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Se requiere gran reforma constitucional: Jaime Castro

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Jaime Castro es abogado de la Universidad del Rosario, se especializó en la Escuela de Administración de París, ENA, donde van a formarse los principales líderes del mundo.

Es experto en Administración Pública y conocedor a fondo de la administración del Estado. Constitucionalista y profesor universitario, es la combinación perfecta del tecnócrata y el político.

Fue alumno predilecto del presidente Alfonso López Michelsen y Secretario Jurídico de la Administración de Misael Pastrana, quien posteriormente lo nombró Ministro de Justicia. A su vez Belisario Betancur lo llamó al Ministerio de Gobierno, desde donde lideró las aproximaciones de la época con el M-19.

La primera tregua con el grupo insurgente, experto en golpes publicitarios que dejaban boquiabierto al país, se rompió y meses más tarde, el seis de noviembre de 1985, sus integrantes propiciaron el holocausto del Palacio de Justicia de Bogotá. En Junio de 1986 el mismo grupo rebelde atacó el automóvil de Castro, en un atentado contra su vida, que falló por un pelo. Los cuadros de Pizarro se olvidaron de las conversaciones de paz hasta que, en las postrimerías del gobierno de Virgilio Barco, le entregaron las armas al consejero de Paz Rafael Pardo Rueda.

Se precia de ser un gran aficionado y conocedor del fútbol, tanto que fue presidente de la Dimayor. Es hincha furibundo (y en frustración perpetua) del equipo Santa Fe, desde cuando era un estudiante pobre que trabajaba en el estadio El Campín, vendiendo boletas, con un sueldo de un peso con cincuenta centavos mensuales.

De él se dice que tiene la mezcla perfecta: malicia boyacense con exquisitos modales diplomáticos y astucia suficiente para reconocer en López Michelsen su jefe político, sin perder la amistad con Misael Pastrana Borrero y con Carlos Lleras Restrepo. Tiene fama de frío y calculador, un tanto petulante y un mucho vanidoso.

Cuida su figura a rajatabla y sabe que el pelo blanco, que exhibe desde hace años, le sienta. En la primera etapa de su Alcaldía de Bogotá se encerró con su equipo de técnicos a echar números a ordenar la administración y a aceitar la maquinaria que habría de conducir a buen puerto la ciudad, hasta la administración de Lucho Garzón. En esta entrevista habla de su experiencia como Constituyente del 91 y de la Nueva Carta expedida hace 20 años.



¿Por qué surgió la Asamblea Constituyente?

El sistema político colombiano había mostrado capacidad para autorreformarse cuando lo necesitaba pero, desde fines de los años 70, se bloqueó. La Corte Suprema tumbó dos reformas importantes: la Pequeña Constituyente de López y una gran reforma de Turbay que se llamó el Acto Legislativo No.1 de 1979. Betancur revivió la de Turbay introduciendo nuevos cambios, pero murió en manos del Congreso. Barco intentó otra reforma que se hundió cuando le metieron el torpedo de la extradición. Este es el marco de la Constituyente del 91.



¿Qué problemas de orden público la rodearon?

Varias que exasperan a la opinión y muy particularmente al mundo universitario: el asesinato de cuatro aspirantes presidenciales, Pardo, Jaramillo, Galán y Pizarro. Se agota la capacidad de resistencia del país y los estudiantes se inventan la Séptima Papeleta. La Constituyente es un mecanismo extraconstitucional pero, es tal la situación de hecho, que termina imponiéndose, primero, al gobierno Barco que ordena escrutar la Séptima Papeleta y luego al gobierno Gaviria, que dicta un decreto convocándola. La Corte Suprema de Justicia, que había sido reacia, termina aprobándola. Hay momentos en la vida de los pueblos en que los hechos son superiores al ordenamiento jurídico y terminan desbordándolo -y legitimándose- porque el pueblo vota un referendo o porque las más altas autoridades del Estado terminan validándolos.

Lo que habría que destacar sobre el resultado electoral mismo, es que por primera vez desaparece la hegemonía o el monopolio liberal-conservador, que era histórico. Por primera vez se rompe el bipartidismo o, mejor, lo desbordan otras fuerzas políticas.



¿Y eso qué repercusión tuvo?

Políticamente era la ruptura de ese monopolio, y eso obligaba al consenso en el interior de la Asamblea porque, si liberales y conservadores hubiéramos sido mayoría, a lo mejor hubiésemos hecho otra Constitución. Pero hubo necesidad del consenso y por eso también hubo una mesa directiva tripartita: Álvaro Gómez, Horacio Serpa y Antonio Navarro.



El M19, que hacía la revolución por un cambio, ¿tuvo propuestas muy osadas?

