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Benedetti resaltas alcances de Ley de Víctimas

El siguiente es el texto completo del discurso de Benedetti pronunciado durante el acto de sanción de la Ley de Víctimas.

“La  vida  es  el  elemento  trascendental e imprescindible.  El  valor de la vida  no puede  ser   transado ni  negociado  ni  sometido  a  consenso.

Un país   que  permite  la   socialización  del  sufrimiento no es un país  civilizado.  Ni  un país  de  verdad.  No podemos  escapar  de las  consecuencias  de   nuestros actos  negando  su  ocurrencia  o  escapando  a  sus  inconvenientes.

Cualquiera   que  sea   la  etiqueta   que  le  pongamos  a  nuestras   tragedias,  es  imperativo  reconocer   que  éste es un país  cruzado  de  cicatrices.  No   hay  narrativa  ideológica  capaz  de  negar  nuestros  infiernos.  Ni  la  izquierda  ni la   derecha  tendrán  manera  de  seducirnos  a  la  indolencia  definitiva,  al  olvido   o  el  empobrecimiento  de  nuestras  propias  tribulaciones.

Porque   el   dolor   revela   una   vigorosa   capacidad  de  cercanía   y   compromiso.  El  dolor   nuestro   descubre   el  de  los  demás. Y  el de los  demás, el nuestro.  Y   como  el  dolor  es  la   cosa   mejor repartida   en el  mundo,  es   allí  donde  todos  encontraremos  las  verdaderas    claves  del    progreso, ese  sí,  autosostenible.

Esta  ley  de  víctimas, señor   Ban Ki Moon,  Secretario  General  de la  ONU ---cuya presencia    el  Congreso,  el  gobierno,  las  Cortes,  las  fuerzas  militares  y  de  policía y los  ciudadanos agradecemos  en  todo  lo   que  vale   y  significa---,  inaugura  la   posibilidad   de  escuchar,  sentir   y  respetar  a  quienes  han  padecido,    con  más  rigor   y  frecuencia,  los  riesgos, las  privaciones,  los  rechazos, las  desventajas   y  el  sufrimiento.   A  quienes   han muerto   sin razón, sin piedad, sin sentido, en  una   espiral  de  barbarie   y  estupidez.

Cómo no evocar a Yolanda Izquierdo y a Ana Fabricia Córdoba y otras víctimas más.

Esta  ley  abre  mecanismos   y  procesos   que   nos  permitirán  explicarnos   esos    beneficios   y  apropiaciones asimétricas en nuestra  sociedad.  También nos permitirá  inventariar   esas   cosas   que  hicieron   posible la  vida   o la   muerte,  la  paz  o la  guerra, la tranquilidad  o  el miedo    según  los   individuos, las  etnias, los  géneros   y las  regiones.  Y   que  a  partir  de  allí  funcione   un  nunca  jamás verosímil  y  efectivo.

El   país  no  olvidará,   señor  Presidente,  que   usted  le  abrió  avenida  a  esta  Ley   refrescante   y   esperanzadora.  Usted  está  cerrando  un  largo  y oscuro  capítulo   en  el  cual  millones  de   colombianos,  aquellos  a  quienes  habíamos  dañado   y  ofendido,  se   conviertan en   no –sujetos de  su   propia  historia.

Esta  Ley es,  además,  hija  legitima  de la   fuerte   y  eficaz  voluntad   política  de   un Congreso   que  ha  cumplido   con   su tarea.  El  mismo  Congreso  al   que   a  veces  se  le   atribuyen   todas  las   culpas,   al  que   se  le  coloca   siempre,  con  justicia   o  sin ella,  como  el   trompo  de  poner   en el  juego   de  las   cuotas   de   responsabilidad,  es   el   que  hizo   posible   una  discusión  inteligente,  cautelosa  y  productiva de  asuntos   tan  cruciales  y  sensibles. El  Congreso, señor  presidente, se  merece ese   reconocimiento  de los  ciudadanos.

Y   no  sólo  por  la  ley  de  víctimas.  Lo merece  también por  su   actuación  durante    toda  la   legislatura  y   en  el  análisis  de   todo los   complejos   temas  de la  agenda.  La  Ley  de  Regalías, por  ejemplo,  incorporará   a las   regiones  más   vulnerables  del país  a  los  recursos   fiscales,  a la   inversión pública   y   al  desarrollo  social.   Ya  era   hora  de   que  la  única   igualdad   posible   no fuese  la del   infierno.

Yo  vengo, señor   presidente  de   una hermosa   región  de  Colombia  en la   que  se  acumulan   y  aglutinan casi  emblemáticamente   todas  nuestras  tragedias.  En los  Montes  de  María,  en la  subregión del  Golfo  de   Morrosquillo,   en la  Mojana,   en  el   Cesar  y   en la  Guajira,  distintas   violencias, despojos   y  éxodos  construyeron   durante   muchas  décadas  ese  infierno.

Cualquiera   que sea  la   gran  narrativa   que  explique  las   causas  de  esa  tragedias,  siempre   complejas   y  múltiples,  lo   que  importa  es  rehacer,   a  veces  desde  cero,  un país   de  amor    a la  vida,   respeto  a las  personas  y paz duradera.  Ya  no   más  recetas de  cólera,  de  rabia,  de  iras  y crispaciones.  Reconocer   y reparar  a  nuestras  víctimas.  Y  reconocer   y  reparar  las  legendarias  desigualdades  de las  regiones   y  de las  personas,  es   una  buena   manera  de  avanzar  hacia   una  Colombia más  amable, más  moderna,  más  competitiva   y  más  respetada.

Yo  no   quiero   estirar  más  éste  discurso ni mi protagonismo  en éste  evento.   Con  sincera humildad yo  quisiera  terminar  diciendo, frente   a las otras  ramas  del poder  público,  frente  a los  medios   y los  ciudadanos,  que  estoy  orgulloso  de  pertenecer  a  un Congreso  al   que  se  le   puede  reconocer  y  atribuir,   por lo menos,   el   haber  contribuido  significativamente   al   buen  suceso  de  construcciones  legislativas   de   gran   incidencia   sobre   el  futuro  del  país.

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