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"Los dedos que habían abusado de mi cuerpo, me ofrecían la hostia al día siguiente"

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“Aunque sucedió hace más de 50 años, es imposible olvidarlo”, afirma la irlandesa Marie Collins, de 64 años, única víctima invitada a un simposio sobre pedofilia organizado en el Vaticano, al rememorar el calvario vivido por los abusos sexuales de un sacerdote.

“Acababa de cumplir 13 años y estaba en una etapa muy vulnerable, la de una niña enferma en el hospital, cuando un cura abusó sexualmente de mí. No conocía la sexualidad y mi inocencia se agregó a mi vulnerabilidad.

Tomaba la religión católica muy en serio y acababa de hacer la confirmación. Estaba enferma, inquieta y por primera vez lejos de mi casa y de mi familia. Me sentí más segura en el hospital cuando un capellán católico vino a visitarme para las lecturas de la tarde. Desgraciadamente esas visitas vespertinas cambiaron mi vida.

El cura había salido del seminario unos años antes pero ya tenía experiencia en el abuso de menores, yo no podía saberlo. Me habían enseñado que un cura es el representante de Dios en la tierra y automáticamente contaba con mi confianza y mi respeto.

Cuando comenzó a manosearme sexualmente, pretendiendo al principio que era un juego, quedé conmocionada, resistí, le pedí que parara. Pero no se detuvo. Mientras me manoseaba me decía que él “era un sacerdote” y que “no podía actuar mal'. Sacó fotos de mis partes más íntimas y de mi cuerpo y me dijo que era 'estúpida' si pensaba que actuaba mal.

Recé para que no lo hiciese más... pero volvió a la carga.

El hecho de que mi agresor fuese un cura agregó mucha confusión en mi espíritu. Esos dedos que habían abusado de mi cuerpo en la noche anterior me ofrecían la hostia al día siguiente. Las manos que habían fotografiado mi cuerpo expuesto, sostenían a la luz del día un libro de oraciones cuando es-cuchaba mi confesión. 

Cuando salí del hospital, ya no era la misma. Ya no fui más la niña confiada, despreocupada y feliz. Estaba convencida de que era mala.

No me volví en contra de la religión, sino en contra de mí misma. Pasé sola mi adolescencia, manteniendo a todos a distancia para que nadie descu-briese hasta que punto era mala, sucia. 

Este constante sentimiento de culpabilidad me llevó a una profunda depresión y a problemas de ansiedad suficientemente serios como para necesitar tratamiento médico cuando tenía 17 años. Después vinieron largas hospitalizaciones.

A los 29 años, conocí a un hombre maravilloso, me casé y tengo un hijo. Pero no conseguía superar la depresión. 

Tenía 40 años cuando hablé por primera vez de mi agresión a mi médico de cabecera. Me aconsejó que advirtiera a la Iglesia. Pedí cita con un cura, que rechazó tomar el nombre del agresor y me dijo que probablemente era culpa mía. Esta respuesta me destrozó.

Diez años más tarde, la prensa cubrió ampliamente la serie de abusos sexuales por parte de curas. Por primera vez comencé a comprender que mi agresor se lo había hecho quizá a otros. Le escribí a mi obispo.... 

Aquí comenzaron los dos años más difíciles de mi vida. El cura que me había agredido estaba protegido por sus superiores. Le dejaron (seguir) durante meses en su parroquia, donde preparaba a los niños para la confirmación. 

Me trataban como a alguien que quería atacar a la Iglesia, hubo obstrucción a la investigación policial. Estaba destrozada. El arzobispo pensaba que mi agresión era “antigua” y que hoy no estaría bien ensuciar la reputación de ese cura. 

Cuando hablé a las autoridades del hospital donde se produjo la agresión, recibí una respuesta muy diferente. Se preocuparon por mí, me aconseja-ron y recurrieron inmediatamente a la policía.

Al cabo de una larga batalla, mi agresor fue llevado ante la justicia y encarcelado por sus crímenes contra mí. Fue nuevamente encarcelado el año pa-sado por reiteradas agresiones sexuales contra otra niña, un cuarto de siglo después de haber abusado de mí. 

Esos hombres pueden cometer abusos durante toda su vida dejando tras de sí un cortejo de vidas destrozadas.

El comienzo de mi curación se produjo el día en que mi agresor reconoció su culpa. Estuve en tratamiento aún durante casi dos años, pero desde entonces nunca más estuve hospitalizada por problemas mentales. 

Lo mejor de mi vida comenzó hace quince años cuando mi agresor compareció ante la justicia. Durante esos años trabajé con mi diócesis y con la iglesia católica en Irlanda para mejorar la protección de los menores. Mi vida ya no está destrozada. Tiene sentido y valor”.

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