Precisamente no. Los liberales nos reuníamos esperando las propuestas revolucionarias del M19, que imaginábamos relativas a la propiedad privada y sobretodo a la propiedad rural. Pensábamos que los tipos querrían meter elementos de Reforma Agraria en la Constitución, que los trabajadores fueran accionistas de las empresas, o que éstas les dieran un porcentaje de las ganancias en forma de acciones. Pensábamos que habría cambios relativos a la Fuerza Pública o la organización del Ejército y de la Policía. Pero no, no hubo nada importante, nada que chocara al establecimiento, al sistema. Llama la atención que ese movimiento no haya presentado una propuesta sustantiva importante, verdaderamente revolucionaria.



Bueno, el ‘M’ propuso la revocatoria del Congreso.

Lo único que sacudió a la Asamblea fue esa propuesta. Pudieron sacarla adelante y se revocó el mandato del Congreso, pero lo paradójico es que en las nuevas elecciones el M19, que había triunfado en las de Constituyente, sufrió un desastre electoral para el Congreso, especialmente al Senado.



¿Qué lo ocasionó?

Navarro lo atribuye a que López Michelsen, que era el jefe del Liberalismo, malévolamente –dice-, terminó aceptando la revocatoria con una condición: que los constituyentes no pudieran ser candidatos al Congreso. Sostiene que eso les causó la derrota porque los 19 constituyentes del ‘M’ eran los más importantes y quedaron inhabilitados.



¿Y usted cree que fue esa la razón?

No, creo que su derrota se debió a su desempeño en la Constituyente, porque no se convirtieron en alternativa y porque no fueron novedosos en sus propuestas. La gente votó por ellos por la expectativa de cambio que crearon, pero la verdad es que ya dentro de la Constituyente era muy difícil distinguir entre un conservador, un liberal, un cristiano y uno del Eme.



¿Entonces qué ‘justificaba’ para ellos mismos su lucha armada?

Yo creo que ellos no tenían, como organización guerrillera, un proyecto revolucionario. Era más bien el famoso “sancocho” nacional de Bateman. Pero si Belisario Betancur, que es el primero que conversa con ellos, abre el compás y los vincula al gabinete para hacer parte de un gobierno nacional, estoy casi seguro de que hubieran entrado. Es más, a mí como Ministro de Gobierno me llevaron el tema en una oportunidad. Me dijeron que el M19 estaría dispuesto a entrar al gobierno, pero eso era impensable.



¿Por qué fracasa la paz del M19 con Belisario?

Ellos avanzan en el proceso de paz con Betancur, quien es muy audaz, casi temerario. Se había reunido con ellos en Madrid y en Ciudad de México. La paz fracasa porque las centrales obreras convocan para el 20 de junio del 85, un paro nacional. Ya había habido uno, en el gobierno de López, que se liquidó con un saldo de muchos muertos. Nosotros, para evitar que pasara lo mismo, nos dedicamos con puntada de monja, a desmontar el paro. No esperamos a que llegara el 20 de junio, sino que cogemos tema por tema, como la convención colectiva de tal parte, el alza de sueldo de los maestros, etc., y vamos dejando sin piso el paro. El M19 no se da cuenta y cree que el 20 de junio se presentará la insurrección general, que el pueblo haría barricadas y que ellos, que eran la vanguardia de la revolución, serían los líderes. No podrían entonces estar negociando con el gobierno y por eso rompen las conversaciones.



Pero el M19 siempre argumentó que ustedes –usted era ministro de gobierno- los habían traicionado.

No. El cuento de que el gobierno les incumplió fue preparado para la posterior toma del Palacio de Justicia. Ese cuento lo elaboran entre junio y noviembre. Rompen y se van a la guerra. Petro lo ha contado muy bien: triunfó el ala militarista.



Volvamos a la Constitución, ¿qué destacaría como lo más importante?

Su composición pluripartidista y pluriétnica es lo que hace legítima esa Constitución que es, realmente, un pacto de la nación colombiana. Importante, en primer lugar, la Carta de Derechos -individuales y colectivos- : políticos, económicos, sociales, culturales. No se quedó nada por fuera porque un párrafo incluye todos los derechos que figuren en los tratados internacionales. Para que eso no sea un saludo a la bandera, va acompañado de acciones judiciales: la acción de cumplimiento, la acción popular, la acción de grupo y, sobretodo, la tutela, que es la herramienta más eficaz para garantizar los derechos y es la que ha popularizado la Constitución y masificado su conocimiento.



Creó también la Corte Constitucional, la Junta Directiva del Banco de la República y la Fiscalía.

Sí, vamos por partes. La Corte Constitucional es el órgano máximo, porque absolutamente todas las tutelas que se fallan en el país, son seleccionadas por su importancia, por la Corte, que ha estado a la altura. Usted menciona la Junta Directiva del Banco de la República. Haberla creado con independencia y autonomía fue importantísimo. La inflación estaba en el 20% y hoy está por debajo de 5%. La Junta también se ha comportado a la altura en su labor de vigilar el crecimiento económico y sobretodo la estabilidad de la clase trabajadora, así como la de los empresarios. Finalmente, la Fiscalía General de la Nación, a pesar de las dificultades que ha tenido, ha mejorado, sin duda, la administración de justicia en materia penal.



