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Remángate por solidaridad

Este cuatro de abril se llevó a cabo el día internacional para la sensibilización contra las minas antipersonal, esta campaña busca concienciar a las personas sobre este triste tema, a través del símbolo que es remangarse la bota del pantalón.

La campaña cuenta con el apoyo de múltiples organizaciones para la defensa de los derechos humanos, además de la participación de todas las Fuerzas Militares. “Remangándonos tal vez no lograremos que dejen de sembrar minas, ni que nuestros campos dejen de ser un peligro, pero seguro vamos a decirle al mundo que no estamos de acuerdo, que nos importa, que nos parece aberrante; seguro vamos a poder mostrarles que en Colombia sí nos duele”, señala uno de los anuncios de la campaña remángate.

Las minas antipersonales en Colombia han afectado cerca de 9 mil personas desde 1990 y los accidentes con este tipo de artefactos se han presentado en su gran mayoría en zona rural de los departamentos de Nariño, Cauca, Antioquia y Arauca.

Según el Programa Presidencial para la acción contra las Minas Antipersonal de la Vicepresidencia de la República (Paicma), en Colombia el 10 por ciento de las víctimas son niños, y el 40 por ciento integrantes de la población civil, el restante 50 por ciento son miembros de la Fuerza Pública.

En el 2010 se reportaron más de 400 afectados por minas antipersonal, y en lo que va corrido del 2012 la cifra asciende a 4 incidentes con este tipo de artefactos. El Paicma informa que ellos tienen un programa de desminado humanitario que tiene como objetivo limpiar la zona sembradas por minas para luego entregarlas a poblaciones vulnerables.

“Nosotros limpiamos el terreno, tratando de activar los explosivos de manera controlada, además hacemos una revisión extra. Eso es un proceso lento, riguroso, para evitar colocar en riesgo a quienes hacen la tarea y poderle mostrar a la comunidad que el proceso quedó bien hecho”, dice Gabriel Vanegas, asesor del Paicma.

En el país hay 7 mil sobrevivientes que han sufrido accidentes con este tipo de objetos, ellos han quedado con secuelas en sus cuerpos, uno ejemplo es el patrullero de la Policía Edgar Enrique Bermúdez de Ávila quién pertenecía al Comando de Operaciones Rurales que operaba en el corregimiento ‘Elegido’, aledaño al municipio ‘Policarpa Salavarrieta’ en zona rural de Nariño.

EDGAR…, UNO MÁS EN LA TRISTE LISTA

Luego de hacer el curso de Comando de Operaciones Rurales, Edgar fue enviado a la zona rural de ‘Llorente’ junto con 90 compañeros suyos, allí hizo erradicación manual y colaboró con el orden público porque según él “había mucha presencia de paramilitares y guerrilleros de las Farc en ese municipio”, además agrega que los habitantes no tenían otra forma de sobrevivir sino sembrando coca.

Cuenta Edgar que el 16 de agosto de 2005 hubo un combate que comenzó cerca de la 1:30 de la mañana y terminó alrededor de las cinco. La zona se veía tranquila y él supone que los guerrilleros aprovecharon para sembrar las minas, “ellos usan latas de atún y explosivos los siembran en pasos obligados, como el que nos tocó a nosotros y en esto es en lo que termina”.

“Luego de hacer un registro en la zona después de un combate, nos encontramos con el campo minado, yo sólo escuché el pitido. Como resultado del accidente un compañero murió y otros tres resultamos heridos. Yo tuve pérdida bilateral de la visión quedé con el rostro desfigurado, secuelas en el abdomen y en ambos brazos, y de paso la explosión me afectó el hueso de la frente”, afirmó el patrullero.

Luego de 59 días en el hospital central de la policía, al que fue trasladado luego del accidente, Edgar recibió una indemnización, pero allí no terminó todo, “yo no se que cirugías me han hecho porque son tantas que ya perdí la cuenta, me quitaron mucha piel de las piernas para reconstruir mi rostro, me dejaron cicatrices e incluso me trasladaron huesos para reconstruir la forma de la cabeza”.

Luego de las continuas cirugías Edgar buscó ayuda en el Centro de Rehabilitación para Adultos Ciegos (CRAC) pero no fue sencillo aprender a usar las herramientas “al principio fue muy duro, ellos le muestran a uno cómo usar el bastón, pero una cosa es que uno lo escuche ahí y otra cosa es que uno salga del centro y se comience a dar contra el mundo.

Bogotá no está preparada para personas con limitaciones, hay muchos bolardos, uno se tropieza, con la gente con los carros. Después de mi primera experiencia me puse a llorar, fue muy difícil aprender a caminar con bastón”.

La familia de Edgar ha sufrido mucho, su mamá todavía llora por las heridas causadas en el rostro de su hijo y las hijas del patrullero, Alison y Camila, no entienden porqué su papá tiene esas cicatrices.

Hoy Edgar hace todo por salir adelante. Tras siete años luego del accidente el patrullero estudia psicología en la Universidad Externado de Colombia pues considera que “hay que trabajar por los seres humanos, no solucionar el mundo, pero contribuir con un pequeño grano de arena a cambiar la manera de pensar de la gente, para que las personas vean otras posibilidades para salir de los problemas que se tienen en la vida”.

 

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