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Adiós al Maestro de la canción colombiana

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En el 2009, el Gobierno Nacional decidió reunir a los maestros de la música colombiana en la Casa de Nariño, para rendirles un merecido homenaje, como tiene que ser, en vida.

Aunque siempre estuvo en duda la presencia del compositor Jorge Villamil en dicho acto, por sus serios quebrantos de salud, hasta allí llegó el artista huilense, motivado por el cariño y el aprecio de los colombianos y de sus colegas. Parecía que la diabetes, la penosa enfermedad que lo acompañó durante 35 de sus 80 años de vida, le hubiera dado una tregua ese día, para poder asistir a lo que sería uno de los últimos homenajes que recibiría.

Alegre, con el sentido del humor intacto, Villamil compartió unas horas con todo aquel que lo quería saludar, estrechar su mano, tomarse una foto o simplemente agradecerle por alguna de sus 200 composiciones que realizó. Pese a no contar con estudios profesionales en música, Villamil, junto al santandereano José Alejandro Morales, ha sido uno de los compositores de música colombiana más prolíficos del siglo XX.

De ahí, que a lo largo y ancho del país, en la mayor parte de festivales de música que se realizan, se le rindieran homenajes y sus composiciones se editaran en múltiples recopilaciones. De hecho, ahora se preparaba una nueva recopilación de sus canciones, interpretadas a solo tiple.

Por eso, buena parte de su legado, como los originales de sus composiciones, han sido donados para el museo de Neiva, su tierra natal, que lleva su nombre.

De hecho, hasta último momento buscó la forma de dejar grabadas sus más de 30 canciones que aún permanecían inéditas, quizás lo único que le faltó por hacer en el mundo de la música.

"Desde hace dos años sentí la necesidad de dejarlas grabadas. Creo que si me voy y quedan en un cajón, van a ser olvidadas. Ellas son un testimonio tan valioso como las otras 170 y es mi responsabilidad que queden como parte de mi legado", comentó el compositor en su última entrevista a Colprensa.

De esa necesidad nació "Noches de bolero", producción que alternó con composiciones de Luz Elena Yepes y que se editó en el 2006. Sin embargo, la falta de apoyo económico le impidió seguir con este proyecto.

La mayor parte de sus últimos diez años los pasó en su casa, en la compañía de una fiel enfermera que no lo desamparaba durante todo el día, y muy cerca de la clínica donde tenía que realizarse periódicamente las diálisis.

Su lugar favorito de su casa era su fonoteca, donde instaló una mecedora donde no se cansaba de escuchar música colombiana, "Los compositores del ayer, íqué falta nos hacen artistas de esa talla!", afirmó en la misma entrevista, mientras que en el fondo escuchaba una de sus canciones interpretadas por Garzón y Collazos, su dúo favorito.

Allí se encuentran todas las versiones de las 170 de sus canciones que fueron grabadas, entre ellas algunos temas en la voz de Vicente Fernández, pues el Rey de la Ranchera siempre le profesó su admiración total.

Fueron 35 años luchando contra la diabetes, una enfermedad que sabía bien no tenía cura, pero que hasta último momento intentó controlar. "Es una enfermedad maldita, casi no me deja salir de mi casa y ataca el cuerpo de pies a cabeza. Unas veces no escucho, otras, lo que se me va es la vista, pero lo que me enfurece es cuando la voz me deja. Cuando no estoy hablando, estoy cantando, pero pocas veces guardo silencio, pero la diabetes me obliga a eso".

De inmediato reflexionaba, dejaba de lado las quejas y le daba gracias a Dios, porque durante años, se la pasó viajando por el país, "creo que he visitado más municipios que Jorge Barón", afirmaba entre risas el maestro, y también tuvo la oportunidad de recibir homenajes e invitaciones en diversas partes del mundo.

Recordaba bien el intenso frío de Moscú, cuando el gobierno ruso lo condecoró, mientras que tuvo que declinar muchas otras invitaciones por indicaciones médicas.

EL PODER DE LA MÚSICA

Pero si su cuerpo no le permitía casi salir de su casa, con la música no paraba de viajar y al escuchar una de sus canciones, de inmediato viene a su memoria la historia que había detrás de ellas. No había canción que naciera por el azar, cada una era una vivencia, una experiencia propia.

El autor de obras como "Espumas", tenía otro amor, además de la música. Su profesión era la de médico cirujano, a la cual le dedicó 53 años de su vida, por eso, como pocos de sus colegas compositores, estaba tranquilo con su pensión.