¿Y qué lunar destacaría?, porque sin duda los hubo...

La Comisión Nacional de Televisión que no operó. Fue un error en cuanto a su aplicación, porque los gobiernos decidieron utilizar los instrumentos de poder para tomársela y luego está, cómo no, la tradicional mala fe de muchos colombianos. Como se decía que las asociaciones de televidentes tendrían derecho a participar en la escogencia de un miembro, para ponerle un solo ejemplo, la gente creaba asociaciones de televidentes la víspera, para poner un amigo. Lo cierto es que esa figura es válida en Dinamarca, no en Cundinamarca.



La Constituyente también facilitó la influencia de la clase política en el poder judicial, ¿no le parece?

Desde luego. El Consejo de la Judicatura decidió que una de sus salas fuera nombrada por el Congreso de la República. Eso conectó el poder político con el poder judicial, que estaban separados antes del 91, y que era toda una conquista, y hoy los políticos tienen mucha influencia en la postulación de magistrados. Obviamente, si tienen magistrados amigos allí nombran jueces y pueden interferir en la toma de decisiones. Ese fue un gran error. Ahora, a la Constitución, después de expedida, el Congreso la ha venido manoseando. Ha tenido 35 enmiendas en 20 años, entre ellas la que le rompió una vértebra importante con la reelección presidencial, cuyas consecuencias estamos viviendo.



¿Cuáles son esas consecuencias?

Lo que fue el segundo gobierno de Álvaro Uribe: la politiquería y la corrupción. Los ingleses han dicho sabiamente que el poder corrompe y que el poder absoluto corrompe absolutamente. Otra enmienda que atenta contra principios del 91, es la que recortó las partidas que envía el gobierno nacional a municipios y departamentos, para salud y educación. Hay otras reformas que no han producido los efectos que se buscaron, por ejemplo la extradición que fue prohibida, se revivió en el 98 y el resultado es que el narcotráfico, con o sin extradición, sigue exactamente igual. Volvieron la Constitución una colcha de retazos y yo creo que eso está creando ambiente para una nueva Constituyente. Todos estos errores muestran chamboneo a la lata.



¿Y usted cree conveniente que se abra paso una nueva Constituyente?

Hay necesidad de una gran reforma constitucional porque hay asignaturas pendientes. Una, la Justicia, dos, el Régimen Departamental y Municipal. Los departamentos y sobre todo, los municipios, cayeron en manos de mafias políticas. La descentralización se volvió sinónimo de corrupción, de malos manejos, de politiquería, de clientelismo. Eso necesita un sacudón y hay que hacerlo en la Constitución. También se habla de reforma política, porque la vida pública del país se ha deteriorado mucho. El problema es que los congresistas tienen interés en los tres temas, y por eso va a ser muy difícil que ellos mismos hagan la reforma. A esa incapacidad agréguele la falta de voluntad, la falta de legitimidad frente al país, la falta de credibilidad y la falta de confianza del país en ellos.



¿Qué dificultades le ve a la aplicación de la Ley de Víctimas?

El país necesitaba esa ley, pero hay grandes interrogantes: el primero, menor, es el tema jurídico; entiendo que hay varias demandas. La ley podría estar hoy en manos de la Corte Constitucional. Dos, Principio de Igualdad, porque hicieron un corte de 1985 en adelante. El tema de Seguridad, frente a las personas que se declaren víctimas y vayan a recuperar sus tierras, es muy delicado; y por último, el tema fiscal. Nadie ha hecho el cálculo de cuántas son las víctimas, cuánto vale el proceso y de dónde saldrá la plata.



¿Finalmente, cuénteme por qué decidió lanzarse a la Alcaldía de Bogotá otra vez?

Porque en mi caso la política es vocación y destino. Yo nunca estuve en el sector privado, a pesar de que cuando salía de los ministerios me ofrecían presidencias de gremios. En segundo lugar, yo estoy pensionado pero no jubilado. En tercer lugar, cuando fui alcalde, inicialmente fui duramente criticado, cuestionado, censurado. La gente hasta decía que no había alcalde, pero el paso del tiempo fue demostrando que la nueva Bogotá empieza gracias a la gestión que yo cumplí. Tenga la seguridad de que frente a la crisis actual, profunda, la ciudad no volverá a improvisar. No escogerá un alcalde sin experiencia probada. En tiempo de naufragio el alcalde debe saber nadar. Hay unos candidatos buenos, pero que tienen más futuro que presente. Otros aspiran es a la Presidencia de la República y quieren la alcaldía de trampolín. Yo estoy lejos de esa circunstancia.



¿No dizque todo colombiano lleva un presidente dormido en el pecho?

Yo no, porque entre otras cosas la edad no me da para eso; me da para una novia más. La última. Risa.

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