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La vida le ganó a la muerte en Armero

Sentado en una silla de cemento en un parque del barrio Santa Isabel en Bogotá, a más de 120 kilómetros de lo que hoy son las ruinas de la capital algodonera del Tolima, Armero, Roberto Chacón, recuerda al detalle cada uno de los instantes de lo que fue la trágica noche del miércoles 13 de noviembre de 1985, cuando lo perdió todo.

Aunque los años le han pasado y se notan en el rostro, su memoria está tan lúcida que evoca cómo fueron las horas previas en Armero antes de que el Río Lagunilla se llevara por delante el municipio y a más de 25 mil de sus habitantes.
En sus manos Roberto tiene tres fotos, una a color y dos a blanco y negro, opacas porque el papel ha perdido su nitidez. Hace lustros, allí aparecían nítidos sus tres hijos que perdió en la noche fatídica de Armero: Claudia, Roberto y Leandro.
Aunque los recuerdos por perder a sus cuatro seres amados (Estella Ávila, la esposa, también falleció) le llevaron a llorar cientos de veces en estos 25 años, hoy Roberto no deja que salgan más lágrimas; por el contrario, cuenta con orgullo su trágica historia y la forma como luchó por vivir cuando estuvo agonizando.
Recuerda que llegó a la tierra promisoria del algodón en 1979 procedente de Paujil, Caquetá, en donde era supervisor de crédito del antiguo Incora. “Era una ciudad reposada, muy tranquila, turística, tenía muchos ingredientes que como persona me hacían sentir a gusto”, dice con su tono de voz suave, pero emocionada por un pasado que nunca olvidará.
Al devolverse al 13 de noviembre de 1985 recuerda que fue un día muy lluvioso, “se descongeló arriba el nevado y eso fue lo que llevó a que el caudal cogiera mucho volumen y fue lo que acabó Armero”.
Un hecho más que trae su recuerdo es que en la tarde de ese miércoles a su esposa, con cuatro meses de embarazo y mientras la llevaba en su moto Kawasaki 175 al control médico, le cayó en su rostro ceniza. Ninguno acertó a pensar que era el presagio del próximo fin de su vida.
“Ella era muy nerviosa, pero ese día se tranquilizó, me decía que eso estaba lejos”, explica Roberto, quien ata su emotivo momento al afán que tenía la familia por el paseo de colegio al que asistiría Claudia Milena, su hijita de 10 años.

Así llegó la tragedia
Ya en la noche, a las siete, recuerda Roberto que vio a muchos de sus vecinos recogiendo en platones, pañuelos o en sus gorras la ceniza que caía, mientras que otros corrían a escuchar los mensajes del sacerdote, quien advertía sobre el permanente olor a azufre.
“Nos fuimos tranquilos, pero si hubiera habido una voz de mayor advertencia, al menos no habrían muerto tantas personas”, asegura, al mantener su relato en los minutos previos a la peor tragedia nacional. Ese tiempo, él lo dedicó a buscar a tres de sus mejores amigos, con quienes acordó que en caso de una emergencia del Lagunilla, se auxiliaran.
De ese momento Roberto se lamenta. “Llamé a otros vecinos, creo que ahí perdí un poquito de tiempo, pero también perdí a mi familia”, dice mientras deja perder su mirada en el parque bogotano que sirve de escenario para proyectar sus recuerdos.
“No me pesa, perdí mi familia, pero hice lo que habíamos convenido”, manifiesta para empezar a relatar los momentos críticos en que Estella, Claudia Milena, Roberto y Leandro se le fueron para siempre en cuestión de minutos, pese a su lucha feroz por ganarle la batalla a la furiosa naturaleza: “Salí en pantaloneta y puse un sombrero hacia el cielo, sentí una arenilla muy caliente y grité que nos fuéramos, porque ‘esta vaina se nos vino encima’. Ya eran más de las diez de la noche y monté a mi familia en la moto y con la luz de ella me iba alumbrando en busca del camino a Mariquita”, prosigue este sobreviviente de la tragedia de Armero.
Sostiene que su casa, ubicada en el barrio Nueva Granada, quedó gran parte en pie, “si nos hubiéramos subido a la terraza nos habríamos salvado”. Relata.
“Recuerdo que alcé a los niños, pero mi señora se quedaba, le pedía que se apurara, mientras que yo escuchaba un fuerte ruido, como si fuera un tractor encima del techo de una casa, todo se iba destruyendo. Ya cerca al cementerio sentí eso (la avalancha) que me tiró a una casa, mi señora se me quedó en el andén, yo me levanté a recogerla y dejé a Roberto contra una pared, al pequeño lo tenía en los brazos, pero en ese momento volvió la avalancha y escuché el grito de mi hija cuando se la llevaba”, manifiesta Chacón, al dejar salir el recuerdo de ese fatídico momento.
Luego su relato le lleva a mencionar cómo fue que su hijo menor, Leandro, murió en sus brazos, “la avalancha me sacó unos metros más allá, llevaba al niño en mis brazos, al rato sentí que se me reventó, tenía 22 meses, creo que era sangre lo que sentía, pero era como una licuadora la avalancha, ahí yo ya era consciente de que perdí a mi familia, eso fue como en un cuarto de hora el acabose de Armero”.

La agonía de la muerte
Ya con la tragedia a cuestas, Roberto Chacón sólo pensaba en que su vida se acabara, que la muerte le llegara, cuando ya no tenía por quién luchar: “Eso me arrastró varios kilómetros, estaba enterrado bocabajo, sentí un frío inmenso, vi el túnel de la luz verde, me estaba muriendo, de pronto algo me pegó, me sacó la cabeza del lodo y volví a respirar. El golpe me dejó viendo estrellitas y como en el subconsciente cogí una bolsa grande gris y fui metiendo esas estrellas hasta que volví en sí”.
De allí en adelante Roberto recuerda que los minutos seguían pasando en medio de los truenos, los gritos de los niños y los mugidos de las vacas, que también, asustadas, parecían buscar ayuda en medio de la avalancha.

((RECUADRO))
A salvo
Su esfuerzo le llevó a que se arrastrara por muchos minutos, hasta que encontró encima de un árbol una plancha, parte de una casa construida en una base de madera, a la que la avalancha arrastró.
Luego le prestó ayuda a un muchacho, que se convirtió en compañero de huida, para buscar un lugar mucho más estable en donde pudieran encontrar atención médica.
“Ya estaba amaneciendo, yo creo que me arrastré como cuatro horas; lo único que me animaba era buscar a la familia, cuando escuchamos voces y unas personas nos recogieron del lodo”. Fue en ese momento en que entendió la magnitud de la tragedia, por lo que lloró sin control por mucho rato, al ver cómo había quedado desaparecido su querido Armero.
Las horas fueron pasando hasta que un helicóptero le llevó a Lérida, Tolima, en donde le prestaron los primeros auxilios médicos, los cuales se negó a recibir por completo.
De su vida personal contó que la volvió a construir, que tiene cuatro hijos, los cuales llevan los nombres de sus hermanos que murieron en la avalancha. En el parque le acompaña Claudia, una menudita jovencita de quien dice que es la luz de su vida y su compañera de alegrías y tristezas.
Y así como acabó de proyectar su trágica historia, Roberto Chacón Robles dice que volverá a Armero para acompañar a sus seres queridos por quienes luchó hasta el último momento de sus vidas.



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