No se cansaba de invitar a los jóvenes músicos para que se interesaran en la música colombiana, "no sólo por lo Caribe, lo Andino cuenta con una riqueza enorme. El compositor debe apostarle a crear canciones antológicas, que perduren a través del tiempo y que no estén pegadas a la moda, que sólo dura unos meses".

Él hacía parte de los músicos que nacieron siendo músicos, pues su primera canción se remonta de hace 76 años, a la edad de cuatro años en la finca El Cedrón (Huila), lejos de conocer de partituras y técnicas musicales.

Lejos de querer cumplir con lo que plasmó en su bambuco "Vieja Hacienda del Cedral", Villamil no quería que lo sepultaran en su casa paterna. Deseaba ser cremado y que sus cenizas se esparcieran por el Magdalena, el río que le sirvió de inspiración a tantas de sus canciones. "No quiero llanto, nadie lo quiere, me encantaría que fuera una celebración, con mi música sonando, voladores y el infaltable aguardiente".

De ahí que mañana sus amigos, colegas y admiradores lo despedirán en la Catedral Primada de Bogotá y luego su familia le cumplirá su última voluntad.

EN SU MUSEO

Hace algunos años, su casa estaba llena de sus reconocimientos y verdaderas piezas de colección sobre su vida artística. Sin embargo, a pedido de la Gobernación del Huila, todo se trasladó a Neiva, donde se realizó el Museo Villamil, en homenaje a este gran compositor.

En este museo están las primeras grabaciones de sus canciones, que datan del año 1959, cuando ‘Los Tolimenses’ las llevaron al acetato, mientras que Villamil alternaba su tiempo entre sus actividades de médico con su gestión como mediador de paz entre el gobierno de Alberto Lleras Camargo y las guerrillas del sur del país.

El visitante a este museo encuentra las historias detrás de las canciones, las relaciones de Villamil con los campesinos, que le dieron paso a temas como "El matuno", "El guacirqueño", "La vaquería", "El betaniense" y "Los pescadores", entre otros.

La oportunidad de conocer cómo, a través de una decepción amorosa, Jorge Villamil se inspiró en un paseo al río Magdalena y compuso "Espumas", el romántico pasillo que lo convertiría en un hombre famoso en América.

De dicha canción, según el propio compositor, existen más de 80 versiones en todo el mundo, "Pero la mejor interpretación es la de Garzón y Collazos, por encima de cualquier otra".

No es gratuito que rápidamente sus canciones llegaran a manos de compositores mexicanos. En 1968 se estableció en México, para realizar una especialización médica. Allí tuvo la oportunidad de conocer artistas como José Alfredo Jiménez, Pedro Vargas, Marco Antonio Muñiz y Los Panchos, algunos interpretando sus canciones.

En tierras mexicanas nacieron más de 15 canciones, como "El barcino", "Oropel", "Penas al viento", "Sólo recuerdos", "Entre cadenas" y "Ocasos", entre otras.

Pero según el artista, lo más importante de su paso por tierras aztecas, fue su conocimiento en derechos de autor, los mismos que años más tarde aplicaría en Colombia.

"Me di cuenta lo que faltaba, unirnos y fortalecer Sayco, en los años setenta. No fue fácil, pero contamos con la participación de José A. Morales, Rafael Escalona, Lucho Bermúdez y José Barros".

DENTRO DE SU OBRA

Su cancionero, según los expertos, es complejo, debido a la variedad de ritmos y temáticas que ha manejado. De acuerdo con el libro "Las huellas de Villamil", de Vicente Silva, sus canciones se pueden estudiar en seis grandes apartados: clásicas (Oropel, Al sur, Espumas), románticas (Soy cobarde, Brumas, Noche de azahares), descriptivas (Portón de la Frontera, Así es Colombia), crónicas (Llano Grande, El embajador, El detenido), folclóricas (El huilense, La mistela, La barbacoa) y las elaboradas en compañía de otros autores o con base en otras obras.

Su legado, grabado, está compuesto por: 31 valses, 24 pasillos, 24 sanjuaneros, 23 bambucos, 17 boleros, 15 rajaleñas, ocho pasajes, cinco guabinas, cinco bambucos fiesteros, cuatro cañas, cuatro porros, tres paseos, dos cumbias, dos baladas, dos boleros morunos, un bolero ranchero, un calipso y un pasodoble.

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