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Mensajes sin brazos ni piernas

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Los predios de la “Iglesia Cristiana La Unción” parecían los de un teatro en los mejores tiempos del cine mexicano; o en los preludios de las aventuras de “Tarzán, el rey de los monos”.

Desde antes de las 4 de la tarde la fila de futuros espectadores era inmensa, pero se movía con cierta velocidad, mientras que entre el tumulto un sujeto de ojos mortecinos ofrecía en venta suéteres estampados con la fotografía de Nick Vujicic, el predicador australiano que estaba causando toda esa aglomeración.
Unas semanas atrás, las personas que gastaban sus mayores esfuerzos por no perderse la presentación del extranjero, se habían enterado de su visita a través de las prédicas de Esteban Acosta, el pastor de “La Unción”, pero también a través de los medios impresos.
Y mucho antes de que el pastor lo anunciara, la multitud sabía de la existencia de Vujicic mediante la cantidad de documentales que, acerca de su vida, se exhiben en varios portales de internet y en los videos que la piratería discográfica propone en cualquiera de las esquinas de la ilegalidad colombiana.
Un rimero de esos videos se estaba vendiendo a las puertas de la iglesia. Una joven vestida con overol y blusa blanca, anidando en el pecho la imagen del evangelista invitado, alzaba los videos como abriendo un abanico oferente encima del mar de cabezas que se agitaban de un lado a otro, semejando pelotas de billar en el furor de la partida.
Pero para salvaguardar el orden, un cordón de jóvenes ataviados con pantalones gruesos y suéteres azules se agarraba de las manos formando cordones que controlaran el paso. Un grupo de policías los apoyaba en todas las entradas, mientras dentro del templo se cumplía la primera de las dos conferencias que el predicador había programado para esa tarde.
El público sentado al interior del recinto, escuchando y observando la intervención de Nick Vujicic, estuvo conformado por hombres y mujeres de negocios que, al parecer deseaban escuchar las opiniones del recién llegado respecto a la riqueza, la prosperidad y la obtención del dinero.
Afuera, la situación era comparable a los minutos preliminares de un concierto popular o a la gran final de un evento deportivo. Voces entre el tumulto aseguraban que muy pocas veces se había visto algo parecido en el Nuevo Bosque, el barrio en donde queda “La Unción”.
Adentro, la voz de Vujicic resonaba fácilmente entre el silencio de los empresarios que le tomaban fotos con sus teléfonos móviles; o también filmaban sus movimientos con pequeñas cámaras de video.
Vujicic, montado en una mesa y armado únicamente con un micrófono inalámbrico que sostenía en las orejas, usaba el cañón de su voz como una forma de reemplazar las piernas y los brazos que le faltan, limitante ésta que no le impedía moverse sobre la totalidad del perímetro de la mesa.
Unas cuantas palabras en castellano (“amén”, “los amo”, “Dios”, “el señor”...) se combinaban repentinamente con las frases lentas que un traductor iba entregando al público, estanque manso en donde iban cayendo, a lo profundo, las afirmaciones del predicador.
Siempre recto, mirada intensa y palabras precisas, Vujicic no sólo solicitó bendiciones a Dios para que Cartagena sea una de las ciudades más prósperas del mundo y para que sus hombres y mujeres de finanzas desarrollen el sentido de la solidaridad y el de compartir con sus semejantes; también ofreció sus disculpas en nombre de todos los hombres maltratadores que han dejado heridas aún ardientes en los cuerpos y en las almas de las mujeres.
“A aquellas mujeres que todavía sienten las secuelas del maltrato que sufrieron en su infancia, en su adolescencia o en su adultez; a aquellas que no tienen buenos recuerdos de los hombres que pasaron por sus vidas, llámense padres, novios o esposos, yo quiero hoy decirles algo en nombre de todos esos hombres: perdón”, dijo el australiano inclinándose un poco sobre la orilla de la mesa.
