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Pobreza en todos los estados, la otra clave de la revuelta en Libia

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Mustafá abre la puerta de chapa y luego de atravesar unas mantas viejas colocadas a modo de cortina, enseña la “casa” que alquila con su madre y su hermano en el barrio de Al Barka de Bengasi (este), y que no consta más que dos habitaciones oscuras, con el piso de tierra y en las que apenas se puede respirar. 

La opresión política y la falta de libertades son mencionadas a menudo como dos de los motores que impulsan las protestas populares que corren como reguero de pólvora en el mundo árabe, pero la pobreza, en muchos casos llevada al extremo de la miseria, también desempeña un papel importante. 

Barrios como Al Barka, en el centro de Bengasi (1.000 km al este de Trípoli), son una prueba de las condiciones más que difíciles en la que viven muchas personas en Libia, donde el régimen del coronel libio Muamar al Gadafi enfrenta una revuelta sin precedentes en sus 42 años en el poder. 

Casas bajas de paredes descascaradas o medio derruidas y bolsas de basura amontonadas en cada esquina marcan el paisaje urbano de esta zona en la segunda ciudad de Libia, un inmenso país de más de seis millones de habitantes rico en hidrocarburos. 

Libia se encuentra en el puesto 53 del Indice de Desarrollo Humano (IDH) de la ONU  y en el puesto 63 de Producto Interior Bruto (PIB) nominal per cápita (unos 9.00 dólares anuales) a nivel mundial, en ambos casos a la cabeza de Africa. 

Sin embargo, esta riqueza, como en muchas partes del tercer mundo, no parece correctamente distribuida en la población. 

Mustafá tiene 24 años y trabaja como mecánico en una compañía estatal de mantenimiento de parques desde hace cinco años. Su salario es de 200 dinares mensuales (un poco más de 150 dólares), bastante menos que la media de 500 que puede cobrar un empleado bancario o administrativo en Libia. 

“Entre lo que necesitamos para cubrir el alquiler y la comida, no nos alcanza para llegar a fin de mes”, dice a la AFP este joven antes de proponer una visita a su casa. 

Al entrar, el panorama es más que desolador: en una pequeña habitación oscura y húmeda que sirve de dormitorio hay tres camas de una plaza en las que duermen su hermano, su madre y él. 

En la otra habitación hay ropa y mantas colgadas, ollas en el piso con restos de comida, una vieja cocina, un lavarropas que no funciona y un mueble lleno de objetos donde asoma alguna vajilla. Detrás, un pequeño cuartucho sucio sirve de baño. 

La madre de Mustafá, Nurel, trabaja en el sector de limpieza de una compañía estatal. Gana 130 dinares por mes. El alquiler les cuesta 80 dinares, lo que les deja un total de 250 dinares para vivir. 

“A veces voy a lavar platos y vajillas en bodas para tratar de ganar algo más, pero igual no es suficiente. Conozco a mucha gente pobre, pero están un poco mejor que nosotros”, admite esta mujer de rostro sufrido, que ha criado sola a sus hijos. 

No lejos de la casa de Mustafá, está el pequeño taller de Rejab, un electricista de 45 años, casado y padre de cuatro hijos, todos menores. 

“Para poder mantener a mi familia necesito unos 750 dinares mensuales. Con lo que gano llego más o menos de fin de mes, pero es imposible ahorrar algo”, indica, explicando que su margen de ganancia no ha dejado de reducirse en los últimos años a raíz del aumento de lo insumos que necesita para su trabajo. 

“Un rollo de cable de cobre que hacía dos años me costaba 2 dinares, ahora me cuesta 17”, pone como ejemplo. 

Para Rejab, un cambio en la situación política del país y la llegada de algún tipo de ayuda, por ejemplo para el alojamiento, representa una esperanza. 

“Si Dios quiere, cuando se vaya Gadafi estaremos mejor”, afirma. 

Samir El Magrebi tiene 34 años y tres hijos. Trabaja en el puerto de Bengasi cargando y descargando mercaderías. Gana 200 dinares y vive con su familia en una habitación de la casa de sus padres en otra barriada muy humilde, El Zeitún. 

“En casa compartimos todos los ingresos”, dice, explicando que a su salario se suma la pensión de su padre, de 290 dinares mensuales. 

“Somos seis hermanos y tres hermanas y apenas tres de los nueve tenemos trabajo. Encontrar hoy en día un empleo es muy difícil, casi imposible”, agrega. 

“Lo primero que necesitamos que mejore después de la revolución son las cuestiones de la vivienda, el empleo y los salarios. Es lo que todos esperamos, que la situación mejore”, concluye.

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