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Una hamaca legendaria

Adolfo Pacheco Anillo, uno de los grandes compositores colombianos, está convencido de que la música es el único remedio que existe contra la violencia.

Por eso, aunque siempre ha sido un crítico profundo de la apropiación exclusivista que el vallenato hizo de la música con acordeón, en lugar de discutir o de armar polémicas agrias, prefirió rivalizar con sus propias canciones como arma única.
Un arma poderosa, porque ya muchas de sus composiciones son piezas legendarias, como “La hamaca grande”, “Mercedes”, “El viejo Miguel” o “El mochuelo”, y las demás hacen parte de una tradición que está enraizada en las sabanas de los Montes de María y que se renueva gracias a la variedad que maestros como él y como Andrés Landero entregaron sin condiciones.
Por eso, el Festival de la Hamaca Grande, que empezó ayer y culmina hoy en Cartagena, además de ser un homenaje a este creador inagotable de la entraña pura bolivarense, es una manera de eternizar y resaltar una tradición musical que no ha sido lo suficientemente reconocida y valorada en el país.
Los cultores del vallenato se vieron obligados a reconocer el valor de los ritmos sabaneros, pero su arrogancia –justificada por el valor enorme de esta música y su contribución al legado cultural colombiano– hizo que la consideraran sólo una variedad y la bautizaran como vallenato sabanero, a pesar de su gran variedad de ritmos y su versatilidad instrumental.
Adolfo Pacheco, herido en su orgullo, en lugar de cazar peleas interminables, decidió mostrar argumentos desde la propia música, enseñándole a Colombia que un indio Faroto, que cuenta con su gaita la épica de sus antepasados, es tan legendario como el propio Francisco El Hombre.
Esa canción clásica que le da nombre al Festival, no sólo les recordó a los vallenatos que en los Montes de María existe un tesoro musical valioso, sino que les abrió el corazón generosamente, llevándoles con afecto el cofre de plata que contenía una “bella serenata con música de acordeón, con notas y con folclor, de la tierra de la hamaca”.
Entonces se supo que en la sabana había cientos de collares de cumbia sanjacintera, tejidos con las canciones de Andrés Landero y los sones de Toño Fernández, acunados por la hamaca tan enorme como el cerro de Maco.
“La hamaca grande”, como dice Ariel Castillo Mier, “es a la vez un canto de concordia, un himno fraternal, una serenata para expresar el cariño de un pueblo a otro y un canto de discordia”, la protesta ante el trato injusto y discriminatorio que el Festival Vallenato le dio al máximo acordeonero de las sabanas, Andrés Landero.
La música colombiana se renueva y diversifica con los ritmos sabaneros, y seguramente el Festival de la Hamaca Grande se convertirá en una competencia que descubrirá nuevos autores de porros, cumbias o paseaítos, al igual que puyas, merengues y sones eternizados por los acordeones, las gaitas, los tambores, las cajas y las guacharacas.
Y más que eso, el Festival es también una confluencia de artesanías, comida y costumbres de los Montes de María, que cada año crecerá para gloria de la música y la tradición.

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Comentarios

Felicitaciones!!, excelente

Felicitaciones!!, excelente editorial, comparto la preferencia por la musica de acordeon del "viejo Bolivar", y todo lo que eso significó ahora que iniciamos un intento por recuperar el tiempo que perdimos ante el Vallenato y ritmos Guajiros.
A propósito, aunque Adolfo Pacheco no diga nada, opino que la frase correcta es "indio faroto" como la mencionan ustedes.
Que viva el Festival.

La botaste Pedro

La botaste Pedro Luis...excelente editorial