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Los médicos de Ciudad Juárez, blancos de la violencia

Sometidos a extorsiones, secuestros y asesinatos, los médicos de Ciudad Juárez, en el norte de México, se ven cada vez más obligados a dejar de atender a sus pacientes o huir de esa ciudad, la más violenta del país. 

Elsa Maldonado, pediatra, ejerce sola desde hace un año. Los demás consultorios del centro médico están vacíos. En una esquina hay unas flores secas, cerca a un vidrio roto por las balas. Sus colegas han partido, de un día para el otro, muchos dejando su equipo médico en el lugar.     

Ella es la última en ofrecer consultas públicas. Con la mirada inquieta, accede a reconstruir el éxodo de sus socios.     

“El ginecólogo fue asesinado de muerte hace tres años y desapareció sin dejar noticia. Al otorrinolaringólogo le robaron el auto amenazándolo con una pistola y jamás volvió. El médico general viene solamente unas hora por día”, dice Elsa.     

Con la intensificación desde 2008 de la violencia atribuida al narcotráfico en esta ciudad de 1,2 millones de habitantes fronteriza con Estados Unidos, los médicos se han convertido en blanco de las acciones del crimen organizado tanto por sus ingresos como por su vulnerabilidad.     

Las bandas de pistoleros, que responden a los intereses de los carteles de Juárez o de Sinaloa, campean por la ciudad.     

Al menos nueve médicos han sido asesinados y 21 secuestrados en los últimos dos años según cifras del Comité Médico Ciudadano de Ciudad Juárez. Leticia Chavarría, integrante de esta organización estima que “cerca del 70% de los consultorios privados de la ciudad han cerrado desde 2008”.     

Ella misma tuvo que dejar su trabajo como médica de los empleados de una  maquiladora, fábrica de ensamblaje que aprovecha los bajos costos laborales para abastecer desde México el mercado estadounidense.     

“Tras un asalto a mano armada, la empresa decidió cerrar mi consultorio. Luego empecé a atender pacientes de manera clandestina, en un local anónimo y no adaptado”, señala.     

Para esta médica, la situación más dramática es la de sus colegas que tras cerrar los consultorios tienen que trabajar como empleados de farmacias de bajo costo, que les pagan unos tres dólares por paciente. “Es imposible vivir así”.     

Miguel García, responsable de una clínica privada, no esconde su preocupación por la seguridad de las instalaciones de ese centro médico.     

“Hemos reducido el horario de atención y dejado de atender a pacientes que nos son totalmente desconocidos. Tenemos guardias armados con pistolas eléctricas y comunicados permanentemente por radio”, dice con voz pausada, pero sin perder la sonrisa.     

“Los médicos tenemos que aprender a cambiar de vehículos y de trayectos todos los días”, agrega al recordar que la clínica ha sufrido seis asaltos a mano armada en tres años, para robar los ingresos del día.     

La indefensión de los médicos es total: “basta con que un paciente entre a tu consultorio, se siente frente a tí y saque una pistola”.     

García estima que ha tenido una caída de su actividad del 60% y no oculta su deseo de irse. “Me he fijado como fecha límite un año. Si la situación no mejora en ese lapso, nos vamos”.     

La pediatra Maldonado conoce esa experiencia pues tuvo que dejar  temporalmente la ciudad. Cuenta que su hermana “recibió una información según la cual yo estaba en una lista de blancos potenciales de una banda de secuestradores. Me tuve que ir, junto a mi familia al sur del estado de Chihuahua”.     

Sin posibilidades de ganarse la vida con otro trabajo, decidió regresar a Ciudad Juárez tras el arresto de la banda el año pasado.     

“Volví al mismo consultorio, a los mismos horarios y utilizo el mismo auto. No he cambiado nada, porque no creo que ellos (los criminales) nos puedan poner de rodillas. Si me pasa algo, que Dios me ayude”.

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