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El muro del miedo se tambalea en Egipto

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Hombres y mujeres de todas las edades, familias con adolescentes y niños abarrotaron hoy la plaza Tahrir de El Cairo, venciendo el miedo que muchos reconocer sentir, para demostrar que su voluntad de derrocar al presidente Hosni Mubarak sigue viva, tras dos semanas de protestas.

“Debemos mantener una presencia muy fuerte en la plaza”, explica a la AFP Mohammed Nizar, de 36 años, temeroso de que las fuerzas pro Mubarak, organizadas según él por la policía, vuelvan a atacar a los manifestantes si el movimiento se debilita, cuando se cumplen dos semanas de la primera protesta.     

“La gente desconfía del gobierno (...); piensan que les pueden agredir si el número de manifestantes disminuye”, agrega, en momentos en que el retorno a cierta normalidad amenaza con apagar la participación.     

“Vamos a respaldar a los que ya están dentro, ellos son la primera línea de defensa”, afirma su amigo Mahmud el Nagar, de 26 años.     

Varios miles de manifestantes acampan desde hace días en la plaza Tahir (plaza de la Liberación), convertida en símbolo de la sublevación, resguardados en carpas o cubiertos simplemente con mantas, muchos de ellos al pie de los tanques que bloquean los accesos.     

Pese al riego de una nueva explosión de violencia, varios miles más suman a ellos durante la tarde, entre banderas egipcias y estruendo de bocinas. Cantan “somos el pueblo, somos el poder” y permanecen en el espacio protegido por las barricadas, porque si se desplazan se convierten en un blanco fácil para los agitadores.     

Con una expresión de seriedad en el rostro, grupos de mujeres jóvenes se dirigen, a menudo en silencio, hacia la entrada de la plaza, cerrada por el ejército con espesos rollos de alambrada que dejan un estrechísimo paso por el que filtrar el acceso.     

Algunas van vestidas de negro de la cabeza a los pies, otras ataviadas al estilo occidental, algunas ni siquiera se cubren la cabeza con un pañuelo musulmán. Muchas llevan de la mano niños de corta edad.     

Ante el avance de los periodistas extranjeros se niegan a hablar y aceleran el paso. Muchos hombres rehuyen también las preguntas.     

Desde los violentos ataques contra miembros de la prensa extranjera, la semana pasada, ha aumentado la desconfianza.     

Las fuerzas de seguridad orden impiden la entrada a la plaza a todos los corresponsales desprovistos de una acreditación oficial, imposible de obtener hasta ahora dado que el servicio de prensa del ministerio de Interior permaneció cerrado.   “Obedecemos órdenes, además debemos evitar la presencia de espías extranjeros”, afirma tajante un militar armado.     

La semana pasada, un ataque de partidarios de Mubarak dio lugar a una batalla campal que dejó 11 muertos y centenas de heridos,s egún un balance oficial.     

En quince días de movilización, el balance es de al menos 300 muertos, según un balance no confirmado de la ONU, y los manifestantes lamentan que sus demandas sigan sin respuesta y Mubarak se aferre al poder.     

Sin embargo para algunos el cambio está en el aire y ya no hay marcha atrás. “La juventud de hoy está abierta al mundo, no tienen miedo, no se someten como nuestra generación o la de nuestros padres”, afirma Amor Kalia, taxista de 57 años, acostumbrado a años de represión política y brutalidad policial.     

“Cuando veo a estos jóvenes a los que les disparan y siguen avanzando, pidiendo libertad, pienso que los tiempos han cambiado, que el miedo ha terminado y que nunca más habrá dictadura”, afirma esperanzado.     

Pero no todos los jóvenes defienden el cambio. Samar Adel y Samah Yheia, ambas de 15 años, acuden por primera vez a una de estas protestas, más por curiosidad que por simpatía.     

“Amo a Egipto, amo a Mubarak y no me gusta lo que está pasando. La gente detrás de los disturbios no son buenos egipcios. Vengo porque quiero verlos en persona, ver quién es esta gente”, afirma Samar, vestida como cualquier adolescente occidental, aunque con el cabello cuidadosamente cubierto por un pañuelo rosa.     

Samah, por su parte, afirma “temer la violencia” que las protestas están provocando.

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