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El día que el papa Francisco rezó el Ángelus en Cartagena

“Yo sí soy salao”, iba diciendo sonriendo y raudo el periodista y escritor Juan Gossaín mientras caminaba entre la multitud agarrado del brazo de su esposa, Margoth Ricci. Ambos trataban de buscar un buen lugar donde ver al papa Francisco en la atestada plaza de San Pedro Claver, el escenario que ayer se llenó no de mercaderes de esclavos, como en los tiempos de san Pedro Claver, sino de fieles católicos que esperaban escuchar a su máximo pastor.

Si bien no se supo por qué Juan Gossaín se sentía “salado”, su percepción, al igual que la de los cientos de asistentes al acto del Ángelus, debió cambiar cuando la magia de la plaza  se levantó por encima del sopor de las diez de la mañana e invadió a todos los asistentes.

El Ángelus, esa devoción de la Iglesia Católica que recuerda la Anunciación y la Encarnación del Hijo de Dios, sería rezado por el papa Francisco desde la plaza que lleva el mismo nombre que la de Roma, donde domingo a domingo sale al balcón, en un encuentro cercano con los fieles.

Al principio muchos pensaban que Francisco lo rezaría desde el balcón del Santuario que da a la plaza y no desde la minúscula carpa que fue ubicada en el atrio de la iglesia, a ras de piso y que dificultó la misión a la que fueron los asistentes: ver al papa.

“Hubiera sido bueno que ubicaran una tarima como la que suelen poner durante el Festival de Música. Así todos hubiéramos visto al papa, porque es a eso a los que viene uno: a verlo”, dijo una de las muchas religiosas que estaba en la plaza.

Y ese mismo pensamiento se iba extendiendo entre otros asistentes a medida que el reloj de la torre de la iglesia San Pedro Claver iba contando los cuartos de hora y anunciaba que el tiempo para que llegara el papa se iba acortando.

Ya para entonces, cientos de celulares se levantaban por encima de las cabezas de los asistentes. La emoción crecía y el calor comenzaba a hacer estragos. Algunos fueron  sacados en camilla por la Defensa Civil.  Al final, unas 30 personas debieron ser atendidas por “desvanecimiento”, según dijo un integrante de ese cuerpo de socorro.
Cada vez eran más los que se paraba en la punta de los pies para tratar de tener una visual, aunque fuera pasajera, del papa. El ambiente de la plaza a esa hora no era festivo, solo a los lejos se escuchaban los cantos de un grupo de jóvenes, cuyas voces era opacada por la misma gente. A las 10.35 de la mañana apareció un maestro de ceremonia que trató de darle otro aire al ambiente, presentando unas corales y coros, como el de los niños de la Arquidiócesis de La Guajira.

A las 11.30 de la mañana el sol estaba oculto, pero el calor arreciaba. Los gritos y aplausos aumentaban. El papa Francisco ya estaba en la avenida Venezuela y muy pronto entraría por la ensoñadora calle San Juan de Dios, en el papa móvil que lo traía de San Francisco. Según se escuchó de algunos organizadores, la programación tenía un adelanto de 15 minutos.

Y a las 11.30 de la mañana, los cientos de asistentes estallaron en alegría. ¡Había llegado el papa Francisco!

¡Qué lindo…!, exclamó una mujer que tuvo el privilegio de verlo bien desde la distancia porque estaba subida en una silla, mientras sus vecinos estiraban, a más no poder, el cuello para tratar de ver la imagen del carismático Francisco que, con una sonrisa, saludaba a los presentes, entre los que estaban muchos obispos y obispos eméritos, como monseñor Carlos José Ruiseco. En ese momento se extrañaron con más fuerza las pantallas gigantes que se suelen colocar para este tipo de eventos. Solo unos afortunados podían ver bien al papa. A la gran mayoría les tocó escucharlo.

LO QUE DIJO
“Queridos hermanos y hermanas”, fueron las primeras palabras expresadas por Francisco en una plaza de San Pedro que enmudeció ante la voz del pastor.
De ahí en adelante el papa Francisco, además, de contar su periplo por el barrio San Francisco, en la otra Cartagena, reconoció que esa clase de encuentros  le han hecho mucho bien “porque allí se puede comprobar cómo el amor de Dios se hace concreto, se hace cotidiano”.

