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Joe, el vecino de todos

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Se trata de la casa 12-49, una de las esquinas de la Calle Bogotá, arteria principal de Nariño, en donde mujeres, hombres, jóvenes y niños formaron una cordón humano que obligó a la Policía Metropolitana a enviar a varios de sus efectivos para evitar que se interrumpiera el tráfico que viene del sector Paseo Bolívar, en el barrio Torices, y se comunica con la Avenida Pedro de Heredia.

Parecían estar esperando algo. En la mirada  se les veía la expectación por algo que tal vez ni ellos mismos sabían qué era. Pero a sus familiares sí les tocó recibir las visitas de los periodistas y de los personajes que decían haber conocido y hasta intimado con el cantante en alguna época de su vida

Desde las orillas de la Calle Bogotá hasta el pequeño patio de la modesta vivienda de color verde, el espacio estaba atiborrado de curiosos, quienes finalmente terminaron bloqueando la vía, pero esta vez no para hacer una protesta sino para manifestar, de alguna forma, el desasosiego que se sentía por la partida temprana del vecino que todo lo quiso cantar.

“¿Y ahora qué hacemos?”, parecían decir con las miradas o con sólo pararse en mitad de la carretera. Pero adentro estaban Aida Hueto Chávez y Julio César Ortega los padres de crianza de Joe Arroyo. La primera contó ser hermana de Ángela González, la madre del artista; y recordó que éste nació en el barrio Canapote, pero a los tres meses de edad su progenitora lo llevó a vivir al naciente barrio Bruselas, más exactamente a la Calle Benjamín Herrera.

Alvarito y Álvaro José

Y en Bruselas la historia es un poco distinta. Los vecinos de Joe están plenamente convencidos de que él nació en la casa 25-31 de ese mismo barrio, porque en esas épocas no existían maternidades, y las parteras atendían a las futuras madres en los mismos lechos donde fabricaban a los hijos.

De manera que la señora Elvia Pájaro, una de las primeras pobladoras de la Benjamín  Herrera, recuerda que su vecina Ángela, en lugar de una casa propiamente dicha, habitaba un tendal casi al final del enorme terreno que comenzaba un poco después de las orillas de la vía.

Allí vivía con Ana Chávez, su madre; y con sus hermanas Irma y Aida. Sus tres hijos eran Alvaro José, Jairo e Ignacio. El primero, desde muy pequeño, empezó a dar muestras de tener habilidades para el canto, “por yo siempre le  recomendaba a la mamá que lo llevara a los programas de radioaficionados que hacían las emisoras en esos tiempos, pero creo que nunca me hizo caso”, rememora Elvia.

Lo anterior lo ratifica Roberto Castillo, otro vecino que aparenta unos 57 años de edad y quien dice haber sido el amigo más cercano que tuvo Joe en sus primeras años de infancia en Bruselas.

“Recuerdo que mi mamá le regaló a Joe una lata de galletas que decía en su parte frontal, ‘Saltinas Noel’. Y Joe la tocaba escondido cantando las canciones de Aníbal Velásquez, porque a él le gustaba mucho la música de acordeón de ese tiempo, pero no sé de dónde le salió el gusto por la salsa”, dice Castillo y agrega que “los pelaos de por aquí, cuando lo veíamos con la lata, le decíamos, ‘Alvarito, canta algo, canta algo. Y él se metía la lata entre las piernas y empezaba a cantar a una guaracha de Aníbal, pero había veces en que lo sorprendía la mamá y le pegaba, porque ella no quería que él cantara. Aunque su hermano Jairo también cantaba, y hasta lo hacía mejor que él, pero murió mucho más temprano”.

Dicen  los vecinos de  Bruselas que la familia de Joe era demasiado pobre, pero férreamente trabajadora: su madre, su abuela y sus tías se ganaban la vida lavando y planchando ropa ajena, cuando se utilizaba el almidón de yuca y las planchas calentadas al carbón.

Roberto Castillo recuerda que entre los juegos preferidos de Joe estaban la bolita de uñita y la pandonga, actividades en las que se desempeñaba como todo un campeón, “pero definitivamente lo suyo era la música, porque cuando estaba solo se ponía a fabricar picós de barro, y la música la cantaba él mismo. Yo, cuando se descuidaba, le apachurraba los picós y me iba corriendo; pero, cuando me distraía, él también me hacía alguna maldad para desquitarse”.

La casa de Joe Arroyo en Bruselas quedaba entre las viviendas de Elvia Pájaro y su madrina, Sara Ballestas, quienes eran muy amigas de Ángela González, a quien recuerdan como una mujer inquebrantablemente seria, que decía “Alvarito”, cuando iba a llamar a Joe para cualquier cosa; “pero, cuando le iba a pegar por alguna travesura, le gritaba ‘¡Álvaro José!’”.

El afro y el satín

Los vecinos también recuerdan que la familia de Joe abandonó el barrio, aproximadamente en 1.962, después de haberle vendido el terreno a la familia de Pedro Cantillo, quien aún vive en ese aposento, pero ocupó el solar con una casa de madera un poco más grande que el tendal que había levantado la abuela del cantante.

