de La Mojana, de cuyas soluciones no conocemos nada pese a las promesas del Gobierno.
Se necesitan más realidades como el jarillón de La Victoria y la misma gestión y decisión para hacerlas posibles.

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