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Las víctimas hablan sobre cómo es la vida después del secuestro

“No todos encontramos la tranquilidad después del secuestro. Yo todavía tengo pesadillas, ya no son tan frecuentes como antes, pero son recuerdos, imágenes que vienen cuando duermo.

Sueño con el campamento en el que estaba cautivo, las marchas interminables con los guerrilleros, sus amenazas, los fusiles, su vigilancia constante. Son recuerdos esporádicos que infieren temores, violencia, necesidades y sufrimiento. Lo que me pasa es normal, diría yo, pero ojalá, Dios quiera, que eso vaya pasando. Uno puede regresar a la libertad, pero los temores persisten. Tengo que olvidarme de todas esas cosas”.

El mayor Guillermo Solórzano, quien era capitán y comandante de la Policía en Florida (Valle), fue secuestrado por las Farc el 4 de junio del 2007 y liberado 1.336 días después (el 16 de febrero del 2011), en una misión humanitaria coordinada por el Comité Internacional de la Cruz Roja (Cicr) y la exsenadora Piedad Córdoba.

Tras un año de su liberación, aún se siente más cómodo durmiendo en el suelo que en su cama, y no se acostumbra del todo a usar cubiertos distintos a una cuchara para comer.

“Después de tanto tiempo durmiendo en ‘cambuches’ el cuerpo se adapta. Las primeras noches luego de la liberación no pude dormir, me pasaba a un sofá duro o me acostaba en el suelo. Allá comíamos con cucharas de palo, hechas con la madera de los árboles. Me costó trabajo volver a sostener un tenedor, porque la cuchara me parecía más cómoda, menos complicada, y además, uno recoge más arroz”.

El mayor añade que poco a poco se ha ido adaptando. Sin embargo, aún hay ocasiones en las que tiende un colchón en el suelo para dormir o aprovecha la intimidad de su hogar para comer con cuchara, sin presiones sociales o miradas curiosas.

De acuerdo al psiquiatra Hernán Rincón, de la Fundación Clínica Valle del Lili, cuando ocurre algo superior a lo que esperaría cualquier ser humano, como un secuestro o ver un asesinato, las personas pueden sufrir de un estrés que no pueden controlar.

“En el caso de los liberados, es posible que se angustien más fácilmente, que recuerden continuamente los traumas que vivieron o que consideren amenazantes situaciones que normalmente no lo son, como ver películas en las que se presenten hechos violentos porque activan su sufrimiento”, explica el especialista en estrés post traumático.

Algunos liberados han mencionado que el grado de violencia psicológica al que han sido sometidos llega al punto de que los guerrilleros de las Farc les echaban cucarachas y otros insectos en la comida. “No era raro que en la aguapanela nos aparecieran hasta 16 moscas”, dice otro exsecuestrado que no reveló su nombre.

Hoy el mayor Solórzano está estudiando para ponerse al día. Se prepara para viajar a Estados Unidos, donde permanecerá un año en una comisión de la Policía. Al volver al país, quiere seguir estudiando y preparándose para ascender al grado de teniente coronel.

En cuanto a su familia, aprovecha sus días libres para estar con ellos. Cuenta que desde el primer momento de su secuestro empezó a “construir la libertad que tanto quería” y a imaginar cómo sería abrazar a sus seres amados de nuevo.

“Después de una experiencia como esta, uno ama más lo que tiene. Ahora pienso que cada minuto que pasa es prestado y que hay que aprovecharlo al máximo porque el próximo no sabemos qué pase”, dice.

SALÍN ANTONIO SANMIGUEL

El suboficial del Ejército Nacional, Salín Antonio Sanmiguel, secuestrado el 5 de mayo del 2008 en una vereda del municipio El Tambo (Tolima), fue puesto en libertad el mismo día que Solórzano.

“Cuando estábamos en la selva, mi Mayor y yo teníamos algo que llamamos ‘la lanza de la resistencia’. Nos motivábamos mutuamente para guardar la esperanza de salir juntos a la libertad y ver a nuestros seres queridos.

Todos los días escuchaba los mensajes de mi esposa. Ella me contaba lo que haría en el día, entonces yo imaginaba todas esas cosas. Pensaba en mi hija y la recreé como una muñequita que el mayor me ayudó a hacer. Los guerrilleros me la quemaron antes de liberarme.

Ahora que estoy con ellas, lo que más disfruto es ir al parque con mi esposa Angélica y ver jugar a Samantha, mi niña, que es la más preciosa del mundo”.

El suboficial asegura que reintegrarse a “la civilización” no fue tan complicado, pues siempre tuvo presente que mientras que él estuvo congelado en la selva, el mundo siguió avanzando. Tras su liberación procuró actualizarse y comprender los cambios.

Actualmente continúa vinculado a las Fuerzas Militares. Se prepara académicamente como el mayor Solórzano y realiza funciones administrativas en el batallón del Cantón Norte en Bogotá.

Según lo estipulado en el ‘Protocolo de Liberaciones de 1998’, los rescatados deben esperar un periodo de tres años para reintegrarse a sus funciones dentro de su institución, ya sea la Policía o el Ejército.

GUSTAVO MONCAYO

“Quisiera que mi hijo tuviera la oportunidad de viajar, de vivir nuevas experiencias y de compartir más tiempo con su familia”, dice Gustavo Moncayo, quien el 17 de junio del 2007 emprendió una marcha a pie desde Sandoná (Nariño) hasta Bogotá. En total, recorrió más de 1.000 kilómetros por la libertad de su hijo, el sargento del Ejército Pablo Emilio Moncayo, secuestrado el 21 de diciembre de 1997 y liberado doce años después.

“Pensamos que la libertad traería a Pablo tranquilidad. Sin embargo, comenzó a recibir amenazas; se tuvo que ir por seis meses al exterior y luego regresó al Ejército. Son pocas las ocasiones en las que nos vemos o hablamos. Me llama de ‘minuteros’, por cuestiones de seguridad.

Procuro darle todo mi amor y no presionarlo en nada. Además, sé que hay cosas de las que él prefiere no hablar”.

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