¿Qué pasó el 11 de noviembre de 1811?

// MIGUEL MONTES - EL UNIVERSSAL -
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CASA DE PEDRO ROMERO

En la propia casa de Romero en la Calle Larga se estableció el Cuartel de los golpistas, mientras que Gabriel y Germán Gutiérrez de Piñeres maniobraban por lo alto, cosa que no les era tampoco difícil, pues que el propio Germán era miembro de la Junta de Gobierno.

Originalmente, el levantamiento popular estaba previsto para el 10 de noviembre, pero algunas complicaciones lo hicieron posponer para el 11.

Aquel día, desde temprano, los dirigente populares empezaron a concentrarse en casa de Romero y, probablemente en otros cuartelillos distribuidos en el arrabal. Se sabía que en esa fecha habría de sesionar la Junta y que Germán Gutiérrez de Piñeres sometería a discusión la declaratoria de independencia absoluta, como lo hizo en efecto.





RUMBO A LA CIUDAD

Los emisarios que iban y venían desde el Palacio de Gobierno hasta Getsemaní, trajeron de repente la noticia de que la Junta levantaría la sesión dejando sin resolver el asunto de la declaratoria. En seguida se dio la orden de marchar sobre la ciudad, y, en breves momentos, mientras los "Lanceros de Getsemaní" se interponían entre el Cuartel del Fijo y el Palacio de Gobierno, y se apoderaban de los principales baluartes, cuya artillería volvieron de afuera hacia dentro en forma amenazante, el pueblo getsemanisense, en belicosa actitud, se movía desde la plaza de la Trinidad y la Calle Larga hacia la Boca del Puente, no sin antes detenerse para escuchar la arenga encendida que frente a la iglesia de San Francisco, el Presbítero Nicolás Mauricio de Omaña pronunciaría antes de incorporarse al movimiento popular.

Penetró entonces el pueblo al recinto amurallado.



ARMAS PARA EL PUEBLO

Luego de romper las puertas y asaltar la Sala de Armas, en la plaza de la Aduana, de donde extrajo lanzas, cuchillos y armas de fuego cuantas necesitaba para sostener la revolución, el pueblo se dirigió al Palacio de Gobierno. Una vez allí, solicitaron a través de sus voceros que la junta aprobara su petición de independencia.

Don Manuel Marcelino Núñez, protagonista de estos hechos, porque era de los conjurados, los refirió así muchos años después:

De las 9 a las 10 de la mañana del día Once de Noviembre, hallándome yo en mi tienda, como de costumbre, perci-bí el bullicio del pueblo de Jimaní, que agrupado en masa volaba hacia la puerta del Parque o Sala de Armas, para forzar la puerta y armarse. Cerré mi tienda, y dirigiéndome al Parque, vi que ya salían de él un puñado de valientes, armados unos con fusiles, otros con lanzas y otros con puñales, y todos dirigiéndose al frente del Palacio donde ob-servé que por momentos iba aumentándose considerablemente el número.



EL REGIMIENTO DE EL FIJO

Dice sobre el papel del regimiento del fijo Manuel Marcelino Núñez:

Dirigirme entonces a mi cuartel, y allí encontré ya reunido todo el batallón. Llegó el momento de que yo manifestase, como lo verifiqué al Comandante y Oficialidad, lo que se intentaba, y pasadas dos horas, poco más o menos, recibió el Comandante de mi cuerpo orden del Presidente de la Junta de Gobierno, para que fuese yo, con mi compañía, al frente del Palacio. A solicitud del Dr. Muñoz fue que expresamente se me designó a mí. Yo escogí en todo el batallón cien hombres de los que creí más aparentes, para el caso de que hubiera necesidad de defendernos contra cual-quiera oposición, y me presenté al frente del Palacio a la cabeza de aquella fuerza, acompañado de los mismos Ofi-ciales de mi compañía, Teniente Hipólito de León y Alférez Ciprián Begambre. En mi marcha hacia el Palacio de Go-bierno, fui informado de que ya la Junta había acordado la Independencia, y de que se iba a publicar por bando, para lo cual debía de servir de escolta la fuerza que yo mandaba".  



LA DECLARACIÓN DE INDEPENDENCIA

La pugna entre piñeristas y toledistas llegaba a un clímax patético que hacia presagiar actos de violencia sangrienta. Unos "comisionados del pueblo" subieron entonces al recinto para exponer las pretensiones populares. Eran Ignacio Muños, y el Presbítero Omaña. Sus exigencias eran: que se declarase de inmediato la independencia absoluta; que se dividiera el Gobierno en tres poderes separados, ejecutivo, legislativo y judicial; que se extinguiera el Tribunal de la Inquisición; que los empleados del Regimiento Fijo y del Consulado de Comercio se diesen a los americanos; que cesaran las pesquisas por los sucesos de Mompós, y finalmente que se devolvieran al Presbítero Omaña unos fusi-les pertenecientes al Gobierno de Cundinamarca, que el mencionado clérigo había traído consigo de los Estados Unidos, y de los que la Junta se había incautado, para presionar así a la capital del virreinato a que remesara fondos para el sostenimiento de la plaza. En aquel episodio se entremezclaban elevados motivos de carácter político, con pretensiones menores que delataban a la legua la intención de política local que iba envuelta en todo el movimiento.

La tempestad llegó al cúlmen. En vano García de Toledo hizo esfuerzos para defender su política cautelosa y de-mostrar que aquella declaración debía ser obra de la Convención próxima a reunirse, entre otras cosas, porque en aquella Junta no estaban representados los otros municipios que componían la Provincia y Gobernación de Cartage-na, los cuales, por decisión aislada de su capital, iban a quedar involucrados dentro de una determinación en la que no habían tenido voz ni voto.

Pero nadie atendía razones, y mucho menos el pueblo que vociferaba, enardecido. La muchedumbre invadió el salón de sesiones, presionando a quienes se habían manifestado partidarios de posponer la declaratoria, como lo quería García de Toledo. Algunos amigos de García Toledo trataron de defenderse y de defender a éste, pero ya la revolu-ción estaba en marcha. Pronto la Junta toda, incluso García de Toledo, aceptó las exigencias del pueblo, y procedió a proclamar la Independencia Absoluta, sin condiciones, con respecto a España, y a firmar el Acta respectiva, que ya se hallaba, redactada de antemano.

Un destacamento de cien hombres del Regimiento Fijo salió entonces de su cuartel para respaldar el movimiento popular, y de inmediato, la Junta dio orden de solemnizar, mediante la lectura de un bando. La decisión tomada por aquella, poniendo Ser Supremo por testigo, de separarse para siempre del poder español, y de derramar "hasta la última gota de nuestra sangre antes que faltar a tan grave comprometimiento".

 Estos sucesos los narró Manuel Marcelino Núñez con las siguientes palabras:

"Cuando veíamos ya venir hacia nosotros unos cien hombres, poco más o menos, del Regimiento Fijo, el General Anguiano, que vivía en la casa que hace esquina frente al Palacio, salió a su balcón, y dirigiéndose al pueblo dijo que, según se había acordado, cada cuerpo debía dar una escolta o compañía para solemnizar la publicación del bando, y que con ese objeto era que venía la compañía del Fijo. Tranquilizóse el pueblo y continuamos la marcha para la publicación del bando en todos los puntos de la ciudad donde era costumbre. En este mismo día se redactó y firmó el Acta solemne memorable de nuestra Independencia política".  

 

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Comentarios

no pueden olvidar el gran

no pueden olvidar el gran apoyo del pueblo momposino que aporto con su hombres a esta gran independencia con hombres como gutierrez de piñeres