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Las tres muertes de Balanta

De repente, usted cae en un estado de inconsciencia abismal, como si se hundiera vertiginosamente en un pozo profundo, oscuro y frío; y mientras cae, todo se le olvida. Se olvida, incluso, de que se llama Gustavo Balanta Castilla y de que aún no ha cumplido 50 años, pero son tres los zarpazos que la muerte –triste fracasada-- le ha tirado sin éxito.

De pronto, usted despierta con la mirada acuosa. Pero, entre el vidrio movible de la nata que le empaña los ojos, alcanza a divisar algunos rostros conocidos, caras compungidas que no pueden reprimir las lágrimas, pero que al mismo tiempo se sorprenden cuando lo ven emergiendo del pozo profundo con la misma sonrisa sarcástica que le han conocido desde siempre. Y se sorprenden aún más cuando usted no pronuncia ese “¿qué pasó?” que suelen musitar todos los moribundos, no. En vez de eso, usted los apabulla con la hilaridad de su boca entreabierta, pero se pregunta a sí mismo: “¿ajá, y entonces? ¿Por qué no me he muerto?¿Cuál es el cuento?”.

Es esta su tercera muerte, maestro Balanta, y usted se pregunta si en realidad lo perdonó la parca o logró burlarla. Pero más que preguntas, lo que corre por su mente es el rollo de una película que ha significado varios apuros de salud, que no sólo lo enferman a usted sino también a toda su familia y amigos.

Ahora recuerda su primera muerte. Fue en 2001. Estaba recluido en la Clínica General del Norte. La segadora apareció ataviada con los colores de la diabetes que lo atosiga... ya usted sabe desde cuándo. Con ella venían las dagas de su arritmia cardíaca, su retención de líquidos, su isquemia cerebral y su hipotiroidismo. Mientras usted, paulatinamente, se iba hundiendo en el pozo oscuro y profundo, los ojos de Nevis, su hermana; y los de Amaury Padilla, su amigo, intentaban halarlo con algunas sogas de lágrimas que, a la larga y a la corta, tenían menos fuerza que el impulso misterioso que lo obligaba a sumergirse sin remedio.

Sin embargo, usted no estaba triste ni alarmado. Tampoco feliz, por supuesto, pero experimentaba una paz infinita, un descanso indescriptible como nunca antes lo sintió en sus más de 40 años de vida revolucionada. Le hubiese gustado quedarse ahí descansando para siempre, pero alguna energía enigmática lo tiraba hacia la superficie del pozo. Su hermana y su amigo corrían en busca de las enfermeras. Las enfermeras corrían  en busca del médico. El médico corrió hacia la orilla de la cama en el mismo instante en que  usted venía trepando a contramuerte; y, apenas le vio la cara al galeno, dijo con su voz de borracho: “Quítenme ese médico, que me está matando”.

Y se lo quitaron, pero permaneció unos días más en el hospital hasta que logró reponerse totalmente, tal vez por la energía positiva que le enviaban sus colegas periodistas desde las emisoras o, tal vez, por las visitas de sus compañeros de las comunidades menos favorecidas de Cartagena y Bolívar. Y usted volvió a recordar que, a lo mejor, por ellos sintió que no debía aceptar el cheque de tranquilidad, esa sensación de paz insondable que le estaban ofreciendo en medio de la oscuridad del pozo.

A usted le gusta coleccionar recuerdos, maestro Balanta, no diga no. No importa si son los suyos o los ajenos, al fin y al cabo siempre coinciden en la imagen del Balanta flaco, pero fuerte; pequeño, pero enérgico hasta para pronunciar unas palabras de bienvenida o el discurso más encendido ante cien compañeros de lucha.

Le gusta recordar también que esa velocidad con que caminaba y discurseaba se fue acortando con los desgarrones de la isquemia cerebral; y que ese rostro resplandeciente y senegalés, que solía iluminarse a fuerza del fulgor de su propia risa, se fue inflamando con la retención de líquidos, que tampoco logra retener la militancia social que le encargaron sus dioses afroantillanos.

Recuerde ahora, maestro Balanta, su segunda muerte. Fue en 2012. Usted acababa de llegar de Washington. Atrás dejaba una temperatura de 2 grados centígrados. Su sangre se estaba congelando, pero Olafi, el Dios de todo el universo, le permitió regresar a tiempo, aunque no pasó de Bogotá. En esa clínica privada, de cuyo nombre no quiere acordarse (usted que tanto recuerda), volvió a sumergirse en el pozo oscuro, pero esa vez no hubo la tranquilidad   inefable de la primera, sino un deseo irresistible de suplicar que lo dejaran regresar a la orilla.

“¿Por qué debo irme, si todavía tengo bastante que hacer?”, se preguntaba en medio de la penumbra, donde una serie de luces exóticas se movían por todas partes y de manera incomprensible, mientras su corazón marchaba penosamente al 20% de sus posibilidades. Una semana permaneció metido en esa ignota depresión, pero logró romper la guadaña que nuevamente intentó partirle la cabeza.

¿Recuerda el 2014, maestro Balanta? Allí ocurrió su tercera muerte. Fue en la Clínica Madre Bernarda. Los especialistas le diagnosticaron una hipoglucemia. No obstante, hacían  hasta lo imposible por arrebatárselo a Doña Fría, pero usted se fue hundiendo en el pozo oscuro, ahora con más velocidad que antes. Esa vez no hubo sensación de paz, no hubo reflexiones ni lamentos ni nada. Perdón, sí hubo nada. Usted estaba perdido en la nada, una especie de acantilado sin fondo en el que se cae, se cae y se cae sin que se piense ni se sienta algo.

“Se nos va”, le cuentan que dijo el médico. Algún pronosticador de desgracias le informó a su colega Rodrigo Ramírez que el fin había llegado. Pero, en contra de cualquier vaticinio, usted volvió a salir del pozo con la misma tranquilidad que lucía en las redes sociales que pretendían adelantarse a los acontecimientos.

Van tres veces en las que usted ha visto el arma puntiaguda de La Pálida intentando aterrizar en medio de su kufi, pero la tercera vez usted le gritó con la fuerza de sus mejores años: “no le tengo miedo, señora”. Y usted sabe que ese viaje a Cuba le sirvió para eso, para gritar hacia adentro, hacia su propia conciencia. La liturgia lucumí, Eleguá y Ochún (sus padres en la dimensión de la santería) están haciendo el milagro, pero con el permiso de Olofi, el dios de todos los hombres.

Así que la lucha empieza, maestro Balanta. Dese el gusto, entonces, de saber qué es un medio siglo conociendo los secretos de este mundo y del otro.

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