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3 de Junio: más que una fecha, un barrio

Unas 50 familias del barrio 3 de Junio se encuentran en peligro de contraer enfermedades infecto-contagiosas o de ser arrastradas por las corrientes invernales.

La alerta la activó la presidenta de la Junta de Acción Comunal del sector, Merlis Laverde, quien explicó que las referidas familias han construido sus casas sobre el cauce del Caño Veinte, que nace en el vecino barrio de Henequén y termina en el barrio Nelson Mandela.
3 de Junio es una de las zonas subnormales localizadas entre sectores igualmente pobres como Henequén, Nelson Mandela, Manuela Vergara de Curi y El Nazareno, entre otros.
Tiene tres años de haber sido fundada por cartageneros de otras zonas deprimidas de la ciudad, pero también por desplazados de la violencia provenientes de diferentes localidades colombianas.
La frontera entre 3 de Junio y Henequén es el promontorio de tierra que se utilizó para clausurar el antiguo relleno sanitario, mismo de donde las 50 familias apostadas sobre el Ca-ño Veinte toman los materiales con que rellenan los patios de sus casas, los cuales quedan so-bre las porciones húmedas del cuerpo de agua.
“Ya les hemos advertido, en todas las formas e idiomas, que es peligroso estar sobre el arroyo, porque cuando llueva fuerte podría haber una desgracia. También les decimos que con la tierra que cogen del relleno están poniendo en riesgo su salud, pero especialmente la de los niños que andan descalzos y hasta se sientan a jugar en esos patios”, afirma Merlis La-verde.
Dice, además, que el paso siguiente será exponer el caso ante las autoridades de salud del Distrito y las del Espacio Público para que tomen cartas en el asunto antes de que se pre-sente una emergencia de serias proporciones.

A medio camino

Otra de las cosas que impresionan del 3 de Junio son las acometidas de redes de energía eléctrica dispuestas de cualquier manera, conformando una telaraña desordenada que sugiere una amenaza para propios y visitantes.
El servicio se lo pagan a la firma Energía Social, mediante un medidor comunitario cuya facturación debe ser cancelada por cada familia hasta que se recauden unos 2 millones de pe-sos, que es el consumo total del barrio.
Pero los usuarios dicen no sentirse muy contentos con el suministro, por dos cosas: “cuando algunas familias se demoran para pagar la cuota —explica Manuel Jiménez, un ha-bitante—, enseguida cortan la energía, sin considerar que esas personas de pronto tuvieron alguna dificultad para reunir la plata; y para los demás es muy incómodo estar sin luz, porque hay muchos niños que necesitan dormir bien para estar en el colegio al día siguiente”.
“Lo otro —agrega Anuar Yepes, otro vecino—, es que las fluctuaciones son constantes, lo que ha dañado muchos electrodomésticos, pero es porque únicamente tenemos dos trans-formadores: uno que puso Energía Social y otro que compramos nosotros. Pero necesitamos uno más, porque son 4 calles y 8 callejones que necesitan más que la luz débil que estamos pagando”.
Los lugareños afirman que es muy poco lo que Energía Social ha invertido en el barrio, a excepción de 12 postes que no alcanzan a cubrir el total de las necesidades, que fueron algo solventadas con torres de madera y alambres de todas las calidades con tal de llevar un poco de iluminación a cada vivienda.
“Sin embargo, el barrio es penumbroso en las noches, pero afortunadamente no hay la-drones ni viene nadie a matar a los desplazados, como en otras partes”, cuentan los morado-res.

De trocha en trocha

Las amas de casa deben ingeniárselas para mantener agua potable en sus viviendas, ya que el suministro, conducido por acometidas que descienden de otros barrios, llega únicamente en la noche, pero todo mundo la aprovecha hasta la madrugada, cuando empieza a desfalle-cer.
Las horas restantes permiten dormir hasta las primeras horas de la mañana, cuando todos tienen que salir del barrio: los adultos a internarse en la economía del rebusque, mientras ni-ños y jóvenes se dirigen hacia la “Institución Educativa Manuela Vergara de Curi”, que fun-ciona en el barrio del mismo nombre.
Ambos grupos comparten la misma dificultad: deben caminar hasta 15 minutos para lle-gar a sus destinos o tomar una buseta, pues el barrio está internado en una hondura cuyo ac-ceso es una trocha que ellos llaman la “Calle Principal”, por donde se entra y se sale a pie, dado que ningún vehículo se anima a bajar por temor a quedarse atascado.
“Por eso queremos que nos la pavimenten, porque cuando se enferma una persona tene-mos que cargarla hasta El Nazareno para tomar un taxi o bus que la lleve al Hospital de Nel-son Mandela, ya que tampoco tenemos puesto de salud”, dice Merlis Laverde.
Las otras calles fueron bautizadas como “Las Piedras”, “La Cancha”, “El Progreso” y “La Primavera”. Lo demás son callejones destapados y surcados por arroyos de aguas negras que salen de los patios de las viviendas, en donde también hay tanques enterrados para depositar las excreciones, que paulatinamente se van tapando con tierra o cascarillas de arroz, hasta que se presenta la necesidad de comprar otro recipiente. Todas esas estrategias son las más utiliza-bles, mientras se recibe la bendición de un sistema de redes de alcantarillado.

Desechos que acechan

Desde las alturas de Manuela Vergara de Curi se ven los techos de las casas del 3 de Junio, pero también las tablas de estibas coloreadas de rosado, azul, rojo, amarillo o barnizado, que algunos de los habitantes tienen el buen gusto de embellecer en contra de la sordidez.
No obstante —y si se piensa bien— el barrio es una especie de santuario al desecho: las maderas, los plásticos para proteger los techos de la intemperie, los tanques para almacenar el agua o construir letrinas, los alambres eléctricos, todos son comprados en Henequén a los re-cicladores que viven de los desechos de la zona industrial de Mamonal.
Pese a todas las dificultades y limitaciones que describen tanto dirigentes comunales como amas de casa, la gente de 3 de Junio no muestra la amargura y la contrariedad de los habi-tantes de otras zonas subnormales, pues mientras los adultos cuentan entre risas que algunos se han quedado pegados en los cables rústicos que tocan la cabeza de los despistados, niños y jóvenes juegan un fútbol entusiasta en la cancha de tierra dura que ellos mismos diseñaron para hacerle algunas “gambetas” al aburrimiento.
Aún sonriendo recuerdan que hace dos años la alcaldesa Judith Pinedo, subida en la loma que cubre al difunto relleno sanitario, prometió que los visitaría los primeros cinco días de cada mes, “pero por lo visto como que se le olvidó el camino”, concluye Merlis Laverde mi-rando hacia los patios de las familias que parecen ignorar el peligro de vivir sobre el lecho de un caño.
El mar olor de las aguas servidas y el ataque salvaje de los mosquitos, a lo mejor existen únicamente para los visitantes: las familias de 3 de Junio van a cumplir tres años ignorándo-los. Pero por eso no dejan de soñar con tiempos mejores.

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