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Una visión de ciudad

Hace 28 años, Cartagena celebró el trisesquicentenario de su fundación con un encuentro de cancilleres latinoamericanos y una multitudinaria fiesta popular en la Avenida Blas de Lezo, donde Obregón y García Márquez bailaron confundidos con la gente, que dejaba salir un optimismo jubiloso por tiempos venideros mejores.

Se hablaba de convertir a la ciudad en una Venecia tropical, con el metro acuático, un sistema de transporte que aprovecharía los caños, lagos y lagunas interiores, cuyo saneamiento se había proyectado con la asesoría de expertos holandeses.
La visión de Cartagena a 20 años era ambiciosa: una ciudad mágica y esplendorosa, a la que todos los turistas del mundo ansiarían conocer, sede de los eventos políticos y culturales más importantes, pero sobre todo, una ciudad amable para sus habitantes, que convivirían solidariamente y disfrutarían de sus comodidades urbanas maravillosas, con grandes sectores peatonales refrescados por árboles frondosos tradicionales y un servicio de transporte público eficiente y ágil.
Hace 10 años, en medio de la expectativa del nuevo siglo y del nuevo milenio que estaban a la vuelta de la esquina, Cartagena exhibía uno de los índices de pobreza más altos del país, una brecha descomunal entre pobres y ricos, discriminación manifiesta en muchos ámbitos, un desempleo alto estimulado por el desplazamiento de campesinos, su malla vial deteriorada en gran porcentaje, y los cartageneros tenían sólo la esperanza de los megaproyectos, que avanzaban por entonces a paso de tortuga, entre ellos La Bocana, el Corredor de Carga y el Emisario Submarino.
No puede desconocerse que de 1999 a 2009, han cambiado muchas cosas, no todas para bien de la ciudad. El crecimiento desbordado hizo crecer asentamientos subnormales, sin servicios básicos o con servicios de mala calidad, las vías principales están aún en mal estado y el aumento de la población, alimentado con la migración, instaló aquí los males de ciudad grande andina a los que habíamos sido inmunes, como el sicariato.
Al mismo tiempo, la política local empieza a romper las ataduras del clientelismo y la corrupción, en parte gracias a que la comunidad ha empezado a ejercer su derecho a intervenir en las decisiones que la afectan y cada vez cumple más con su obligación de controlar la acción de los gobernantes.
Falta más trabajo del Distrito para desvertebrar la red de corrupción que obviamente funciona aún como si nada en algunas entidades públicas de la ciudad, haciendo sentir a mucha gente que los cambios que se esperaban con esta Administración no han sido tan a fondo en los mandos medios, y a veces tampoco en algunos de los altos. La ciudadanía debería continuar denunciando los casos que conoce.
A pesar de lo anterior, y aunque al cumplir 476 años hay más retos que logros, esta vez el optimismo parece justificado, pero sólo podrá hacerse realidad la visión de una ciudad amable, si todos los sectores sociales participan y aportan su grano de arena.

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