Recordó lo que significa el rezo del Ángelus e hizo un recuento de la imagen de Nuestra Señora de Chiquinquirá y lo que significa para la Iglesia Católica y la colombiana en particular.

“Y en esta iglesia le rezaremos a María, que se llamó a sí misma ‘la esclava del Señor’, y a san Pedro Claver, el ‘esclavo de los negros para siempre’, como se hizo llamar desde el día de su profesión solemne. Él esperaba las naves que llegaban desde África al principal mercado de esclavos del Nuevo Mundo. Muchas veces los atendía solamente con gestos evangelizadores, por la imposibilidad de comunicarse, por la diversidad de los idiomas. Sin embargo, Pedro Claver sabía que el lenguaje de la caridad y de la misericordia era comprendido por todos. De hecho, la caridad ayuda a comprender la verdad y la verdad reclama gestos de caridad. Cuando sentía repugnancia hacia ellos, besaba sus llagas”, dijo el papa Francisco.

Al tiempo que resaltaba la austeridad de san Pedro Claver, recordó que este murió “en un espantoso estado de abandono”.

“Efectivamente, san Pedro Claver ha testimoniado en modo formidable la responsabilidad y el interés que cada uno de nosotros debe tener por sus hermanos”.
El papa Francisco añadió que “En Colombia y en el mundo, millones de personas son vendidas como esclavos, o bien mendigan un poco de humanidad, un momento de ternura, se hacen a la mar o emprenden el camino porque lo han perdido todo, empezando por su dignidad y por sus propios derechos”.

EL ÁNGELUS
Enseguida comenzó a rezar el Ángelus, teniendo a los cientos de asistentes como sus interlocutores. Y como es costumbre del papa Francisco, después del rezo del Ángelus le dejó un mensaje a la humanidad. Esta vez oró por Venezuela y el rechazo de lo que llamó “violencia en la vida política”.

“Desde este lugar, quiero asegurar mi oración por cada uno de los países de Latinoamérica, y de manera especial por la vecina Venezuela. Expreso mi cercanía a cada uno de los hijos e hijas de esa amada nación, como también a los que han encontrado en esta tierra colombiana un lugar de acogida. Desde esta ciudad, sede de los derechos humanos, hago un llamamiento para que se rechace todo tipo de violencia en la vida política y se encuentre una solución a la grave crisis que se está viviendo y afecta a todos, especialmente a los más pobres y desfavorecidos de la sociedad. Que la Virgen Santísima interceda por todas las necesidades del mundo y de cada uno de sus hijos. Saludo a todos los presentes, venidos de diferentes lugares, como también a los que siguen esta visita por la radio y la televisión. A todos os deseo un feliz domingo”.

Finalmente le dejó a los costeños la misma tarea que le ha dejado a los demás colombianos: “Por favor, no se olviden de rezar por mí”.

 

*****

El segundo papa
Uno de los cartageneros más felices que estaba en la plaza San Pedro Claver es Juan Pablo Vieira. El motivo de la felicidad lo mostraba con su dedo índice, señalando su cabeza. En ésta se podían ver dos cachuchas: una del papa Francisco y la que usó en junio de 1986  cuando vino el papa san Juan Pablo II a Cartagena. “Ya llevo dos papas”, dijo orgulloso.

Tras los pasos de Francisco

Damián Descalzo estaba arropado con la bandera de su país, Argentina, en la plaza San Pedro Claver. Él, y otro compañero, llegó desde Buenos Aires el pasado miércoles para asistir a los actos que en la capital de la República presidiría su coterráneo, el papa Francisco.  La magia de Cartagena lo atrajo hasta acá para seguirle los pasos a Francisco. Damián dijo que se siente orgulloso del papa por los esfuerzos que está haciendo por llevar el mensaje de paz a todo el mundo y por luchar por los derechos de los menos favorecidos, los de la periferia. Dijo que respeta los motivos que puede tener Francisco para aún no haber visitado a su país, pero que está seguro que algún día volverá. “El sabe manejar su tiempo”, añadió mientras trataba de buscar una mejor ubicación para ver al papa.

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