A veces hacía peligrosos movimientos como para enfatizar en alguna palabra o frase, aunque a las personas sentadas en primera fila les parecía que podía caerse ejecutando esos desplazamientos. Pero nunca ocurrió. A su lado estaba la Biblia que manipulaba con el pequeño muñón (“mi patita”, le llama) que sobresale de lo que, en otras circunstancias, hubiese sido su pierna izquierda.
Las cámaras del equipo de comunicaciones de “La Unción” lograron captar a cabalidad las mellijas bañadas en lágrimas de mujeres y hombres que se sentían estremecidos por los relatos de Vujicic contando los pormenores de su infancia entre condiscípulos escolares, quienes, según él, lo convirtieron en el blanco de las burlas y de todos los comentarios mal intencionados.
Una vez terminada la charla, las lágrimas no cesaron. Una romería de mujeres jóvenes y viejas salía desde diferentes direcciones hacia la mesa de Vujicic, buscándolo para abrazarlo hasta que los ayudantes del predicador le pusieron fin a la abrazadera, “porque si sigo abrazando se me pueden caer los brazos”, dijo irónicamente el evangelista, minutos antes de que un hombre delgado y rubio lo cargara como a un niño de seis años y lo trasladara al segundo piso del templo.
Afuera, en los terrenos al aire libre, la multitud se agitaba y sudaba a chorros soportando la inclemencia del calor que descendía del techo de zinc. Sólo pasaron unos 20 minutos cuando el personaje —convertido en estrella— apareció entre los brazos del hombre flaco y rubio que lo rescató de la abrazadera.
Los gritos y los aplausos no se hicieron esperar. “Los amo, Cartagena”, gritó Vujicic con su castellano trabajoso, y prosiguió contando anécdotas graciosas sobre cómo aprendió a divertirse con sus limitaciones físicas, en vez de amargarse la vida o tirarse a la muerte.
Sin embargo, las preguntas entre el tumulto —a veces inocentes, a veces procaces— se repetían en el mismo sentido: “¿cómo hará para bañarse?” “¿Cómo hará para ir al inodoro?” “¿Cómo se limpiará?” “¿Cómo se vestirá?” “¿Quién le dará la comida?” “¿Cómo se rascará la espalda?” “¿Tendrá mujer?” “¿Cómo hará para estar con ella?” “¿Cómo hará esto, cómo hará aquello...”
Mejor dicho: las interrogaciones en bajo tono se fueron disipando con los chascarrillos del predicador, quien también se dio el lujo de bailar y cantar en inglés sobre la mesa que le tenían preparada en la tarima exterior de “La Unción”. Varias pantallas gigantes le permitieron presenciar el espectáculo a las personas apostadas en las calles aledañas.
Una vez agotado el exordio de las bromas, Vujicic volvió a elevar oraciones por las personas presentes y por los enfermos: “el señor me está diciendo que hay una persona con un problema grave en la columna”, gritó el evangelista; y a los pocos segundos subió a la tarima una mujer sacudida en llanto y diciendo que ya no sentía ningún dolor en su espalda.
Tras ella fueron saliendo más feligreses convocados por la palabra del australiano, entre ellos una mujer que se liberó de un dolor en los brazos y una anciana que había quedado lisiada de su pierna derecha tras unas trombosis que sufrió varios años atrás. “Alcen los brazos, salten y corran para que comprueben que están sanos y para que se sienta la gloria de Dios”, animó el predicador, a la vez que las once mil personas presentes pugnaron por el romper el recinto con sus gritos.
El invitado se despidió desde los brazos del hombre flaco y rubio, pero sin decir si volvería. “Esto es un milagro —afirmó uno de los funcionarios del templo—, porque Nick tiene la agenda apretada hasta el 2011, pero sacó tiempo para venir al Nuevo Bosque”.
Y la estrella se fue perdiendo entre los cordones de seguridad policial.

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