“Recuerdo —dice Roberto Castillo— que yo tenía como unos 17 años cuando vi a Joe por última vez. Llegó a mi casa vestido con un ropón azul de satín y un afro enorme. Parece que ya era cantante de Fruko. Alguien me avisó que había llegado Alvarito y yo salí enseguida a saludarlo, pero cuando lo vi con esa facha le dije, ‘oye, tú estás jodido, qué te vas a vestir así’. De ahí en adelante no le presté más atención, pero él siguió saludando a mi familia y a los amigos. Desde ese día no volvió más a mi casa. No sé si se fue resentido por lo que le dije”.

La señora Elvia Pájaro recuerda haberlo visto dos o tres veces después de que se mudó para el barrio Nariño: “esas dos o tres veces que me visitó vino vestido con unas camisas raras, pero bonitas. Nos decía que estaba cantando con una orquesta en Tesca y que le estaba yendo muy bien. De ahí en adelante no volví a verlo”.

Los vecinos conservan también recuerdos fugaces del señor Guillermo Arroyo, el papá de Joe, quien esporádicamente visitaba a Ángela, aprovechando los descansos que le daban en el barco carguero en donde laboraba viajando a San Andrés Islas, pero hubo un momento en que nunca más se le vio por Bruselas.

“Cuando Joe cayó enfermo, a principios de los años 80, en el Hospital Universitario de Cartagena, los familiares no fueron a verlo, pero nosotros los vecinos de la Benjamín Herrera sí estuvimos pendientes de él”, asegura Roberto Castillo, quien también es vecino de Carlos Flórez, uno de los líderes cívicos de Bruselas, quien está haciendo lo posible ante el Gobierno Distrital para que se instale una placa en la casa de los Cantillo, ratificando que ahí vivió su primera infancia el hijo mayor de Cartagena.

La violina de papel

Los padres de crianza de Joe Arroyo cuentan que éste llegó al barrio Nariño cuando acababa de cumplir los 7 años de edad. Su madre lo dejaba a cargo de ellos, porque debía trabajar en un hotel del primitivo barrio Bocagrande.

Mientras tanto, Joe, junto con su hermano Jairo, recibían la enseñanza primaria en el Colegio San Luis Gonzaga, en donde la actual coordinadora del plantel, Teresa Cassiani Herrera, conserva las notas del año 1.969, las cuales muestran que el futuro cantante era excelente en casi todas las materias, menos en Religión, con la que siempre obtenía notas regulares.

Heriberto Sáenz, más conocido como “Piperto”, dice ser el amigo más cercano que Arroyo tuvo en el barrio Nariño, “porque desde los 7 años andábamos tocando por ahí con unos calambucos de plástico y una peinilla envuelta en  papel de cigarrillo, a manera de violina. Con eso amenizábamos fiestas y andábamos tocando en las esquinas y en los buses. También nos gustaba escondernos en el Tanque de Nariño y ahí nos metíamos a cantar para que la voz se nos oyera bien fuerte”.

Pero “Piperto” reconoce cabalmente que “la gente no nos paraba bolas porque el conjunto estuviera bien acoplado o algo así. Nos prestaba atención por la voz de Joe, que era poderosa. Además, él desde pequeño fue muy inteligente y dueño de un liderazgo natural. Improvisaba canciones con solo mirar a una muchacha que le gustaba o sólo con pararse a la orilla del mar”.

La señora Aida Hueto recuerda haberlo visto por última vez hace siete años en el Centro de Convenciones Julio César Turbay, a donde el artista invitó a familiares y amigos a despedir el año viejo.

“Él nunca dejó de estar pendiente de nosotros —afirma—. A los 14 años empezó a cantar en Tesca, pero la mamá no estaba muy de acuerdo. Creo que por eso fue que se marchó escondido para Barranquilla cuando tenía como 17 años. Después, apareció cuando ya estaba casado con Adela Martelo y no dejaba de frecuentarnos, hasta que no vino más”.

Afuera, en medio de la Calle Bogotá, jóvenes y niños se divertían bloqueando la vía con troncos y peñones, mientras los adultos decían que “a Joe tienen que traerlo, velarlo y enterrarlo en Cartagena, que es su tierra. Aquí  estamos muy descontentos con esa novela de RCN, porque no hicieron ni una toma de Nariño y aquí fue donde Joe aprendió la música”.

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Comentarios

tienen que traerlo a

tienen que traerlo a Cartagena. esta es su tierra. Recuerrdo a Joe cuando estudiamos en el colegio Santo Domingo, el de los curas, recibio a pesar de ser muy pobre una buena formacion. Tenemos que traerlo a Cartagena y a ser un Museo con todo sus pertenencias y mUSICA, Joe nos has dolido TODOS. Queremos que t entierrren en Cartagena y t hagan un Museo, Lo Mas grande de Colombia. !!!!!