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Así es la vida en Toribío, el pueblo que ha soportado 500 ataques de las Farc

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Toribío es un embudo. La plaza de mercado es su diminuto centro. A los alrededores hay montañas gigantes. Al frente el Cerro Berlín. Se está quemando. Es mediodía y se está quemando. Allá arriba hay caos. Gases que ahogan, queman la cara, arden en los ojos, gente que corre con desespero: indígenas, periodistas, defensores de derechos humanos. En lo más alto, miembros del escuadrón antimotines de la policía gritan: no suban más o los ‘gaseamos’. La Fuerza Pública se enfrenta con la Guardia Indígena. Buscan recuperar el control de ese territorio que los nativos dominaban hace apenas una noche (Lea aquí: Policía confirma normalidad en base militar de Toribío).

Acá abajo hay tensión pero la vida sigue. La heladería y cafetería Babelilla tiene sus puertas abiertas, lo mismo que el Estadero Punto Sabroso, el almacén Agrotoribío. Los restaurantes alistan pollo para el almuerzo. El pueblo está lleno de periodistas hambrientos que bajan de ese cerro ardiente después de tres horas de caminata.

La vida sigue. Cientos de moradores de Toribío no han subido al Berlín como sí lo han hecho indígenas de Caloto, de Miranda, de Tacueyó. No apoyar a la Guardia Indígena evidencia su estado de ánimo: en el pueblo muchos no están de acuerdo con que la Guardia haya sacado a empujones a los soldados. Tampoco quieren que se vaya el Ejército (Lea más sobre conflicto Militares- Indígenas que se vive en Cauca).

Edinson Salazar, por ejemplo, dice que aunque es indígena no puede estar con eso. Afirma que responder de tal manera es tirarle gasolina al fuego. Aquí, dice, necesitamos dialogar. Que se haga una consulta con la comunidad para que responda si quiere o no a la Fuerza Pública en el municipio y por qué.

William Vitonás atiende su negocio de artesanías y juguetes. William dice que a nadie se le puede olvidar que Toribío es Colombia, territorio nacional. El Ejército, entonces, debe permanecer. Es su obligación. A la Guardia se le fue la mano. Así no se trata a los soldados. Ellos son los que no han dejado que el pueblo se acabe. Si los soldados no estuvieran, Toribío no existiría. Que sigan.

Liliana Cecue vende botellas de agua y asegura que aunque los habitantes de Toribío están de acuerdo con la Guardia Indígena en el sentido de no querer más hostigamientos por parte de la guerrilla, creen que se sobrepasaron con el Ejército. “Los soldados son humanos, no se les puede tratar así. Los soldados, como lo somos todos, son empleados. Obedecen órdenes y la orden de permanecer en el Cerro Berlín la dio el Presidente”.

Braulio Edinson Mendoza vende tenis a la vuelta del bunker de la Policía y en cambio él sí está de acuerdo con que se vaya el Ejército. Nadie se atreve a contradecirle su argumentación: “Las Farc, claro, son las responsables de las desgracias. Pero si no hubiera estación de policía, los guerrilleros no tendrían excusa de atacar con tatucos, bombas. Uno de esos tatucos cayó aquí, en esta casa, en 2005. ¿Cómo no querer lejos a soldados y policías? Además, mi viejo, todos los gobiernos han metido miles de militares al Cauca ¿y qué ha pasado? Aquí nos siguen atacando. Esto se arregla con inversión social, mi viejo, pero el Estado nos ha dejado solos.

Ahora suenan ambulancias, pitos, una explosión. Toribío sigue en conflicto. Los periodistas se asustan, saltan de sus asientos, se tensan. La comunidad no. Una explosión aquí es tan común como el sonido de una licuadora. En diez años se cuentan 500 ataques de las Farc. En Toribío están resignados, se acostumbraron a vivir en guerra. Son las seis de la tarde.

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