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El padre Escobar, un colombiano ermitaño de los tiempos modernos

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Hijo de colombianos acaudalados, el padre Darío Escobar dejó familia y fortuna para instalarse en un lejano valle del Líbano donde, desde hace nueve años, hizo realidad su sueño: convertirse en ermitaño.

“Quien ha probado esta vida no quiere otra”, dice el padre Darío, de 75 años de edad, en una de las escasas entrevistas que ha otorgado en la ermita de Hawka, construida en una cueva del valle de Qadicha.
Apodado “el valle de los santos” a raíz de los numerosos conventos y ermitas que alberga, este territorio es “el lugar ideal para la plegaria y la soledad”, dice el padre Darío.
En la cumbre de un escarpado sendero de varios kilómetros, el caminante puede entrever a veces la silueta del asceta, que se asemeja a una aparición.
“Aquí, alcanzo una paz interior a la que no renunciaría ni siquiera a cambio de la mayor de las fortunas”, dice el ermitaño.
Y sin embargo, el padre Darío ha conocido la riqueza. “Era un hombre acaudalado”, dice, con sus ojos risueños y el rostro surcado de arrugas.

SU VIDA EN COLOMBIA
Natural de Medellín, Darío Escobar, que señala que no tiene ningún parentesco con el célebre traficante de droga Pablo Escobar, cuenta que heredó de sus padres. Pero, “el dinero nunca me hizo feliz, por el contrario me aportó dolores de cabeza”, dice, agregando que “abandonó todo” respondiendo al “llamado de Dios”.
“Vivíamos en una casa cómoda en un barrio elegante”, dice refiriéndose a sus padres y a sus seis hermanos y hermanas. Pero cambió todo eso por una vida de ermitaño.
Una piedra a modo de almohada, una placa de madera y una fina colchoneta como cama, una cruz, una vela y un despertador componen el mobiliario de su minúsculo “dormitorio”. “Ahora ya no podría dormir con almohada”, afirma sonriendo.
“Como lo que cultivo. Lo que no puedo preparar aquí, me lo traen del convento”, agrega.
Su menú, exclusivamente vegetariano, se compone de habichuelas, cebollas, papas. “Como ermitaño, vivo en la pobreza absoluta y soy más feliz así”, dice.
“Sin periódicos, sin teléfono, sin televisión, sin radio y, por supuesto, ¡sin Internet ni Facebook!”, precisa el ex profesor de teología y psicolo-gía, que se viste con una ajada sotana.
Del mundo exterior, sólo sigue fascinándole una antigua pasión: el fútbol, confiesa.

DÍA A DÍA
Su verdadera vida cotidiana son 14 horas consagradas al rezo, tres a cultivar su huerto, dos a la lectura de libros místicos y cinco a dormir.
“No tengo derecho a dormir más... ni a cortarme la barba”, explica.
En su pequeño escritorio, un cráneo preside la biblioteca compuesta de libros sobre la vida de santos.
“Es para prepararme para la muerte”, explica.
En esa vida de silencio, el padre Darío asegura que no se aburre nunca, y señala incluso que su vida es menos austera que la de otros.
“Hay otro ermitaño en el valle, pero él no habla nunca con nadie desde hace años”, dice.

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